Jorge Manrique: las coplas inmortales a su padre antes de caer en combate
Las compuso en 1476 sin imaginar que iban a ser publicadas precisamente tras la suya propia por heridas en combate como correspondía a un guerrero
Monumento a Jorge Manrique en Paredes de Nava
Cuando el comendador del castillo de Montizón, señor de Villamanrique, trece de Santiago y capitán de hombres de armas de Castilla, don Jorge Manrique, compuso en el año 1476 las Coplas a la muerte de su padre, Rodrigo Manrique de Lara, gran maestre de la Orden de Santiago, que le harían pervivir en la memoria de los hombres, no podía imaginar que iban a ser publicadas precisamente tras la suya propia, acaecida solo tres años después de aquella y que lo sería por heridas en combate como correspondía a un guerrero.
Porque Jorge Manrique, de la vieja y poderosa familia de los Lara, emparentado también con el emergente marqués de Santillana, fue ante todo un hombre de guerra y tuvo en las armas su principal oficio. Un hecho muy relevante pero repetido para mayor gloria de nuestra historia. Pues viene a resultar y demuestra que aquella nobleza guerrera era al tiempo culta y alardeaba de ello escribiendo versos y tratados y presumiendo de biblioteca. ¡Qué cosas! Y qué poco cuadran con la imagen que se ha querido que tuviéramos de ellos.
El propio Santillana, muchos otros de la casa Mendoza, como el gran Garcilaso y otros grandes linajes como los Pérez de Ayala o estos Manrique demuestran lo contrario. Para quien quiera saberlo, claro. El final del Medievo traía en sus alas el Renacimiento y estas gentes no eran ajenas a esas nuevas corrientes culturales. Ese binomio de Pluma y Espada es una constante diferenciadora y relevante de los reinos hispanos en aquellas supuestas oscuridades medievales. Por el lado cristiano e igualmente por las taifas hispano-musulmanas hasta que las invasiones integristas acabaron con tales veleidades.
Nuestro Jorge Manrique es uno de los más hermosos ejemplos de ello. Por linaje y familia fueron las armas su oficio, pero por el mismo entronque le vino a requerir la poesía y sería por esta por la que lograría pasar a la posteridad después de muerto y hasta nuestros días. Hoy es considerado uno de los poetas más importantes en el Cancionero General (1515), un autor imprescindible y quizás el más señero del prerrenacimiento hispano.
Su fecha de nacimiento y el lugar donde lo hizo están bajo ciertas dudas. Parece que pudo ser en 1440 y bien en Paredes de Nava (Palencia) o en Segura de la Sierra (Jaén), cabeza de la encomienda al mando de su padre, don Rodrigo. Su madre, doña Mencía, prima hermana del marqués de Santillana, murió cuando él no había cumplido aún los cuatro años. El nombre de Jorge, tan poco habitual en Castilla, le fue puesto por su progenitor como homenaje a quienes fueron siempre sus grandes amigos, los Infantes de Aragón, de los que San Jorge es patrón.
Don Rodrigo crio a su hijo en la Sierra del Segura, y lo hizo con todo el esmero y la dedicación que pudo, tanto en la enseñanza de sus deberes como caballero castellano como en los estudios de Humanidades, donde también contribuyó su tío, también poeta, Gómez Manrique. Su juventud fue la de un noble castellano de uno de los más poderosos linajes y su peripecia vital ligada a los convulsos momentos y guerras en las que se vio envuelto el reino. Combatió contra los musulmanes, se sumó al levantamiento de los nobles contra el rey Enrique IV, apoyó al Infante don Alfonso y a la muerte de este y en primera instancia no se pondría a favor de la después reina Isabel de Castilla, sino de Juana la Beltraneja, la cuestionada hija del aún más cuestionado rey y padre.
La contienda y guerra civil castellana con Portugal incluido, doña Juana estaba casada con el rey portugués que intervino en el conflicto le costaría la vida siendo aún muy joven y combatiendo por doña Isabel. Pero ya había estado a punto de perderla cuando años antes era partidario de su rival, la Beltraneja, aunque más bien lo hizo por apoyar a sus parientes, los Benavides de Baeza contra el conde de Cabra. A resultas de ese apoyo cayó prisionero en la ciudad jienense de sus enemigos en unión de un puñado de jóvenes nobles que se habían infiltrado en ella. El suceso le costó la vida a su hermano mayor, Rodrigo, y a varios de sus acompañantes y él mismo estuvo a punto de ser ejecutado. Lo salvó el obispo. La razón no podía ser más sencilla. Era su tío.
