La gesta de los maragatos: excelencia, honor y palabra
Grandes gestas españolas
La gesta de los maragatos: excelencia, honor y palabra
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El término arriero nace de la onomatopeya: «arre» con el que, desde tiempos inmemoriales, los hombres del campo animaban a las bestias a continuar el camino. Al contrario, el rotundo «¡so!», imponía la quietud. Entre ambas voces se tejió durante siglos la existencia de los arrieros, hombres recios que guiaban arrias y recuas, largas hileras de mulas y burros que avanzaban por desfiladeros imposibles y llanuras interminables en una España de relieve quebrado y orografía desigual Pero el arriero no era simplemente quien conducía animales de carga: era un agente esencial en la movilidad de alimentos, personas, información y ganado en un país donde los caminos se hacían al andar. Su historia, aunque en gran parte olvidada, fue decisiva para la vida económica de la España de su tiempo.
Un oficio de generación en generación
Su oficio era un arte transmitido de generación en generación, con reglas propias. La buena maña y la valentía del arriero para sortear amenazas y peligros en los caminos y dirigir a los animales eran fundamentales. La Corona comprendió pronto su importancia estratégica y, en 1497, los Reyes Católicos fundaron la Real Cabaña de Carreteros, que más tarde incorporaría a arrieros y trajineros, otorgándoles privilegios reales, conscientes de que sin ellos el comercio se paralizaba.
Transportaban las mercancías solicitadas en una y otra punta del país con una constancia heroica: desde cerámicas frágiles en angarillas hasta carbón, cal, hortalizas, legumbres, cereales, tejidos o pescado. Allí donde el carro no podía llegar, la mula abría paso. Injustamente comparadas con el caballo, eran en realidad joyas de resistencia y rentabilidad. El Catastro de Ensenada lo dejaba claro: una buena mula valía más que un caballo, y las yeguas se destinaban con frecuencia a criar muletos, no potros. Su capacidad de carga —entre 90 y 150 kilos—, su fortaleza ante el calor, su menor necesidad de agua y la facilidad para alimentarlas las convirtieron en el animal emblemático de la arriería española.
La Maragatería: la excelencia en la arriería
Pero si hubo un territorio en el que la arriería fue la auténtica columna vertebral de su existencia, fue La Maragatería. Una comarca en pleno corazón leonés de 710 KM cuadrados que va de Norte a Sur de La Cepeda a La Valduerna y de Este a Oeste de La Vega al Bierzo, y como capital la ancestral Astorga. Su icono telúrico es el Monte Teleno y alberga uno de los puntos más emblemáticos del Camino de Santiago, la Cruz de Hierro- Su ubicación a 1.500 metros de altura, la convierte en el punto más elevado que superan los peregrinos a lo largo de todo el Camino de Santiago francés, el mas auténtico y transitado.
Cruz de Hierro
La procedencia de los maragatos ha sido una controversia sugestiva y ha generado un abanico amplio de hipótesis apoyadas en la etimología del término maragato. Que sí cartagineses que huyeron de la persecución romana, la evolución de mericator, mercador; voces celtas, mauricapti, «moros cautivos», que los vincularían a bereberes; o incluso lo más absurdo: que su nombre surgía de transportar productos desde el mar, hasta los «gatos», en referencia a Madrid, dando lugar a ese mar-a-gatos.
Comarca leonesa La Maragatería
Lo cierto es que la comarca, abierta desde tiempos remotos, por las vías romanas y por el Camino de Santiago es una tierra áspera, de clima frío y suelo ingrato, donde la agricultura y la ganadería apenas encontraban acomodo. Pero precisamente de esa rudeza en el siglo IX, germinaría una profesión destinada a convertirse en pieza clave del abastecimiento del Reino de Castilla que los dotó de una vocación nómada casi genética: la arriería.
Mapa de la Maragatería. De 'La arquitectura popular de la Maragatería'.
