Urraca I
Urraca I de León , la primera reina de pleno derecho de la historia de España
Como fue toda una Infanta su tía, con su mismo nombre, y que ya ha comparecido en estas páginas, la señora de Zamora ante cuyos muros pereció a traición su hermano el rey Sancho II
No conozco, aunque quizás las haya, a quien ahora lleve su nombre, pero fue el de mayor rango y prosapia durante los tiempos medievales tanto en León como luego en Castilla. Un nombre de infantas y de reinas. De la primera reina que reinó como tal, y no como consorte, en la Península Ibérica y posiblemente la primera en hacerlo en Europa: Urraca I de León y de Castilla. No le fue fácil, sufrió lo suyo y no le faltó valor, aunque tampoco le sobraron virtudes. Pero fue toda una reina.
Como fue toda una Infanta su tía, con su mismo nombre, y que ya ha comparecido en estas páginas, la señora de Zamora ante cuyos muros pereció a traición su hermano el rey Sancho II y por lo que se convirtió en soberano su favorito el gran Alfonso VI , conquistador de Toledo.
Fue Alfonso Vi, cantares aparte ,ya lo hemos dicho también, un gran rey, de afilada inteligencia y de demostrada bravura. Sin duda un personaje determinante en su tiempo y en el devenir de la Reconquista, pero hoy toca hablar de su hija y de cómo llegó a ceñir en sus sienes la corona.
El rey Alfonso tuvo cinco esposas, y una amante reconocida junto a su descendencia, pero a la postre no hubo varón alguno en su progenie que pudiera heredarle.
De su amante leonesa, Jimena, tuvo dos hijas, Teresa y Elvira. La primera sería la madre de otro Alfonso, que culminaría en rey de Portugal, independizando el territorio de la corona leonesa. La segunda, Elvira casada con el duque de Tolosa sería la madre de Alfonso del Jordán, otro personaje que exige aparecer en el escenario y ser recuperado del olvido. Lo haremos.
De las cuatro esposas legítimas, ni la primera, Inés, ni la tercera, Berta le dieron descendencia. Si lo hizo la segunda, Constanza y precisamente a nuestra Urraca, que dado el carácter bastardo de sus hermanastras, criadas sin embargo como infantas, era la primera en la línea sucesoria.
Casó con un poderoso noble franco muy allegado a su padre, Raimundo de Borgoña y no tardó en darle, tras una hija primero, Sancha, un heredero, quien luego sería Alfonso VII. Pero su señor abuelo había vuelto a matrimoniar, por cuarta vez, con una princesa mora, viuda del hijo del rey poeta Almotamid de Sevilla, que de Zaida paso a llamarse Isabel y que trajo al mundo el ansiado vástago real, al que puso el muy castellano, yantes navarro nombre de Sancho.
Creció fuerte y avisado y era la gran esperanza de su padre hasta que a los 12 años en que se truncó su vida en la terrible derrota de Uclés donde los almorávides aplastaron al ejercito cristiano, acabando con siete condes castellanos y el Infante al que intentaron proteger con sus propios cuerpos.
Aquello hundió en la desolación al ya desgastado rey Alfonso VI que veía acercarse su final y temiendo por su reino y dado que Urraca había quedado viuda del borgoñón Raimundo entendió que lo mejor sería casarla con un rey de acreditada condición guerrera que defendiera el reino de la terrible embestida africana y eligió a Alfonso I de Aragón, el Batallador, un guerrero temible, pero que se había criado entre monjes y ese espíritu tenía y ninguna afición, a lo que parece, por las carnales coyundas. Al menos con mujeres
Urraca que había nacido en junio de 1081 en León, había quedado viuda a los 26 años del borgoñon y con dos hijos, la ya mentada infanta Sancha que fue educada por su tía Doña Elvira, señora de Toro y Alfonso, el heredero, quien fue educado desde niño en Galicia. Ello se debió a que Alfonso VI había partido aquel otrora reino entre sus dos hijas, natural y legítima, con el título de condesas, Teresa, casada con otro noble franco, Enrique de Borgoña, el Portucalense, origen de Portugal, entre el Miño y el Duero y el que siguió conservando en nombre de Galicia, para Urraca y su esposo,el primo del primero, Raimundo, quien murió en 1107. A su fallecimiento fue ella quien siguió al frente del señorío aceptando la condición de permanecer soltera pues en caso de volverse a casar el condado pasaría a su hijo Alfonso
Pero llegó la tragedia de Uclés (1108) y muerto el infante y heredero Sancho, sólo quedó Urraca como sucesora. Era algo que se salía de lo habitual, aunque algo parecido había sucedido con doña Sancha, la madre del propio Alfonso VI, que era nominalmente era reina de León pero quien verdaderamente reinó y como rey fue su marido, el castellano Fernando I el Grande. Quizás ese ejemplo de sus padres determinara a Alfonso VI a adoptar la solución que a la postre se impuso. Urraca sería reina pero casada, ahora por obligación, con el aragonés Alfonso el Batallador.
