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La gesta de Mondragón, el mejor soldado e infante de Marina de los Tercios españoles

Grandes gestas españolas

La gesta de Mondragón, el mejor soldado e infante de Marina de los Tercios españoles

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En las guerras los ríos han funcionado como auténticas murallas líquidas, y los vados —que son los puntos donde la profundidad permite cruzarlos— se han convertido en escenarios críticos. Porque no solo implica superar un obstáculo natural, sino exponer a las tropas a un instante especialmente vulnerable. A lo largo de la historia militar, los ríos han actuado como barreras que obligan a los comandantes a tomar decisiones arriesgadas que les podrían llevar a la victoria o a condenar a su ejército.

El más célebre de la Antigüedad es, sin duda, el del Rubicón. No era un gran río, pero tuvo un significado trascendental. Tanto, que desencadenó una guerra civil cuando Julio César en el 49 A.C, al vadearlo, asumió un punto de no retorno. La frase atribuida —alea iacta est— sintetiza la esencia del vado: una decisión irreversible. Y el español de hoy ha conservado esta expresión latina o incluso la metáfora «Cruzar el Rubicón».

Carlos V en la batalla de Mühlberg

Carlos V en la batalla de Mühlberg

Otros ejemplos heroicos son el del Hidaspes de Alejandro Magno, o el del Mosa en 1940, cuando los zapadores alemanes lo cruzaron heroicamente en botes y balsas improvisadas, y establecieron cabezas de puente bajo fuego enemigo.

En la historia española, los ríos también han desempeñado un papel decisivo. El Guadalete, en 711, aunque hoy sabemos que no era el Guadalete, sino las cercanías de Arcos de la Frontea - condicionó la movilidad del ejército visigodo y que parte de este quedara aislado por la corriente, facilitó la victoria musulmana.

Durante la Reconquista, el Duero actuó durante siglos como frontera natural entre los reinos cristianos y Al Ándalus. Los reyes leoneses, autodenominados reyes de España, cosa que no hicieron ni castellanos, aragoneses o navarros, defendieron esa frontera, nunca mejor dicho, como leones, y la consolidaron para la cristiandad sin perder jamás los territorios a su Norte.

Las Navas de Tolosa abriría sin vuelta atrás la Depresión del Guadalquivir y en la Guerra de la Independencia, el Tajo tuvo especial relevancia en el planteamiento de la campaña de ambos bandos.

Pero tal vez el ejemplo español más estudiado del siglo XX es el del Ebro en la Guerra Civil en el que el ejército republicano afrontó el desafío de cruzarlo por doce sitios diferentes y dio lugar a la más cruenta batalla que lleva su nombre.

El vadeo crucial que no se cuenta de la famosa batalla

Lo curioso es que de una de las escasas batallas que siempre aparece en manuales y libros escolares –o al menos salía hasta fechas relativamente recientes– apenas se habla de lo crucial que fue el vadeo de un rio. Y aunque ocurrió lejos de nuestras fronteras, sería protagonizado por un hidalgo español a las órdenes de uno de los monarcas españoles más poderosos del planeta Carlos I de España y V de Alemania. Hablamos de la famosísima batalla de Mühlberg.

Batalla de Mühlberg

Batalla de Mühlberg

Se llamaba Cristóbal de Mondragón y Otálora nacido en Medina del Campo en 1514. Siendo muy joven se incorporó al ejército imperial cuando Carlos V consolidaba su poder en Europa. Durante quince años combatió como soldado raso en las guerras italianas, Túnez, Provenza y en los conflictos internos del Sacro Imperio Romano Germánico… Pero su destino -y lo que le daría la gloria- fue precisamente al vadeo de un río: El Elba la luchando contra la Liga de Smalkalda, coalición de príncipes alemanes luteranos contra el poder imperial. Pocas veces se aclara, que más que cuestiones teológicas, lo que les movía era la ambición de las posesiones, riquezas y diezmos de la iglesia católica que se incautarían una vez ellos impusieran el protestantismo en sus tierras. Unos enfrentamientos que finalizarían en Mülhberg, la gran batalla pintada por Tiziano.

