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Hernán CortésLa Voz

Hernán Cortés no ordenó masacres: esto es lo que revelan las fuentes históricas

Aunque la leyenda negra lo presenta como un sanguinario conquistador, las crónicas de la época y los testimonios directos apuntan a que Cortés no fue el responsable directo de las principales matanzas atribuidas a su ejército, como la de Cholula

Si un héroe histórico despierta pasiones encontradas, ese es Hernán Cortés. Generalmente, las personas que se han interesado por el personaje, tanto en España como en México, tienden a tener una visión más equilibrada y sensata sobre el extremeño, al tiempo que personas, generalmente poco informadas, tienden a dar por buena la visión más negrolegendaria, que, a su vez, suele tener poco que ver con la realidad histórica.

Por último, también están aquellos que pretenden mantener un equilibrio entre las bondades y maldades del metelinense más universal. Un ejemplo de los últimos es Octavio Paz, quien le dedicó este comentario: «Fue un hombre extraordinario, un héroe en el antiguo sentido de la palabra. No es fácil amarlo, pero es imposible no admirarlo». También hay que decir que esto no fue siempre así. En el periodo virreinal era, también, admirado en la propia Nueva España.

Con la independencia se construyó un nuevo relato en el que todas las bondades de una supuesta arcadia feliz prehispánica habían sido destruidas por los malvados gachupines, y el responsable máximo de la destrucción de esa gloriosa civilización era su gran líder, Hernán Cortés. Para justificar esta argumentación se suelen poner tres ejemplos de matanzas indiscriminadas, en comparación con las cuales, la masacre de mujeres, niños y ancianos cheyenes de río Washita perpetrada por Custer y el Séptimo de Caballería sería peccata minuta.

No me extenderé aquí en la más polémica, la denominada matanza del Tóxcatl o del Templo Mayor, puesto que ya dediqué un artículo a la misma. Las otras dos serían la de Cholula y la de Calacoayan. Esta última forma parte de un episodio poco documentado y que tiene lugar en uno de los momentos más delicados de la hueste de Cortés. Justo después de la «Noche Triste», cuando el de Medellín pierde dos tercios de su ejército, así como parte de la caballería y de las armas.

Matanza del Templo Mayor. Pintura contenida en el Códice Durán

Además, se encuentran en plena huida por territorio hostil, sin agua (recordemos que el lago de Tetzcoco, que tenían obligatoriamente que bordear para refugiarse en la aliada Tlaxcala, es de agua salobre, no potable), sin víveres, con múltiples heridos y reventados por el cansancio. Era una situación bastante límite, pero afortunadamente los grandes aliados de los castellanos, los tlaxcaltecas, eran, a su vez, aliados de los otomíes, y la cercana ciudad de Teocalhueyacan era otomí.

El príncipe Xicontecatl despachó a un mensajero pidiendo ayuda desesperadamente. Llevaban dos días sin probar bocado. Con las primeras luces del alba les salió al encuentro una delegación. Con ellos traían tortillas blancas, pavos, huevos y abundantes pescados. Ante aquella visión, después de llevar tantas horas sin apenas nada que llevarse a la boca, se desató una cierta euforia, aunque los víveres que traían los otomíes no les iban a resultar gratis. A cambio de refugio y de provisiones, el cacique de Teocalhueyacan les exigía que su ejército les ayudase a derrotar a sus eternos enemigos del vecino poblado tepaneca de Calacoayan. Obviamente, Cortés no tuvo elección. Se trataba de aprovisionar a su exhausta tropa hispano-tlaxcalteca a cambio de sacrificar a los tepanecas aliados de los mexicas.

El caso de Cholula es distinto y, además, sobre lo allí acontecido sí se tiene una documentación bastante fidedigna. Cholula era una gran ciudad, una de las mayores en el camino a Tenochtitlán. Bernal Díaz del Castillo habla de más de 400 pirámides. Cortés había tenido que dejar a la tropa tlaxcalteca fuera. Aquella era una ciudad aliada de la nación mexica y, en consecuencia, enemiga acérrima de Tlaxcala.

