Abdicación de Napoleón en Fontainebleau, por Paul Delaroche (1845)
Dinastías y poder
Napoleón: «He conquistado Europa, pero España me ha vencido»
Decidido a quedarse y a que los españoles le viesen como el regenerador de lo que consideraba una patria enferma. «He visto vuestros males y voy a remediarlos», escribió en la proclama de Bayona
España era un botín. Cuando en 1808 Napoleón Bonaparte decidió intervenir directamente en los asuntos españoles, lo hizo convencido de que la península sería una pieza más en su vasto tablero continental.
Había destronado a los Borbones y estaba dispuesto a asegurar su dinastía. Decidido a quedarse y a que los españoles le viesen como el regenerador de lo que consideraba una patria enferma. «He visto vuestros males y voy a remediarlos», escribió en la proclama de Bayona. Pero el pueblo español iba a resistirse. El Emperador había puesto su mirada en España y despreció el potencial de una nación en armas.
Ofendido por la derrota en Bailén, Napoleón cruzó la frontera y se presentó en España. Pero no fue el primero de su familia que lo hizo. Su hermano pequeño, Luciano, estuvo en nuestro país en 1800 durante los días del Consulado y José entró en territorio nacional a los pocos días de jurar como nuevo soberano.
Luciano Bonaparte, el hermano más independiente e ideológicamente complejo, fue el primero de la dinastía en pisar la península. Llegó a Madrid como embajador ante Carlos IV en diciembre de 1800. Su labor consistiría en controlar la política española y preparar una futura guerra en el contexto del enfrentamiento permanente con Inglaterra y frente a Portugal.
Luciano Bonaparte
En esos meses en los que Godoy manejaba la política española, el hermano díscolo de Bonaparte protagonizó intrigas diplomáticas y vivió un apasionado romance con la marquesa de Santa Cruz, Mariana de Waldstein, mujer ilustrada, como recientemente ha contado María José Rubio en su documentada novela La marquesa y Bonaparte. Sin embargo, su relación con Napoleón estuvo marcada por desacuerdos políticos y personales que lo terminaron alejando del núcleo del poder. Apenas permaneció un año en España y, a partir de la proclamación del Imperio, se distanció todavía del Emperador.
Después llegó el turno de José. Era el mayor de los hermanos y desde 1804 ocupaba el trono de Nápoles. Designado rey por su hermano, José Bonaparte era un hombre culto e ilustrado, que había desempeñado labores políticas en la Francia de la Revolución y al que el Emperador le debía mucho. Pero los españoles no le quisieron y él lo sabía. «No tenéis aquí ni un solo partidario, sire», advirtió a Napoleón.
No fue un mero títere. Pero, a pesar de sus intentos de introducir reformas administrativas y modernizadoras y contar con el apoyo de determinados sectores afrancesados, no logró el apoyo suficiente. La guerrilla y los ingleses, con Wellington a la cabeza, habían decidido echarle. Para amplios sectores de la población fue «Pepe Botella» o «Pepe Plazuelas», apodos que no dejan de describir el siempre irónico y satírico carácter español.
El tercero en llegar fue Napoleón: el Emperador entró en España en noviembre de 1808. La deshonra que para él había supuesto Bailén le llevó a ponerse al frente de la campaña; con su sola presencia trataría de sofocar la insurrección. «En dos meses España será mía y dispondré de ella conforme al derecho que me dará la conquista», dijo.
Hasta ese momento, Napoleón parecía invencible, pues venía precedido de una serie de victorias que habían doblegado a las principales potencias europeas. Sin embargo, España no era una plaza cualquiera: era un país con profundas raíces históricas, identidad y creencias sólidas y una población que, lejos de aceptar la imposición francesa, reaccionó con heroica resistencia. Porque la Guerra de la Independencia no fue únicamente un conflicto militar; fue también un proceso de afirmación nacional.
Tras pasar por Vitoria, tomar y saquear Burgos y vencer en Somosierra gracias a la carga de la caballería polaca, Napoleón se dispuso a entrar en Madrid. Lo cuenta magistralmente Galdós en Napoleón en Chamartín, escrito por el canario en 1874 dentro de la primera serie de los Episodios Nacionales. Un día se desplazó hasta Madrid para visitar el Palacio Real. Lo hizo con aires de grandeza. El 22 de diciembre partió hasta Astorga en busca del ejército británico de Moore. Allí le informaron de que Austria se preparaba también para la guerra. Salió de España a mediados de enero de 1809.
España demostró que el dominio imperial tenía límites. El propio Emperador, que había subestimado la complejidad del territorio y, sobre todo, a sus habitantes, acabó reconociendo su error: «He conquistado Europa, pero España me ha vencido».
Muchos de los estudios y biógrafos de Napoleón —Esdaile o Roberts— coinciden en señalar que la campaña española fue uno de los errores estratégicos más graves del emperador. Porque Napoleón pudo dominar ejércitos y territorios, pero no logró doblegar la voluntad de los españoles.