En las zonas norteñas recuperadas a los árabes, llegó la llamada repoblación y los hombres de la Maragatería asumieron una misión: llevar alimentos y mercancías a los nuevos núcleos urbanos. Con mulos, carromatos y determinación, recorrían la Vía de la Plata— llevando pescado en salazón y carbón hacia el sur, y regresando con embutidos y productos de secano. Su fiabilidad era tal que, en 1367, Enrique II les concedió la exención del portazgo, privilegio reservado solo a quienes demostraban una integridad excepcional, La Corona llegó a confiarles la recaudación de tributos, el traslado del oro y plata procedente de las Indias, documentos privados e incluso correo que debía llegar en fecha exacta. Eso les otorgó la reputación de ser los transportistas más seguros del reino y también de ser los más «careros». Peo era lógico: avalaban la mercancía con su propio patrimonio —incluido después de muertos, el aval lo asumía la familia—.
Mercado de Hierro de Madrid donde se vendía mercancía de maragatos.
La sociedad maragata y el espíritu empresarial
La sociedad maragata, tan cerrada como cohesionada, se articulaba en torno a grandes clanes. Sus casas tenían imponentes portones que se abrían a patios empedrados donde se guardaban los carros y se descargaban las mercancías. Funcionaban como auténticos centros de intendencia. Allí se planificaban rutas, se cuidaban las mulas —símbolo de riqueza y herramienta esencial— y se tejían alianzas comerciales. Practicaban la endogamia, lo que consolidaba la identidad del grupo, garantizaba la continuidad del linaje y la transmisión de un saber que no se aprendía en libros, sino en la experiencia del camino.
Aún se desconoce cómo se ganaron el respeto de forajidos y bandoleros que, durante siglos, fueron el cáncer de los caminos y que acabó solventando la creación de la Guardia Civil.
Su tránsito era incesante, de día y de noche, por la Calzada Real —o Carrera de Galicia— que era de cien leguas desde Betanzos hasta Madrid. Gracias al sistema de postas, lograron lo imposible: llevar pescado fresco en cuatro días, una auténtica hazaña. Como llevar carga solo en un sentido es antieconómico, regresaban con grano, vino, manufacturas, jabón, aceite, pimentón, arroz o garbanzos, cerrando un ciclo comercial que los convertía en intermediarios indispensables entre el Atlántico y la Corte.
Emprendedores por naturaleza, los maragatos idearon sistemas ingeniosos para asegurar la calidad de sus mercancías. Entre ellos, la construcción de pozos que llenaban de nieve durante el invierno. La nieve, resistente durante buena parte del verano, convertía esos huecos helados en primitivas cámaras frigoríficas capaces de mantener el pescado fresco, lo que era crucial especialmente en la Cuaresma, cuando la demanda se disparaba. De día y de noche, bajo la lluvia o la helada, avanzaban con una precisión que asombraba: siempre a tiempo, siempre con la carga intacta.
Pero su grandeza no residía únicamente en la eficacia y cumplir plazos con exactitud. Su prestigio combinaba fiabilidad, organización comercial y una honradez absoluta, esa capacidad casi legendaria de defender la carga «con su vida». La palabra maragata era un juramento sagrado. Rara vez se firmaban contratos: bastaba la palabra empeñada.
Maragatos
El fin de la arriería y nuevas rutas
Pero a lo largo del siglo XIX, llegó la modernización de las comunicaciones: la apertura de nuevas carreteras, la mejora de los caminos y, sobre todo, la llegada del ferrocarril, lo que transformó radicalmente el transporte peninsular. La arriería, incapaz de competir con el ritmo del progreso, se extinguió, aunque siguieron comerciando mandando género en vagones de trenes, e incluso jamones en barcos hacia Cuba, abriendo fábricas de chocolate u hoteles en las puntas del camino.
Maragatos en Narón. Archivo Fernando Masafret.
Miles de maragatos acabaron marchando hacia nuevos destinos, esta vez sin mulas ni reatas: emigraron a América, a Madrid y sobre todo a Galicia extendiéndose en pueblos y ciudades de sus cuatro provincias. Allí dejaron una gran impronta empresarial y en la gastronomía: desde los callos, al galleguísimo pulpo a feira o el propio carnaval. Se reinventaron con la misma tenacidad con la que antaño habían surcado los caminos. Y en todos ellos permaneció intacto un ADN identitario que ni la distancia, ni el tiempo lograron borrar.