Pasado el trance, casado con una linajuda toledana, Guiomar de Castañeda, que le dio dos hijos, ya formó parte al igual que su padre, elegido en 1474 gran maestre de la poderosa Orden santiaguista, en las filas de Isabel y Fernando y como tal destacó en importantes batallas, como el cerco a Uclés, sede principal de la Orden militar, que mantenían con fiereza el arzobispo toledano Carrillo de Albornoz y el marqués de Villena, Juan Pacheco, y que como teniente de la reina de Ciudad Real y apoyando a su padre, logró que fuera levantado.
Castillo de Garcimuñoz
Su padre falleció al poco, víctima de un terrible cáncer que le carcomió el rostro, en 1476, y él lo haría tres años después, en 1479, tras resultar mortalmente herido cerca de los muros del castillo de Garcimuñoz, por una lanzada. Regresaba junto con sus tropas de una gran cabalgada y cargados de botín cuando fueron emboscados por las tropas del marqués de Villena, partidario de la Beltraneja, que estaban al mando de Pedro de Baeza en el citado castillo, y cayeron en su celada en el camino de la Nava, según testimonio de este mismo. Parece, eso sí, que no murió en el acto o bien que sus hombres rescataron su cadáver. Entre sus ropas encontraron algunos versos escritos de un nuevo poema que no pudo concluir.
La fecha datada de su muerte en las crónicas santiaguistas se sitúa en el 24 de abril de 1479. No llegó, pues, a cumplir los 40 años. Sus restos fueron llevados después a Uclés y sepultados a los pies del sepulcro donde reposaban los de su padre el maestre. Su lema había sido «No miento. No me arrepiento».
Estatua de Jorge Manrique en Segura de la Sierra
Pero no pasarían ni su padre ni él mismo a la historia por sus hechos de armas sino que serían aquellas sentidas y magistrales coplas a la muerte de su progenitor quienes preservarían para la eternidad la figura de ambos.
Y casi exclusivamente por ellas, aunque Jorge Manrique escribió algunas otras obras, donde ya apuntaba algo, que sin salirse de la métrica cancioneril y en los modos, modas y convenciones de la época y del amor cortés y galante, se separa de ellas en algunas temáticas, saliendo de lo cortesano, dando incluso voz a los vasallos y sobre todo por ahondar en los sentimientos personales, lo efímero de la vida y la manera de afrontar la inevitable muerte, en la que pone como ejemplo a su padre, a quien elogia con enorme sentimiento. Esta introducción de los sentimientos personales, algo inusitado, es el mayor aporte de su obra, cuya hondura y calidad literaria son indiscutibles.
Merecen también atención, entre sus otras obras, las de carácter burlesco, donde retrata más allá del tópico a diversos personajes tanto nobles como plebeyos y de cuya sátira no escapa ni siquiera la tercera mujer de su padre y por tanto madrastra pero que resultaba también ser la hermana mayor de su propia esposa, por la que no guardaba mucha simpatía. Es en esa poesía burlesca donde más se suelta y rompe normas. Lo hace en un corto poema de tan solo nueve versos titulado A una prima suya que le estorbaba unos amores o en otro satírico a una mujer que empeñaba su ropa para emborracharse Coplas a una beoda que tenía empeñado un brial en la taberna o en aquel donde ajusta cuentas con su madrastra y cuñada Un convite que hizo a su madrastra.
Pero son, sin duda, las Coplas a la muerte de su padre, editadas por primera vez en la década de 1480-1490 y rápidamente consideradas y admiradas por todos quienes con toda justicia lo salvaron a él y a quien iban dedicadas del olvido y en cierto modo hicieron vencer a la muerte en la memoria de los hombres. Las diversas generaciones de poetas españoles, hasta las del 98 y del 27, lo han venerado como una de las cumbres poéticas en lengua española.
Es el poeta predilecto de Antonio Machado: «Entre los poetas míos / tiene Manrique un altar», y no es casual que diera el nombre de Guiomar, la esposa de Manrique, a su último y misterioso amor. Luis Cernuda lo califica de «poeta metafísico». Y su tocayo Jorge Guillén tituló el segundo libro de su obra Clamor con su verso Que van a dar en la mar.
Coplas a la muerte de su padre
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s’es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.
Este mundo es el camino
para el otro, qu’es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientra vivimos,
e llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.
Castillo de Garcimuñoz
El castillo de Garcimuñoz está edificado sobre una anterior fortaleza del siglo XII, en poder de los Lara, fue destruida por el emir almohade Abu Yacub Yusuf cuando se dirigía hacia el fallido sitio de Huete, también en manos de la familia, que no logró tomar. Luego, reconstruido, fue residencia del Infante don Juan Manuel, duque de Villena, y luego por sus sucesores, ya con el título de marqueses. Fue en parte derribado y reconstruido casi por completo en 1458 por el después más famoso de todos ellos, Juan Pacheco, que sin embargo trasladó su sede a Belmonte. Restaurado, goza de buena salud y es visitable. Se lo aconsejo.