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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Alonso de Ercilla y Zúñiga, el conquistador y gran poeta olvidado en España y glorificado en Chile

Hoy aquí es un personaje casi del todo olvidado, lo que ciertamente se inscribe en la normalidad del trato que casi todos reciben, pero lo sorprendente es que al otro lado del Atlántico, donde a eso suele unirse el ser vituperados, él sea reconocido, estudiado y celebrado

Alonso de Ercilla y ZúñigaReal Academia de la Historia

Alonso de Ercilla es un caso único en cuanto al conocimiento y valoración actual que de su figura y obra se tiene en la tierra que le vio nacer, España, y en la que fue a conquistar, Chile. Hoy aquí es un personaje casi del todo olvidado, lo que ciertamente se inscribe en la normalidad del trato que casi todos reciben, pero lo sorprendente es que al otro lado del Atlántico, donde a eso suele unirse el ser vituperados, él sea reconocido, estudiado y celebrado. Una gloria nacional en cierto modo. Su obra La Araucana es, sin duda, la responsable de tan particular y diferente trato.

Alonso de Ercilla sí fue en su tiempo un personaje no solo de los más exitosos escritores y un celebrado personaje, sino también muy considerado por los más grandes de nuestra literatura de aquel Siglo de Oro, como una de las cumbres de la poesía, en su caso épica, y también por el mismo motivo por el que hoy se le enaltece en Chile, su famoso poema épico, pues carece de una obra extensa más allá de ella y desde luego de inferior nivel que La Araucana, compuesta en su juventud y siendo él mismo un soldado de quienes combatieron en aquella cruenta guerra en el confín del mundo conocido, en el extremo y desolado sur de Chile.

En ella, escrita en medio de los combates, utilizando como soporte cueros, cortezas o pedazos de cartas, fue desgranando sus versos para contar aquella singular campaña contra la etnia mapuche que había derrotado y dado muerte al avezado militar y conquistador Pedro de Valdivia, fundador de Santiago de Chile y de Concepción.

Quizás también en parte por ello, porque aunque en ella se narra la victoria final, no puede sustraerse el recuerdo de lo que fue una verdadera tragedia para las tropas españolas, y mucho más todavía porque no es precisamente afición a leer lírica épica, con la excepción del Mío Cid, lo que ahora abunda en España. Sin embargo, el personaje de Valdivia sí continúa suscitando interés y levantando pasiones encontradas. Inés del alma mía, la novela de la chilena Isabel Allende, es buena prueba de ello, y la conjunción de la figura de Valdivia con su aguerrida y leal amante, en la hermosa prosa de la autora, ha sido un éxito mundial.

Valdivia, un curtido militar que había servido con Francisco Pizarro en la conquista del Perú y alcanzado rango y honores, había sido determinante en la derrota, ya muerto este, asesinado por los almagristas, de su hermano menor, el rebelde Gonzalo de Pizarro, sublevado contra la Corona y al que venció en la batalla definitiva al frente de las tropas realistas. Tras ello se desplazó hacia el inhóspito Chile y allí conquistó todo el norte de la actual nación, fundando Santiago y bajando luego continente abajo para fundar también Concepción.

La fundación de Santiago, óleo de Pedro Lira (1888)Museo Historico Nacional, Santiago

Topó allí con los mapuches. Los venció en varias ocasiones, pero liderados por Lautaro, que había sido de niño capturado por los españoles y servido como paje del propio Valdivia, fugado y habiendo aprendido sus tácticas y el uso de la caballería, acabó por derrotarlo, darle muerte, tomar Concepción y amenazar la propia capital.

Según algunos cronistas, la muerte de Valdivia fue espantosa, vengándose con atroces torturas y mutilaciones de las que él había infligido antes a los indios. Otros aseguran que su muerte, tras su captura, fue rápida y de un mazazo en la cabeza. En cualquier caso, la situación era penosa para los castellanos. Y fue entonces cuando el joven Alonso de Ercilla se alistó para combatir en aquellas lejanas tierras, que le subyugaron e hicieron brotar el gran poema épico con el que ha pasado a la historia.

