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Imagen de John Ogilby que muestra en 1671 la Florida, entonces española

Imagen de John Ogilby que muestra en 1671 la Florida, entonces española

Antes de Lincoln, España ya había abolido la esclavitud en territorios de EE.UU.

Carlos II en calidad de rey de la Florida —territorio de la Capitanía General de Cuba, perteneciente, a su vez, al virreinato de la Nueva España—, en 1693 decretó la libertad de todos aquellos esclavos de las colonias británicas en la costa este de América del Norte

Una de esas fechas que los norteamericanos retienen bien en lo que a su historia se refiere es la de la abolición de la esclavitud en su país, en 1863, por el presidente Abraham Lincoln, una de las más importantes secuelas de la Guerra Civil que vivió el país entre 1861 y 1865.

La abolición —y esto es menos conocido— se produce en dos fases. En la primera, el 1 de enero de 1863, Lincoln abolió la esclavitud en los territorios de sus enemigos en la guerra —y en los que, en consecuencia, no gobernaba—, los estados confederados rebeldes, una especie de brindis al sol, parecido, para hacerse una idea, a que Eisenhower hubiera prohibido las SS en Alemania nada más entrar en la guerra, sin ni siquiera haberse tomado la molestia de conquistar el país.

En la segunda, producida prácticamente tres años después, el 6 de diciembre de 1865, es cuando, con la entrada en vigor de la Decimotercera Enmienda a la Constitución, una vez terminada la guerra, puede hablarse de una real, verdadera y completa abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.

Una abolición que es, por cierto, 28 años posterior a la española, producida en 1837, aunque acostumbre a decirse que España no abolió la esclavitud hasta 1886, porque la mantuvo todavía en las islas caribeñas que formaban parte de su imperio. Por esa misma regla de tres, no debería poder decirse que el Reino Unido abolió la esclavitud en 1833, como efectivamente todo el mundo reconoce, pues, aunque así lo hiciera en la metrópolis, en muchas de sus colonias la mantuvo vigente incluso durante siglos, tal es el caso de la colonia británica de Nigeria, donde no se abolió hasta 1901, o la colonia igualmente británica de Kuwait, donde no se abolió hasta 1949 (y así, tantas y tantas otras colonias, que ni siquiera las mencionadas son excepción).

Volviendo a lo que interesa, esta abolición de la esclavitud realizada por Abraham Lincoln… ¿fue efectivamente la primera acontecida en el inmenso territorio de los Estados Unidos?

Pues bien, no, porque ciento setenta y tres años antes de la declaración «lincolniana», ya en el año 1693 se había producido en aquellos territorios una abolición en toda regla de la esclavitud. Y lo hizo un personaje tan inesperado como ese gran rey que fue de España, Carlos II, por mucho que la historiografía se empeñe en llamarlo «el Hechizado».

Sí, porque, en calidad de rey también de la Florida —territorio de la Capitanía General de Cuba, perteneciente, a su vez, al virreinato de la Nueva España—, en 1693 el monarca español decretó la libertad de todos aquellos esclavos de las colonias británicas en la costa este de América del Norte (entonces solo cuatro, no las trece que luego serían cuando se independizaron de Inglaterra) que consiguieran huir de ellas y alcanzar las tierras de la Florida, propiedad española desde el año 1513, en que la descubrió Juan Ponce de León, hasta 1821, cuando, mediante el Tratado Adams-Onís, España la entregó a los Estados Unidos (108 años en total).

No se trata de cifras pequeñas: aunque se trate de un dato bastante especulativo, algunos informes hablan de hasta veinte mil esclavos escapados de las colonias británicas hacia Florida para obtener su libertad. Y no pocos debieron de ser, efectivamente, esos esclavos, cuando fueron capaces de organizar una aguerrida y victoriosa defensa del fuerte de Gracia Real de Santa Teresa de Mosé, más conocido como el Fuerte Mosé, en la Florida española, cuando los ingleses lo atacaron en 1740, en el marco de la Guerra del Asiento, la misma en la que tuvo lugar la importante victoria de Blas de Lezo frente al almirante Vernon en Cartagena de Indias.

Con ser notable el anticipo de la abolición «carolina» española frente a la abolición «lincolniana» estadounidense —173 años, como se ha visto—, ambas palidecen ante la que es la primera auténtica abolición de la esclavitud en los territorios septentrionales de América, que no es otra que la pronunciada por la reina Isabel la Católica, tan pronto como en el año 1496.

Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: el almirante Colón, ante la evidencia de que las islas descubiertas en el Caribe no proporcionaban el beneficio que había prometido a los Reyes Católicos y que esperaba para sí mismo —porque en aquellas islas, sencillamente, no había de nada y, menos aún, oro—, recurrió en su segundo viaje a un negocio que sin duda conocía bien, después de tantos años de trabajar con los portugueses: el de la captura de esclavos y su venta en los mercados europeos.

Enterada Isabel del hecho, incurrió en indignación, pronunciando aquellas famosas palabras: «¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?», tras lo cual procedió a buscar a los esclavos vendidos por Colón y, a los pocos que encontró, los rescató y los envió de nuevo al Nuevo Mundo.

Esa «rudimentaria» abolición de la esclavitud de indígenas todavía sería ratificada en, por lo menos, dos ocasiones. La primera, en las llamadas instrucciones que la reina emitió al gobernador Nicolás Ovando, primer gobernador de La Española, el 16 de septiembre de 1501, donde le dice: «Procuraréys como los yndios sean bien tratados e puedan andar syguramente por toda la tierra, e nenguno los faga fuerza» y también «compelir los eis que trabaxen en las cosas de nuestro servicio, pagando a cada uno el salario que xustamente vos pareciere que debieren de aber».

La segunda, la que realizó en el codicilo a su testamento redactado el 12 de octubre del año 1504, cuando dicta «que no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar [«y por ganar», esto es, las de los actuales Estados Unidos cuando pasen a formar parte de las posesiones españolas], reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, más manden que sean bien y justamente tratados». Estas instrucciones no fueron abolidas jamás y rigieron en todo momento mientras duró la presencia española en América hasta 1898.

Pues bien, habida cuenta de que España llegó a ser propietaria de hasta dos tercios de los actuales Estados Unidos —todo lo que va desde el Misisipi hasta el Pacífico, amén del sur del tercio este en la Florida—, dicha abolición genérica de la esclavitud realizada por Isabel la Católica para los habitantes de sus posesiones en el Nuevo Mundo, y respetada por todos sus sucesores hasta que España abandonó el escenario, estuvo vigente también en los territorios de América del Norte que hoy constituyen esa unidad política llamada Estados Unidos.

Es, pues, Isabel la Católica quien primero prohibió la esclavitud —aunque solo fuera la de indígenas— en los actuales Estados Unidos, más de tres siglos y medio antes que Abraham Lincoln; como también antes que él, y en este caso específicamente para esclavos negros, lo hiciera el también español Carlos II, al que más bien debería conocerse como «el Liberador de Esclavos» que como «el Hechizado».

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