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El saqueo de Panamá por los piratas de Henry Morgan

El saqueo de Panamá por los piratas de Henry Morgan

El ataque pirata de Henry Morgan a Panamá terminó sin botín: el tesoro ya había sido evacuado

El pirata inglés logró tomar Panamá tras una extenuante marcha por la selva, pero cuando sus hombres entraron en la ciudad descubrieron que el gobernador español había evacuado el tesoro días antes, convirtiendo el asalto en una victoria tan amarga como costosa

Panamá es un país sorprendente. Envuelto en tupidas selvas, salpicado por cerros inverosímiles, por lagos, ríos y cataratas exuberantes, con una costa de largos arenales o de abruptos acantilados, flanqueada por cuatro grandes archipiélagos y una flora y fauna privilegiadas por ser el punto de unión de la América del Norte y la del Sur. Dicen, y no es una leyenda urbana, que tan solo en el istmo hay más especies de aves que en toda Europa.

Para llegar a las ruinas del fuerte de San Lorenzo, en la majestuosa desembocadura del río Chagres, hay que conducir, prudentemente, por un camino de tierra atravesando la selva del parque nacional, en la provincia de Colón, en la costa norte. El paisaje es sobrecogedor, con la desembocadura al fondo, el grito constante de los monos aulladores y los graznidos de tucanes y loros compitiendo con el resoplido de la brisa marina. Allí, escoltado por una ceiba gigante y bajo la mirada constante de las oropéndolas, surge una gran mole de piedra, el esqueleto de lo que un día fue un imponente fuerte del imperio. El mismo fuerte donde el más famoso pirata del Caribe, Henry Morgan, inició el ataque a Panamá. Esta es la historia de aquella amarga victoria de sir Henry.

El istmo de Darién y Panamá a finales del siglo XVII

El istmo de Darién y Panamá a finales del siglo XVII

Corría el año 1670. Desde Port Royal, en Jamaica, parte una flota de 37 navíos y 2.000 piratas, organizada por el gobernador Modyford y a las órdenes de Henry Morgan, con la intención de asaltar la ciudad de Panamá. Dos años después de saquear Portobelo, Morgan regresa a la costa norte, se planta ante San Lorenzo y envía al capitán Joseph Bradley con 400 hombres con la misión de tomar el fuerte.

Sin embargo, la guarnición española les opondrá una feroz resistencia y la lucha se estanca hasta que deciden utilizar flechas incendiarias para prender fuego a la fortaleza. Finalmente, los últimos 30 defensores que quedan en pie se rinden. La fortificación ha caído, pero Morgan pierde más de un cuarto de los asaltantes, incluido el propio Bradley.

Una vez asegurado San Lorenzo, el 18 de enero de 1671, embarca, al frente de unos 1.400 hombres, en canoas y pequeños botes e inicia la remontada del Chagres. Sin embargo, Morgan va a cometer un tremendo error. Debido al poco espacio disponible en las embarcaciones, decide no cargar víveres. Su idea es conseguirlos asaltando los poblados que se vaya encontrando por el camino. Sin embargo, en el siglo XVII, en el interior de Panamá apenas había plantaciones o granjas de españoles, y los poblados indígenas que encuentran están vacíos. El hambre empieza a hacer mella en los piratas.

Henry Morgan en un grabado del libro de Alexandre Olivier Exquemelin Piratas de América

Henry Morgan en un grabado del libro de Alexandre Olivier Exquemelin Piratas de América

Al llegar al pueblo de Venta de Cruces, desembarcan. Los habitantes han huido con todas sus pertenencias y todavía tienen varias jornadas hasta la ciudad, pero, por prudencia, evitan el llamado camino de Cruces (calzada empedrada que unía Panamá con Venta), donde Morgan teme que los embosquen los españoles, y decide arriesgarse abriendo trocha por la selva o usando senderos abiertos por los indios. Vuelve a ser otra decisión equivocada. Ahora, además de un hambre atroz, se enfrentan a serpientes venenosas, chinches y mosquitos, con un calor asfixiante y, además, en los senderos selváticos quienes los emboscan son los indios. Las constantes escaramuzas dejan un reguero de muertos.

Esas jornadas de un dramatismo extremo serán narradas por Alexandre Exquemelin, el cronista que acompaña a Morgan, quien también describe el júbilo de los piratas al divisar finalmente los campanarios de la ciudad de Panamá, «como si ya hubiesen conseguido la victoria». Por cierto, y hablando de cronistas, esta aventura fue brillantemente narrada por Steinbeck en su novela histórica La taza de oro, de 1929.