Ercilla nació en Madrid (1533), aunque sus padres eran vizcaínos, de Bermeo, de origen noble. Su progenitor, Fortún García de Ercilla, fue miembro del Consejo Real y Leonor de Zúñiga, su madre, tuvo parentesco con las más linajudas familias, como los Mendoza y los Manrique. Él fue el hijo menor de los cinco del matrimonio. Al año de nacido quedó huérfano de padre y, para colmo de desdichas, su familia había perdido en un pleito su renta más importante, el señorío de Bobadilla, y quedó prácticamente en la ruina.

Acudió en su ayuda el propio emperador Carlos, quien los acogió en la corte e hizo de la madre dama de la emperatriz, la bellísima y eficaz Isabel de Portugal. Alonso, por su parte, acabó como paje del futuro Felipe II.

Ilustración de Ercilla

Supo sacar buen provecho a ello y adquirió una importante formación renacentista en todos los aspectos, desde la cultura y los idiomas —sabía cuatro además de castellano: latín, francés, italiano y alemán— hasta las armas, aprendiendo a montar a caballo y manejarlas con destreza. Acompañando al príncipe Felipe viajó por muchos lugares de Europa: recorrió Génova, Milán, Trento, Innsbruck, Múnich, Ulm, Luxemburgo, Bruselas y Augsburgo. Al volver a España se afincaron en Valladolid (1549), lo que le permitió presenciar el gran y apasionado debate del momento, que tuvo trascendencia oceánica, entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas sobre el derecho de conquista.

Después viajó a Viena acompañando a su madre y a doña María, hermana de Felipe, a su boda con el rey de Hungría y Bohemia. Tres años después volvió a España para acompañar ahora de nuevo a Felipe, esta vez a Inglaterra como rey consorte por su matrimonio con María Tudor.

Allí le llegó la noticia de la insurrección de Hernández Girón en el Perú y la derrota y muerte de Valdivia a manos de los araucanos. Nombrados Andrés Hurtado de Mendoza virrey del Perú y Jerónimo de Alderete gobernador de Chile para poner remedio al desastre, Ercilla consiguió licencia de Felipe para partir con ellos y salió desde Cádiz rumbo a las Indias en el año 1555. Alderete murió de fiebres en la isla de Taboga y Ercilla siguió hasta Lima, hospedándose con él en el palacio virreinal.

Derrotado Hernández Girón, decidió entonces proseguir la aventura y enrolarse con las tropas del hijo del virrey, García Hurtado de Mendoza, nombrado gobernador y capitán general de Chile, que partían hacia el sur para combatir la revuelta araucana (1557).

Estatua de Ercilla en Santiago de Chile, obra de Antonio Coll y Pi

Cuando Alonso de Ercilla llegó al territorio, el signo de la contienda había cambiado. Las tropas españolas, al mando de Francisco de Villagra, tras no pocos reveses habían conseguido rehacerse. Concepción había quedado despoblada tras la derrota de Valdivia, pero los araucanos no consiguieron tomar Santiago y desde allí Villagra lanzó su contraofensiva contra un Lautaro al que sus éxitos habían ensoberbecido y hecho que surgieran disensiones y descontento entre las diversas tribus contra su despótico liderazgo. Finalmente Villagra consiguió derrotarlo y murió en combate en abril de 1557.

La rebelión, sin embargo, seguía siendo muy fuerte y Ercilla sufrió junto con las tropas los duros combates y las terribles inclemencias del tiempo a que hubieron de enfrentarse. Ercilla permaneció en Chile 18 meses, doce de los cuales estuvo en campaña capitaneando una compañía y dio prueba de valor y temple militar.

Participó en las batallas de Lagunillas, Quiapo y Millarapue y fue testigo de la captura y muerte de uno de los grandes líderes araucanos, Caupolicán, a quien convertiría en protagonista de La Araucana. En él, Alonso de Ercilla no solo hace exaltación militar de los soldados españoles, sino que manifiesta una profunda admiración y respeto por la valentía, así como una profunda compasión para con los mapuches, y reprocha con dureza las crueldades cometidas contra ellos.