Imponerlo no resultó fácil al monarca. Los nobles castellano-leoneses preferían otro candidato que fuera del propio reino. Dos eran los más apoyados, ambos de la poderosa estirpe de los Lara, su cabeza, el conde Gómez González, favorito de nobleza y clero, o bien el conde Pedro González de Lara, también más al gusto, como más tarde se vería de la futura reina. Pero a la postre se impuso la voluntad del monarca y se consumó aun cuando este ya había muerto , pues lo hizo en julio de 1109 y los esponsales se celebraron en octubre.
No tardó el matrimonio en demostrarse desdichado, aunque su primera finalidad, un rey guerrero que mantuviera en pie el reino, pareció cumplirse. Tras haberse apoderado los almorávides de importantes plazas en la frontera del Tajo durante el verano del 1109 el Batallador batió y dio muerte al emir zaragozano, que animado por los éxitos de los africanos intentó una campaña invernal en Aragón, en la batalla de Valtierra.
Pero el acuerdo matrimonial tenía ponzoña dentro. Había quedado acordado y aceptado también por la propia Urraca, que su hijo, Alfonso Raimúndez, perdería la condición de heredero si del matrimonio con el aragonés nacía un nuevo vástago. El obispo de Santiago, Gélmirez, tutor del infante Alfonso, y el conde de Traba, Pedro Froilaz como cabeza de la nobleza gallega no estaban dispuestos a aceptarlo. El nombramiento por el Batallador, de nobles navarros y aragoneses como alcaides de los principales castillos leoneses y castellanos hizo que la nobleza de esas tierras también se revolviera.
La rebelión comenzó en Galicia y allí se dirigió Alfonso con su ejército y en compañía de la reina. Impuso su genio militar y la aplastó de manera fulminante. Pero su ferocidad, ajusticiando a quienes se rendían, hizo que Urraca abandonara la región. El matrimonio además y ya desde el comienzo hacia agua por todos lados. El rey unía a su misoginia, la violencia física contra su esposa. Urraca lo acusó de haberla golpeado con pies y manos. El clero que siempre se había opuesto al mismo encontró el apoyo del papado, por la supuesta consanguinidad de los cónyuges y Urraca tras hablar con los obispos más allegados tomo la decisión de separarse de él. Comenzaría la larga pugna por la nulidad pero los derechos de Alfonso el batallador sobre el reino leones y castellano sufrirían una perdida determinante de legitimidad.
Buena parte de los burgos apoyaba al aragonés y también lo hacían importantes ciudades y sus milicias. Su capacidad militar se imponía. Era quien ganaba las batallas y rendía las plazas contra los partidarios de la reina, el primero, el pretendiente a su mano, el conde
Gomez Gonzalez que había sido alférez de su padre y que ahora, se decía y no faltaban indicios, era ya también su amante. En él, haciendo onerosos pactos con su hermanastra Teresa de Portugal y su marido Enrique de Borgoña se apoyó Urraca para intentar mantener el pulso. Pero lo poco que avanzaban les era no solo de nuevo arrebatado sino que cada vez se veían más arrinconados. De hecho el rey acabó por apresarla y encarcelarla en la fortaleza de El Castellar, acusándola de adulterio con el conde Gómez González. Este junto con su pariente Pedro González de Lara lograría a poco libertarla. Tan solo para que después el Batallador volviera a infligirles una dura derrota en Candespina.