Los españoles fueron recibidos por las principales autoridades y un gran cortejo de sacerdotes vestidos con grandes túnicas de algodón, semejantes a las chilabas moriscas, y envueltos en cánticos, retumbar de tambores y música de caracolas. Pero tras las muestras de cortesía, el extremeño siempre tuvo presente la advertencia de sus aliados, que pensaban que los cholultecas les prepararían una encerrona, por lo que, precavido, mandó a sus hombres que explorasen la ciudad. Lo que le contaron era muy preocupante. En las azoteas habían estado almacenando piedras y en las calles habían abierto hoyos para impedir el galope de la caballería. Los tlaxcaltecas tenían motivos para estar inquietos: a Patlahuatzin, el embajador que habían enviado para negociar una paz, en contra de todas las costumbres diplomáticas, le habían desollado la cara, y los cholultecas habían estado sacrificando niños a los dioses.

A los menores se les sacrificaba, fundamentalmente, antes de comenzar una batalla. Pero por si aún le quedaba alguna duda, Marina le había contado su conversación con una anciana cholulteca. Aquella mujer, pensando que era una esclava de los españoles, la invitó a abandonar con ella la ciudad, como ya lo habían hecho la mayor parte de mujeres y niños. En las afueras había veinte mil guerreros mexicas y se preparaba una gran emboscada para capturar a todos los extranjeros. Tras la confesión de Marina, Cortés decide atacar primero. Capturó a los gobernantes y, cuando estos confesaron sus aviesas intenciones, dejó entrar a los tlaxcaltecas. En pocas horas, castellanos y aliados saquearon la ciudad y mataron a miles de cholultecas (se calcula que entre 3.000 y 6.000).

Por supuesto, los defensores de la leyenda negra siempre han pretendido responsabilizar al extremeño de la masacre, obviando, o incluso poniendo en duda, la emboscada cholulteca-mexica. La mayoría de los historiadores sí dan credibilidad a la trampa tendida a los españoles; por tanto, estos reaccionaron enviando un mensaje claro a otros pueblos aliados de Moctezuma, para que se lo pensasen dos veces en el futuro.

También parece demostrado que los que se emplearon con mayor furia y causaron el mayor número de muertes fueron los tlaxcaltecas, especialmente sensibilizados como estaban, después de años de afrentas y sanciones por parte de los poderosos aliados de los mexicas y del cruel asesinato de su embajador, hasta el punto de que Cortés, viendo que el castigo sobrepasaba lo que él había pretendido, les ordenó parar la carnicería. Lo refleja claramente Bernal Díaz del Castillo, testigo directo de aquella jornada: «Y viendo Cortés que ya era mucho el castigo, y que los tlaxcaltecas no cesaban, mandó que se recogiesen y no hiciesen más mal».

Dejando aparte la primordial responsabilidad tlaxcalteca en estas tres masacres, también hay que reconocer que Cortés no era, obviamente, una hermanita de la caridad y, por supuesto, hubo episodios de extremada violencia en la conquista, pero fueron episodios generalmente justificados desde la mentalidad de la época (salvo quizás el de la matanza del Tóxcatl, aunque Alvarado siempre sostuvo que fue un ataque previo a una emboscada).

La conquista de TenochtitlánGTRES

Un año después de la caída de Tenochtitlán, en 1522, en la batalla de Bicoca, en las afueras de Milán, los españoles se cargaron a 4.000 franceses y helvéticos. Más o menos el mismo número de cholultecas caídos. Por supuesto, a ningún país europeo se le ocurrió acusar a los arcabuceros españoles de haber masacrado a los piqueros suizos; muy al contrario, lo que generó Bicoca fue una rabiosa envidia.

Volviendo al Anáhuac, el de Medellín siempre buscó la alianza y el acuerdo antes que la confrontación armada, entre otras cosas porque los castellanos eran cuatro gatos en una Mesoamérica poblada por unos seis millones de indígenas. Cada español muerto era, por tanto, un verdadero drama, por lo cual siempre intentó usar la diplomacia antes que la espada y solo cuando no tenía ninguna otra opción recurría al lado oscuro de la fuerza. Él, y sus hombres y mujeres que le acompañaban, era gente recia que había atravesado un peligroso océano, se habían internado en un mundo desconocido y cruel, y se jugaba el corazón y ser cocinado en una cazuela en cada jornada. Para hablar del amor de Dios, de las bondades de la religión católica, la filosofía griega y del Renacimiento, ya habría tiempo.