Pasó indudables peligros, alguno de grave riesgo para su vida, pero donde estuvo a punto de perderla fue ya vuelto al norte con su jefe y amigo el gobernador García. Este había fundado la ciudad de Osorno y quiso salir de incógnito para participar en una fiesta, cubriéndose el rostro con un casco con la visera bajada y acompañado de Ercilla. Un enemigo de este le buscó pendencia, acabando ambos a mandobles y estando a punto el poeta de matar a su rival. Don García, con una maza que llevaba en el arzón del caballo, derribó a Ercilla y, aunque este se repuso y se refugió en un templo, fue apresado y el gobernador, furioso, condenó a los dos rivales a muerte y a ser degollados al día siguiente por haber puesto en peligro la suya provocando aquel incidente.

Intentaron muchas personas influyentes persuadir a Hurtado de Mendoza de que suspendiera la ejecución, pero no hubo manera y se estaba ya levantando el cadalso cuando dos mujeres, una española y otra india, lograron acceder por una ventana a la estancia de don García, que se había aislado y prohibido que se le importunara con aquello. Ellas lograron con muchas súplicas que finalmente accediera a no ejecutarles y les perdonó la vida. Aunque, eso sí, Ercilla estuvo tres meses preso y luego fue desterrado al Perú. Pasado un tiempo la relación con García se restablecería y volverían a amigar.

Aunque eso sí, el escritor dejaría en la propia Araucana relato y queja por el trato recibido.

Ni digo cómo al fin por accidente
del mozo capitán acelerado
a plaza fui sacado injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente
do estuve tan sin culpa molestado
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más grave que la muerte.

Para cuando regresó definitivamente a España, en 1563, ya tenía compuesta la primera parte de su gran obra, que dedicó, ¿a quién si no?, a Felipe II. Tuvo desde su salida a la luz un éxito fulgurante y le valió el elogio y el aplauso. También el reconocimiento del rey y su entrada en la corte, pues fue nombrado gentilhombre de la misma y, además, caballero de Santiago en la sede central de la Orden en Uclés.

Agasajado y celebrado, participó en misiones diplomáticas al servicio de Su Majestad, pero se preocupó además de hacer una inmejorable boda, pues se casó con una pariente cercana del marqués de Santa Cruz, el gran marino Álvaro de Bazán, quien unía a sus grandes dotes militares y navales, demostradas en Lepanto, una gran fortuna.

Contrajo matrimonio en 1570 con María Bazán, quien aportó como dote la nada desdeñable cifra de ocho millones de maravedíes, con lo cual el poeta pudo dedicarse por entero a culminar, tras fijar residencia en Madrid, las partes segunda (1578) y tercera (1589) de su magno poema. A su joven esposa, con la que no tuvo hijos, aunque sí reconoció a dos naturales —uno de ellos perecería en la Armada Invencible—, le dedicó un poema muy sentido:

Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura;
yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
del tronco de Bazán doña María.

Murió en Madrid en 1594, a los 61 años, y sus restos fueron enterrados en el convento de San José, en la villa toledana de Ocaña, en cuya iglesia siguen hoy reposando.

En su tiempo mereció muchos elogios, no pocos de aduladores, pero quien marcó su valía fue nada menos que don Miguel de Cervantes, quien consideró a La Araucana una de las mejores obras épicas en lengua castellana y dio prueba de su aprecio salvándola del fuego purificador al que condena en El Quijote a los libros de la biblioteca del andante caballero.

En Chile sigue siendo admirado y recordado. Sus estatuas, más que en España, son respetadas y, en cierto modo, La Araucana está considerada como el poema épico nacional, y los escolares aprenden desde niños la siguiente estrofa de su obra:

Chile, fértil provincia y señalada
en la región Antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa;
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometida.