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Potosi, Bolivia

Potosí, BoliviaGetty Images

Por qué Potosí fue la ciudad más rica del mundo en el siglo XVI

Los españoles poblaron el llano ante el cerro, donde abrieron cinco vetas riquísimas, de tal modo que llamaron Cerro Rico a esa montaña que tenía el mineral casi en superficie

Todavía hoy, cuando queremos significar que algo tiene un valor extraordinario, decimos que «vale un potosí». Y con ello nos referimos a una ciudad de la actual Bolivia que, en tiempos del Imperio español en América, se situaba junto al cerro que albergaba una mina de plata de incalculable valor. Tanto, que en los primeros años de explotación era la más rica que había visto la humanidad.

Como en tantas otras cosas referidas al virreinato del Perú, unas primeras noticias nos las transmite Pedro Cieza de León, el prolífico cronista extremeño nacido en Llerena, que escribió la Crónica del Perú (Sevilla, 1553). Señalaba que los incas tenían abiertas muchas minas de plata, pero que la de Potosí fue descubierta en 1547 por un capitán llamado Villarroel.

La primera imagen de Potosí en Europa, por el cronista Pedro Cieza de León (1553)

La primera imagen de Potosí en Europa, por el cronista Pedro Cieza de León (1553)

Los españoles poblaron el llano ante el cerro, donde abrieron cinco vetas riquísimas, de tal modo que llamaron Cerro Rico a esa montaña que tenía el mineral casi en superficie. Erigieron la población sin acta de fundación, sin seguir las prescripciones de trazado de nuevas ciudades, sino de una manera informal, desordenada, de aluvión.

Contaba Cieza: «Fue tan sonada esta riqueza, que de todas las comarcas venían indios a sacar plata a este cerro, el sitio del cual es frío, porque junto a él no hay ningún poblado. Pues tomada posesión por los españoles, comenzaron a sacar plata desta manera: que al que tenía mina le daban los indios que en ella entraban un marco, y si era muy rica, dos cada semana; y si no tenía mina, a los señores comenderos de indios les daban medio marco cada semana».

Pronto aumentó la población, se extrajo el mineral que se amalgamaba con el mercurio de Almadén y Huancavelica, una técnica nueva para obtener la pureza de la plata, y se enviaba al rey su quinta parte, bien escamoteada. Seguía escribiendo el cronista: «Por donde con gran verdad se podrá tener que en ninguna parte del mundo se halló cerro tan rico, ni ningún príncipe, de un solo pueblo, como en esta famosa villa de Plata, tuvo ni tiene tantas rentas ni provecho».

Potosí, en un paraje inhóspito, poco propicio para el poblamiento y de duras condiciones de vida, se había convertido en una gran ciudad, con un mercado que no desmerecía al de Sevilla, un intercambio permanente que supuso una atracción para los indios que llegaban a establecerse y a participar de la riqueza que se transportaba «por el camino real del Cuzco a dar a la ciudad de Arequipa, cerca de donde está el puerto de Quilca. Y toda la mayor parte della llevan carneros y ovejas; que, a faltar estos, con gran dificultad se pudiera contratar ni andar en este reino, por la mucha distancia que hay de una ciudad a otra y por la falta de bestias».

Las condiciones de trabajo eran duras, pero ventajosas con relación a otros lugares. Se ha escrito mucho sobre las condiciones miserables y llenas de riesgos de los mineros indios. Al principio en condiciones de casi esclavitud, que fueron moderándose con el tiempo. Señala Peter Bakewell en su libro Mineros de la montaña roja (Madrid, 1989), que «dichas generalizaciones persistentes son de alguna manera ciertas, pero la realidad fue más matizada de lo que parece».

Los mineros eran mitayos, es decir, que estaban obligados a un trabajo forzoso (la llamada mita), propio de todos los sistemas coloniales y que en España duró hasta el final de Guinea Española. Se entendía que era la contribución de la población nativa a las mejoras públicas, una contribución en especie. Dicho trabajo era remunerado, pero las condiciones dependían mucho de los encomenderos y los capataces. No hay que ignorar la gran mortandad que producían las jornadas agotadoras —resistidas por masticar hojas de coca— y la penosidad propia del trabajo subterráneo y de gran esfuerzo físico, el envenenamiento por los vapores del mercurio, etc.

No obstante, las minas atrajeron a mucha población local, lo que nos hace pensar que fuera de Potosí la vida era aún más dura. Con el tiempo, cuando se relajaron los controles iniciales, los mineros trabajaban de día para los españoles y de noche entraban clandestinamente a los lugares donde habían localizado las mejores vetas, extraían plata para su propio beneficio, dando lugar a una economía sumergida, pero beneficiosa para los más desfavorecidos del sistema, como cuenta el comisionado de postas Alonso Carrió de la Vandera en su libro El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima (Lima, 1773).

La riqueza de la plata de Potosí supuso un auge para el comercio español en todo el mundo. Con ella se pagaban las compras en los cinco continentes. Las monedas acuñadas en Bolivia, el real de a ocho, fue el patrón del comercio mundial, desde China y Japón hasta Europa, la moneda de intercambio seguro, el sustento de las transacciones de la primera globalización. Hay que recordar que los chinos introducían sus mercaderías en Filipinas, que el galeón de Manila las llevaba a México y de ahí llegaban a Europa.

Y también fue el origen de la financiación de las grandes obras públicas americanas, edificios suntuarios, de la administración virreinal y de las construcciones eclesiásticas. Fue, pues, el apoyo a la hegemonía española durante los siglos XVI y XVII. «Los ejes donde andan las ruedas de todo lo de este Reino», como señalaba el virrey Toledo.

A principios del siglo XVIII, la riqueza de las minas de plata empezó a mermar y, aunque nunca han dejado de explotarse, ya no era un hecho diferencial. Potosí ha quedado como un hito en la historia, y la riqueza y belleza de su patrimonio arquitectónico y artístico es la mejor muestra.

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