Giacomo Casanova
«¡Pobres españoles!»: el juicio de Casanova sobre la España de Carlos III tras su año nefasto
Si hubo un aventurero famoso en la Europa dieciochesca ese fue Giacomo Casanova, protagonista de varias novelas y películas. Aventurero, jugador, viajante, intrigante y amante reconocido, exageró muchos de actos en sus memorias
En 1767, Casanova quiso entrar al servicio del rey Carlos III de España al tener noticia de la acogida que tenían algunos europeos católicos en la repoblación de algunas comarcas andaluzas. El conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, y el conde de Campomanes —impulsor de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País— impulsaron la creación de nuevos pueblos en Sierra Morena.
Pero desde el primer instante tuvo problemas, pues en las aduanas le confiscaron sus libros —supuestamente prohibidos— y varias armas, siendo encerrado en la prisión del Real Sitio del Buen Retiro, donde estuvo varios días hasta que decidieron otorgarle la libertad, pues nada había hecho por el momento. Y así volvió a la fonda de la actual calle Espoz y Mina, muy cerca de la Puerta del Sol, donde se ha colocado una placa recordando a los madrileños actuales su paso por la capital.
'La apertura del baile', obra de la Escuela de Pietro Longhi
Eso sí, Casanova describió las cárceles españolas llenas de animales: «Las pulgas, las chinches y los piojos son tres insectos tan comunes en España que han llegado a no molestar a nadie. Los miran como una especie de prójimo».
En sus memorias, que posteriormente escribió, Casanova explicó las costumbres populares de la capital, como el cortejo en las iglesias y las reuniones públicas en las fuentes de los Caños del Peral para bailar fandango —una danza considerada indecente por las autoridades eclesiásticas— que el conde de Aranda permitió en algunas temporadas.
Mantuvo relaciones con varias mujeres, lo que provocó la queja de sus celosos maridos, aunque también contrajo sífilis, gonorrea y herpes. Por ello, sorprende su afirmación de que había poca libertad en la sociedad a causa de la Inquisición. Si los varones españoles le parecieron feos, las mujeres, en cambio, eran «muy hermosas, arden en deseos y siempre están dispuestas a favorecer algún enredo para engañar a todos los seres que las rodean a fin de espiar sus intrigas».
El aventurero decidió visitar la corte de los Borbones en Aranjuez, por lo que se hospedó en casa del célebre pintor Rafael Mengs, maestro de su hermano Francesco, el cual llegó a ser presidente de la Academia de Bellas Artes de Dresde. Pero Mengs, que se había convertido al catolicismo, temió que los inquisidores sospecharan de la sinceridad de su fe si mantenía durante mucho tiempo a una persona con fama de libertino, por lo que le rogó que se fuera de su hogar.
En Aranjuez, el veneciano logró relacionarse con Domingo Varnier, uno de los ayudas de cámara del entonces príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV, y con una camarera de la princesa. Logró así presenciar algunas ceremonias cortesanas que describió en sus memorias: «Estaba encantado de ver almorzar a Su Católica Majestad todos los días a las once, comer siempre lo mismo, irse de caza a la misma hora y volver con su hermano, cansado a más no poder».
Casanova envió un memorial al conde de Aranda, a propósito de la colonización de Sierra Morena, para lograr su apoyo para obtener un alto cargo en la misma, confiando en la circunstancia de que ambos eran masones. Pero pronto se convenció de que el ministro no pensaba ayudar a un «hermano» de logia, por lo que decidió regresar a Francia.
Durante el viaje de vuelta, Casanova visitó Zaragoza, Valencia —donde conoció al músico Luigi Boccherini— y Barcelona, ciudad en la que también fue encarcelado en la torre de San Juan, en la ciudadela. El capitán general y virrey de Cataluña, Ambrosio Funes de Villalpando, amante de la bailarina Nina Bergonzi, tuvo celos del italiano, que también intentó mantener relaciones con ella. Casanova estuvo preso cuarenta y dos días, tiempo que aprovechó para escribir una refutación a la Historia de Venecia de Amelot de la Houssaye, por la cual logró congraciarse con los inquisidores venecianos que le perdonaron su famosa fuga de la prisión de Los Plomos años atrás.
Finalmente, los recelos del virrey cesaron y las autoridades españolas le devolvieron su pasaporte, tomando de nuevo el camino hacia París. Ante la falta de resultado y el trato recibido, el veneciano siempre consideró un año nefasto en su vida el que pasó en España, como escribió en sus memorias: «¡Pobres españoles! La belleza de su país, la fertilidad y la riqueza son la causa de su pereza, y las minas del Perú y del Potosí son las de su pobreza, de su orgullo y de todos sus prejuicios».