Cristóbal de Mondragón, ya sexagenario

Cristóbal de Mondragón, ya sexagenario

Detenidos ante el Elba

Era abril de 1547, Mondragón formaba parte de las tropas de Carlos que se encontraban detenidas ante el río Elba. Intentar su cruce era una maniobra casi imposible. Los obstáculos no podían ser ni más, ni mayores: la anchura del cauce de casi medio km, el gran caudal, la velocidad de la corriente y la altura de la ribera enemiga, no solo superior, sino guarnecida por grupos de arcabuceros. A ello se sumaban más dificultades casi insalvables: la obvia imposibilidad de construir un puente sin asegurar previamente la orilla opuesta con la seguridad de que la artillería protestante batiría con su fuego a las fuerzas que intentaran el cruce. Junto a ello, la cercanía del grueso de las tropas del elector de Sajonia, que caerían ipso facto sobre aquellos que, salvando todos estos impedimentos, lograsen cruzar el Elba.

Un plan genial

En este contexto, la intervención de Mondragón sería inteligente, eficaz, y sobre todo, determinante. E incluso hay fuentes que aseguran que toda la iniciativa fue suya, sin órdenes de mandos superiores.

Mientras las tropas imperiales esperaban acontecimientos, el castellano realizaba un minucioso reconocimiento del terreno, analizaba la profundidad del río, la velocidad de la corriente y la distribución de los puestos de vigilancia enemigos. Y por fin, llegó a la conclusión de que había un tramo donde el cauce, aunque muy peligroso, ofrecía una profundidad algo menor y una vigilancia más relajada. Su idea era clara: debía vadearse el río en silencio y capturar los pontones y barcas enemigas para permitir el paso del gran ejército imperial.

La batalla de Mühlberg con el ejército de Carlos V cruzando el río Elba, 1551

La batalla de Mühlberg con el ejército de Carlos V cruzando el río Elba, 1551

La operación debía realizarse de noche, aprovechando la oscuridad para evitar el fuego hereje y no ser detectados. Mondragón seleccionó a una decena soldados veteranos vascones, extremeños, gallegos y un balear, como él hombres acostumbrados mantener la disciplina incluso en condiciones extremas. Las temperaturas eran especialmente bajas y las aguas del rio, procedentes del deshielo, eran gélidas y jamás hubo en ellos el menor atisbo de volverse ante el peligro.

Y la madrugada del día 24, al amparo de una espesa niebla, llegó la hora y Mondragón dispuso que, para mantener el equilibrio en el agua, se emplearan picas o lanzas como apoyo. Los cuerpos de todos los hombres irían cubiertos con una mezcla de manteca de cerdo y polvo de carbón vegetal, lo que les camuflaría con la foresta de la ribera contraria. La ropa, envuelta en piel de vaca impermeabilizada con manteca, les permitiría cruzar el río sin que el agua arruinara su equipo y armamento y les protegería del frío.

Previamente habían construido unos pontones ensamblados con un robusto sedal de mimbre, con los que podrían salvar los centenares de metros que los separaban de la orilla contraria. Una vez unidos y asegurados los cabos de las guías, los afianzaron a los árboles cercanos.

Reclamo de cuco

Reclamo de cuco

Ya en tierra firme, la prioridad de Mondragón y sus hombres fue neutralizar a los vigías, que fueron cayendo uno tras otro. Después, fue capturando los pontones y barcas enemigos. La operación concluiría avisando a su ejército de que todo estaba en orden. ¿Y cómo? Pues con señales convenidas. Una fila de luces de pequeñas velas, ocultas en las concavidades de sus manos y sonidos con pequeños artefactos de madera que imitaban en canto del cuco.

Lo realizado por Mondragón y sus hombres permitió establecer de inmediato un paso provisional para la infantería imperial, y con la captura de las barcas herejes, fue posible tender el puente que comenzó a cruzarse antes del amanecer. Varios centenares de arcabuceros, con sus armas envueltas en piel vuelta de oveja untada en manteca, siguieron la línea de pontones hasta sumar varios millares en pocas horas.

Una eficacia sorprendente

La rapidez con la que se ejecutó esta acción impidió que los protestantes organizaran una defensa eficaz. Poco después, y ya con la cabeza de puente asegurada, los ingenieros imperiales pudieron construir un puente mayor para permitir el paso de la caballería y del grueso del ejército.

La sorpresa fue absoluta: Juan Federico de Sajonia, jefe de las ropas enemigas, jamás imaginó un cruce que consideraba impracticable. Cuando quiso reaccionar, la otra orilla estaba ya infestada de españoles y lansquenetes, mostrando la potencia de los Tercios frente a los herejes.