Cocido Maragato
Las tiendas de ultramarinos: más que tienda almacén, cual pequeño universo
Así sobrevivió el espíritu maragato como taberneros, comerciantes; abriendo puestos fijos de venta de pescado en la capital como las exitosas Pescadería Coruñesas; o prosperaron en el negocio de los paños. Pero fue en las tiendas de ultramarinos —los antiguos coloniales o colmados— donde una mayoría encontró su nuevo destino. Aquellos establecimientos recibían su nombre por los productos que llegaban de ultramar: especias como la canela o el azafrán, té, café… A ellos se sumaban legumbres a granel, huevos y verduras de la zona, conservas, escabeches, pastas, galletas, productos de limpieza, vinos y bebidas. La estructura clásica de estos comercios, más cercana a un almacén que a una tienda moderna, los convertía en pequeños universos.
Pescadería Coruñesas
A todas les unía algo común: nada más cruzar el umbral, un mosaico inconfundible de aromas envolvía al cliente: mezcla de maderas, especias y salazones. En las estanterías se alineaban latas, paquetes de legumbres, azúcar, fideos, aceite. Tras el mostrador corrido de mármol blanco, una pared repleta de cajones basculantes guardaba arroz, garbanzos, lentejas y judías, cada uno con su cacillo correspondiente para servir en la balanza. Allí convivían la balanza romana, las guillotinas para cortar el bacalao —que el tendero manejaba con una destreza casi quirúrgica—, los molinillos de café y el medidor de aceite sobre el bidón oculto bajo el mostrador. Hoy, todo es material de museo etnográfico.
Ultramarinos La Confianza, en Huesca
En la zona del público, un banco corrido de madera invitaba a la espera, junto a sacos de arpillera, cajas redondas de arenques y el manubrio para llenar las botellas de aceite que los clientes traían vacías. Del techo pendían los grandes bacalaos en salazón, guardianes silenciosos del local. Los tenderos solían vestir bata o mandilón gris, siempre con el lápiz en la oreja, como si formara parte de su anatomía. Sin caja registradora, hacían las cuentas en papel de estraza, donde envolvían los productos con rapidez. A quienes tenían cuenta, les anotaban los gastos en una libreta apaisada que eran, en sí mismas, pequeños archivos de la vida cotidiana de los barrios. Se convirtieron en pioneros en incorporar las novedades del sector: los tambores de detergente, la leche pasteurizada en bolsas, y, por supuesto, en los años 60 el papel higiénico El Elefante que lucía en imponentes torres. En Ferrol el maragato Faustino del Palacio inventaba unos polos de cocacola con simples cubiteras de hielo que hacían furor.
Papel higiénico El Elefante
No tenían dependientes: solo hijos o sobrinos que les ayudaban en la tienda. Lo curioso es que no les pagaban sueldo alguno hasta que cumplían 30 años, una edad tardía. Entonces les daban toda la suma debida de golpe para que pudieran abrir su propio negocio… e ipso facto marchaban a la Maragatería a buscar esposa o casarse con su prometida. Se ha escrito que durante este tiempo de espera ningún hombre podía tontear con ella, porque en ese caso multaban a la familia del merodeador. Sí, multaban. Como dicen los gallegos « amigos, amiguiños, pero a vaquiña polo que vale»
Tienda de ultramarinos
La huella de la gesta maragata
En las capitales españolas, un buen número de apellidos se siguen reconociendo como genuinamente maragatos y el lema «Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos» aunque hoy popularmente tergiversado con connotación de venganza, para ellos era y es signo de solidaridad: el recuerdo de aquellos hombres que compartían camino y se ayudaban en penalidades y peligros.
Maragatos
Aunque la arriería desapareció, la memoria de aquellos hombres que hicieron de una tierra áspera una patria de grandeza sigue grabada en la identidad leonesa. Las casas maragatas, con sus portones imponentes y patios de piedra, son la huella viva de un esplendor que el tiempo no ha logrado borrar. En cada muro, resuena aún el eco de los carros, el aliento de las mulas y el ir y venir de mercancías que sostuvieron el pulso económico de media península.
Tipos leoneses
Porque estos hombres no fueron solo arrieros: fueron guardianes del tránsito, artesanos del movimiento, sostén de reinos y ciudades. Y lo más importante: su gesta no se mide en las cargas transportadas, sino en la huella moral que dejaron desafiando al tiempo convertidos en leyenda. En aquel mundo donde la palabra valía más que cualquier contrato o juramento, los maragatos hicieron del deber un mandato existencial y del honor su ley.