Piratas atacando Panamá, batalla entre los españoles y los bucaneros (liderados por Sir Henry Morgan) frente a la ciudad de Panamá

Piratas atacando Panamá, batalla entre los españoles y los bucaneros (liderados por Sir Henry Morgan) frente a la ciudad de PanamáScience Photo Library

Pero volvamos a orillas del Pacífico. Tras haber conseguido cruzar el istmo en ocho extenuantes jornadas, exhaustos, hambrientos, muchos de ellos con fiebres debido a dengue y malaria, y otros heridos por flechas y jabalinas de los indios, tienen finalmente el botín a la vuelta de la esquina y ahora todos ellos piensan que el esfuerzo y los sufrimientos van a merecer la pena. Asaltarán la ciudad, violarán a las guapas y orgullosas mujeres españolas y arrasarán con los valiosos tesoros que contenga la ciudad fundada en 1519 por Pedrarias Dávila.

Aunque los piratas consiguieron llegar a la ciudad, las cosas no salieron exactamente como ellos esperaban. El gobernador, Juan Pérez de Guzmán, al tanto de los movimientos de Morgan, había evacuado, en el navío Trinidad, a las mujeres, los niños y la mayoría de los religiosos, junto a un cargamento de plata y las principales joyas y riquezas que atesoraba la ciudad, rumbo al Perú.

Sin embargo, Guzmán, pese a la ventaja numérica de sus tropas, no planificó bien la defensa, ya que Morgan, en vez de realizar un ataque frontal, dio un rodeo por el río Matasnillo y se adentró por una zona pantanosa. El impetuoso gobernador, en vez de esperarlo en la ciudad, lanzó imprudentemente a la caballería, pero los caballos se atascaron en el lodo y fueron presa de los mosquetes piratas.

El ataque resultó un desastre y se produjeron numerosas bajas entre los defensores. Entonces utilizó su plan B: lanzar contra los hombres de Morgan una recua de toros bravos, con la intención de dispersarlos y atemorizarlos, pero los toros sufrieron la misma suerte que los caballos. El lodazal del Matasnillo resultó igualmente letal para los astados. Ante sus fracasadas iniciativas de defensa, dio la orden de evacuar la ciudad hacia Penonomé, no sin antes hacer explotar los depósitos de pólvora y, según algunas versiones, prender fuego a la ciudad (según otras, serían los piratas quienes, por venganza, por no encontrar grandes riquezas o por descuido, incendiarían Panamá).

Morgan y sus hombres rapiñaron todo lo que pudieron entre las llamas que consumían uno de los primeros asentamientos europeos en el continente. También hicieron un buen número de cautivos entre los rezagados, por los que obtuvieron algunos rescates. Sin embargo, lo conseguido, unas diez libras de plata por cabeza, fue considerado una miseria por los piratas, dado el tamaño de la expedición y lo sacrificado de la misma. Ante el riesgo de un motín, Morgan decidió huir llevándose consigo unas mil libras.

Lo curioso de esta historia es que, a corto plazo, todos los protagonistas tuvieron problemas. Pérez de Guzmán fue destituido y afrontó un juicio de residencia por la mala preparación defensiva, los errores tácticos cometidos en la batalla y por el incendio de la ciudad. Fue el final de su carrera política. Por su parte, dado que en el momento del asalto no existía declaración de guerra entre España e Inglaterra y que el primer país protestó ante el segundo por el ataque a su territorio en tiempos de paz, el gobernador de Jamaica, Thomas Modyford, quien había planificado con Morgan el asalto, tuvo que afrontar también un juicio y fue encerrado dos años en la Torre de Londres.

Igualmente, Morgan fue llamado a Inglaterra, arrestado simbólicamente e investigado. Sin embargo, alegó en su defensa que tenía una patente de corso y, por otro lado, su audaz aventura había hecho crecer su reputación (pese a la crueldad de sus métodos), por lo que finalmente fue exonerado e incluso el propio monarca lo nombró caballero y teniente gobernador de Jamaica. Inglaterra entendió que con un solo cabeza de turco era suficiente para satisfacer a España.

La ciudad de Panamá se reconstruyó en San Felipe, una zona más salubre y de mejor defensa (el actual Casco Viejo). Pero, si uno baja por la avenida Cincuentenario, entre San Francisco y Costa del Este, llega a las ruinas de Panamá la Vieja. A veces se organizan allí, durante la estación seca, conciertos bajo la antigua torre de la catedral. Contemplar esas vetustas piedras, las despejadas noches de luna llena, con la constante brisa salitrosa del verano panameño, nos retrotrae a aquel mundo de corsarios, nobles y curas. Las piedras nos hablan, en definitiva, de la rica herencia que dejó España en el Nuevo Mundo.

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