Tras haber recobrado la libertad, la reina había logrado con mucho tino una alianza con los partidarios de su hijo, el infante Alfonso y de muchos nobles de los tres reinos, Galicia, León y Castilla. Pero no contó con la traición de los condes de Portugal, Teresa y Enrique, que cambiaron de alianza y se unieron a su esposo y enemigo. La batalla de Candespina fue desastrosa y cuando el conde Pedro González de Lara huyó del campo viéndose vencido el resto de las tropas fue deshecho y su mayor sostén, el conde Gómez González, muerto.
La suerte parecía echada. Y militarmente lo estaba a pesar de que Urraca volvió a poder contar, aunque a cambio de cesiones territoriales enorme, con su hermanastra Teresa y Portugal. En el año 1112 tan solo Galicia, aunque en realidad era de los partidarios de su hijo Alfonso, Asturias y León le permanecían bajo su mandato y ello a duras penas pues tras incluso un intento de reconciliación frustrado, su todavía marido se había apoderado de la inmensa mayoría del territorio e incluso entrado en Toledo, aunque allí le permanecía leal el fiel Alvar Fañez, que en soledad había defendido la frontera contra los embates almorávides junto con el arzobispo metropolitano. Pero en 1114 en una revuelta contra ella en Segovia asesinaron a Alvar Fáñez, el buen Minaya de los cantares, y todo pareció definitivamente desplomarse para Urraca pues la frontera del Tajo volvió sus ojos a el Batallador como único en poderla socorrer.
El único y ya casi único apoyo que le quedaba a Urraca era el poder eclesiástico leones y castellano enfrentado totalmente con el rey aragonés. La nulidad del matrimonio ratificada por el Papa se convirtió en su objetivo y en ello se esforzaron aunque la consanguinidad era cuestionable y había que remontarse nada menos que a un bisabuelo. Pero había muchos elementos que añadir y amen de el no haber tenido hijos se anotaba la propia acusación de la reina contra su marido de intentar acabar con la vida de su hijo. « Era la pasión tan terrible, que la reina afirmaba que con gran furor y odio procuraba la muerte del infante, creyendo suceder en el reino». Finalmente ya viendo que incluso se le amenazaba de excomunión si no aceptaba la anulación del matrimonio ya acordada por la curia castellano-leonesa decidió asumir el argumentario de sus contrarios y repudiar a Urraca y renunciar a sus supuestos derechos, aunque conservó no pocas de las tierras limítrofes con Aragón de las que se había apropiado.
Pero no por ello llego la paz. Se abrió entonces el problema gallego con los partidarios de su hijo Alfonso, todavía un niño. El obispo Gelmírez lo quería elevar a la corona de todos los reinos y el conde de Traba de una Galicia independiente. La reina Urraca hubo de enfrentarse a ambos sobre todo al segundo en un continuo juego de alianzas y traiciones. Al fin, y con astucia, aunque en una ocasión casi la mataron en Santiago, donde fue golpeada, apedreada y, desnuda, arrastrada por el barro y puede que violada y se salvó de milagro e la turba, hizo gala del coraje que no le faltó nunca y logro, sino vencer, sí sobrevivir, mantenerse en el trono y salvarlo para su hijo, utilizando con mucha habilidad su figura.
El pacto reconociéndolo como su heredero amaino mucho las revueltas aguas. El joven Alfonso entró en Toledo, dando por concluido allí el poder de su padrastro. Urraca consiguió, además, que su ya ex marido, cuyo objetivo esencial ahora era la conquista de Zaragoza se aviniera a irle cediendo territorios como la poderosa Atienza, Sigüenza y Osma y que su hermanastra Teresa hiciera lo mismo con Talavera de la Reina. Enclaves que no pasaban sin embargo a ella sino a su hijo en régimen de Infantado, y bajo la tutela del obispo de Toledo. También logró reconquistar a su hermanastra Teresa, Toro y Zamora y tras una nueva intentona de esta, cruzó el Miño ,la derrotó y
la obligó a reconocerla como su reina y soberana .Habría de esperar esta a que su hijo Alfonso Enriquez se proclamara, muertas ambas, rey de Portugal.