Con la calidad del reconocimiento previo, la selección de tropa, la ejecución silenciosa del cruce, la rapidez y la perfecta coordinación con el mando imperial, Mondragón demostró una comprensión excepcional de la guerra de maniobra. Su acción en el Elba supuso un ejemplo de cómo un golpe audaz, ejecutado con precisión y disciplina, puede marcar el curso de una campaña.

Soldado de los Tercios

Soldado de los TerciosFerrer-Dalmau

La acción anfibia permitió a Carlos forzar la batalla en condiciones favorables y obtener la victoria en Mülhberg que consolidó su autoridad en el Sacro Imperio. Allí dejó una frase evocando a Julio César: «Vine, vi y Dios venció», expresión que refleja la presteza y la fe con que afrontó cada empresa.

Los once participantes de la operación fueron convocados por Carlos V en un acto solemne y recompensó a todos con una vestimenta de terciopelo grana guarnecida de oro y plata, y cien ducados. Todos fueron ascendidos a sargentos y Cristóbal de Mondragón a capitán con un elogio que sintetizaba su grandeza: dijo que era «El mejor soldado del mejor tercio de la infantería española”

El nuevo «Coronel» de prestigio in crescendo

Mondragón se ganó el apelativo de «El Coronel», no por rango, sino por su reputación que le fue situando en la élite militar y continuó sirviendo, ya bajo Felipe II, con la misma lealtad férrea que había mostrado al Emperador. Combatió en San Quintín y en Gravelinas, sofocó revueltas protestantes y se distinguió en las campañas de Flandes. Defendió Lieja y Deventer de los temidos «mendigos del mar», intervino en la defensa de Amberes, participó en la toma de Goes y brilló en la batalla de Jemmingen (1568). Su prestigio le llevó a mandar compañías, gobernar ciudades e incluso ser elegido escolta personal de Ana de Austria en su viaje para desposarse con Felipe II.

Famoso paso de los españoles en Zelanda

Famoso paso de los españoles en Zelanda

Su genio para la guerra anfibia reaparecía una y otra vez. En 1570, al mando de 3.000 hombres y bajo las órdenes de Sancho Dávila, cruzó quince kilómetros de un brazo de mar con el agua a la cintura para derrotar a 7.000 holandeses. En 1573 repitió la proeza en la isla de Tholen y, en 1575, ya con sesenta años, condujo a dos mil soldados a través de tres brazos de mar para tomar la isla de Schouwen.

Su carrera siguió ascendiendo: Maestre de Campo del Tercio Viejo de Sicilia y, ya anciano, Capitán General del ejército de Brabante y Maestre de Campo General de todo el Ejército de Flandes. Su gesta del sitio de Amberes le daría el gobierno de la ciudad, donde moriría en 1596, con 82 años tras 64 años de servicio ininterrumpido a la Monarquía Hispánica.

San Quintín

San QuintínFerrer-Dalmau

Mondragón: valiente por tierra y por mar, y el mejor soldado del mejor Tercio

Mondragón formó a brillantes capitanes en cartografía, navegación terrestre y fortificación. Su liderazgo se definió por la cercanía con sus hombres y una exigencia profesional que jamás se doblegó. No buscó títulos ni privilegios: solo el cumplimiento del deber. Fue el soldado profesional por excelencia de los Tercios: disciplinado, innovador, leal y eficaz y por ello aparece en los memoriales junto a Juan de Austria, Alejandro Farnesio y el Gran Capitán.

Sus avances tácticos —infiltración fluvial, reconocimiento nocturno, despliegue rápido de unidades ligeras y dominio absoluto del vadeo de ríos—, serían estudiadas durante generaciones. Fue, en esencia, un maestro de la guerra anfibia por lo que fue el perfecto exponente de la máxima eterna de la Infantería de Marina: ser valiente por tierra y por mar.

Capitán de los Tercios

Capitán de los TerciosFerrer-Dalmau

Soldado de agua y de fuego, de barro y de acero, de noches heladas y amaneceres victoriosos y capitán de hombres que cruzaban ríos imposibles, cuando murió tras más de seis décadas de servicio, no dejó riquezas ni blasones, sino algo infinitamente más valioso: un ejemplo. El que Carlos V definió como «El mejor soldado del mejor tercio de la infantería española»,

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