A partir de 1118 cierta paz se extendió por el reino. Su ex marido triunfaba contra los almorávides, tomó Zaragoza y los derrotó con contundencia en Cutanda y se avino al cabo a pactar con ella, en Burgos, una tregua definitiva. Con los ayos de su hijo había también conseguido mantener una mejor relación y gozaba del apoyo de la nobleza y nunca mejor dicho, pues había convertido a Pedro González de Lara en su amante y acabar por tener dos hijos más, Elvira y Hernando. O sea que él no tenerlos con el Batallador culp. Una en la ciudad de León fue muy peligrosa, apresaron al Lara y la cercaron a ella. Logró zafarse del asedio, liberar al amante y sofocarla
Pero fue entonces cuando cometió uno de sus peores errores, pues tras, aliada con Gelmírez, haber reducido al conde Pedro Froilaz, penetrado en Portugal y cercado su hermana Teresa, sintiéndose fuerte, pretendió también acabar con el poder del obispo compostelano y lo detuvo. No contó con su hijo Alfonso, quien leal a su valedor desde niño abandonó a su madre y se unió a las fuerzas de conde Floilaz. La rebelión gallega ardió de nuevo ahora encabezada con energía por el propio heredero. Urraca hubo de liberar a Gelmírez pero todo estaba ya roto y para mayor problema Teresa hizo amante y luego se desposó con el conde de Traba.
Y ahora fue la coalición de todos ellos la que exigía su abdicación y la entrega de la corona a Alfonso VII . Los ejércitos de ambas partes estuvieron frente a frente pero finalmente no se produjo la batalla y se optó por la negociación. Quien aprovechó la coyuntura fue su hermanastra Teresa para recuperar toda la zona del Miño que había perdido.
Con la intervención papal y, curiosamente, la de su ex marido el Batallador, que actuó esta vez conciliadoramente, y el buen juicio que comenzó a mostrar el futuro Alfonso VII que estaba a punto de llegar ya a su mayoría de edad, las aguas volvieron a su cauce. Urraca renovó su acuerdo con Gelmírez, este armó caballero al joven Alfonso y con ello mayor de edad de pleno derecho. Entre todos metieron en cintura a Pedro Froilaz, apresándolo junto a sus hijos, pero no pudieron hacer lo mismo con Teresa que se mantuvo firme en sus tierras. Madre e hijo se avinieron esta vez definitivamente pues la reina tras haber pasado en su compañía la primavera de 1125 en Galicia regresó a Castilla donde murió, en el castillo de Saldaña, en marzo del año siguiente. Fue enterrada en el Panteón de los Reyes de san Isidoro de León, que habían engrandecido sus padres, Fernando y Sancha y embellecido aún más su tia, la infanta Urraca.
Su hijo Alfonso se presentó de inmediato en la capital leonesa y allí fue proclamado rey de León. También lo fue de Castilla, de Castilla, de Toledo y por supuesto de su Galicia. Gelmíirez, el gran intrigante había al fin conseguido su propósito, pero no pasaría a la postre a la historia por ello sino por algo que lo hizo mejor merecedor de ello: La construcción de la catedral de Santiago de Compostela y su conversión definitiva en el grapunto de referencia y peregrinaje de la cristiandad europea.
Alfonso VII Acabaría por ser coronado como Emperador, sobrenombre por el que pasaría a la historia. A aquel magno acontecimiento acudió, desde su ducado de Tolosa, su primo, Alfonso del Jordán quien años más tarde mataría en duelo al último amante de Urraca, el conde Pedro González de Lara.
Alfonso VII repudió desde el comienzo las formas y actos del reinado de su madre y las crónicas de aquel siglo y los posteriores fueron muy poco compasivas y si muy duras con ella, señalando sobre todo sus pasiones y no queriendo ni atisbar ninguna virtud en ella. Mucho tuvo que ver en ello su condición de mujer y quizás sea ahora llegado el momento de decir que supo, y en gran soledad y a veces total desamparo, pelear con bravura por su reino y conservar el trono.