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Eduardo Bloch en su clínica de Linz , c.  1938

Eduard Bloch en su clínica de Linz , c.  1938Bundesarchiv / Wikimedia Commons

Picotazos de historia

Quién fue Eduard Bloch, el médico judío al que Hitler protegió

Bloch supervisó el tratamiento de la madre de Hitler, Klara , cuando estaba muriendo de cáncer de mama , cobrando a la familia muy poco, a veces nada, por su tratamiento

Eduard Bloch (1872-1945) nació en la ciudad bohemia de Flauenberg, entonces parte del Imperio austrohúngaro y hoy parte de la República Checa. Eduard fue el quinto hijo de una familia acomodada de origen judío. Estudió Medicina en la Universidad de Praga, donde su padre había conseguido la licenciatura en Filosofía.

Con su flamante título en el bolsillo, se presentó en la caja de recluta para cumplir el servicio militar obligatorio. Fue destinado como oficial médico al hospital militar que daba asistencia a la guarnición de la ciudad de Linz. Allí estuvo durante un año, hasta que se licenció.

Ya como civil, Eduard estuvo un tiempo trabajando como médico auxiliar en un hospital de Dresde, pero echaba de menos la ciudad de Linz. Se había enamorado de aquel lugar y de una joven austrohúngara de origen bohemio y familia judía, como los Bloch. La joven se llamaba Lilli Kafka y probablemente fuera una prima lejana del escritor Franz Kafka, ya que las dos ramas de los Kafka tenían la misma procedencia.

Eduard Bloch fue el médico de cabecera de la familia Hitler durante décadas

Eduard Bloch fue el médico de cabecera de la familia Hitler durante décadas

Una vez instalado en Linz, Eduard empezó a prosperar. Al poco tiempo se casó con Lilli y alquiló una buena casa —la que sería su hogar y consulta médica— y donde Lilli traería al mundo a Emilie y Gertrude (Trude), alegría y orgullo del doctor.

La familia Bloch se hizo muy popular en la ciudad. No solo era un joven matrimonio alegre y con dos niñas preciosas que se mostraba amable con todo el mundo, además, Eduard estaba siempre dispuesto a atender gratis o cobrando unos honorarios simbólicos a las familias más humildes. Muchas veces el médico costeaba de su bolsillo las medicinas que recetaba, por no poder pagarlas la familia del enfermo. No es de extrañar que los Bloch fueran mirados con afecto en Linz.

En 1904 Eduard fue llamado para atender a un muchacho de quince años huérfano de padre. El chaval, de pálida piel y pelo negro como el ala de un cuervo, solo tenía un resfriado derivado de una amigdalitis, y no tuberculosis, como había imaginado su preocupada madre.

El muchacho, que se recuperó sin problemas, se llamaba Adolf y era hijo del difunto funcionario Alois Hitler y de Klara Pölz. Al año siguiente, Klara vendió la casa de Leonding (pequeña población en los alrededores de Linz), donde vivían, y se trasladó con sus dos hijos (Adolf y Paula) y su hermana Johanna al número 31 de la Humboldstrasse de Linz. Allí alquilaron un pequeño apartamento en la tercera planta.

Klara Hitler

Klara Hitler

El día 14 de enero de 1907 Klara acudió a la consulta del doctor Bloch, quien era el médico de la familia y persona de absoluta confianza de Klara. Tras examinarla, Eduard le explicó que tenía un cáncer de mama en un estadio avanzado y que le aconsejaba una intervención urgente.

Cuatro días después, Eduard Bloch le practicó a Klara una mastectomía en el hospital de las Hermanas de la Misericordia de la ciudad, donde estuvo ingresada durante veinte días. Bloch se hizo cargo de la mayor parte de los gastos y se ocupó de visitarla diariamente.

Tras la operación de Klara, la familia se trasladó al distrito de Urfahr, que era más barato, y adonde el doctor se trasladaba con frecuencia para practicarle las curas a la enferma. Durante las últimas semanas de vida de Klara, el doctor acudía a diario a visitar a la moribunda.

Klara falleció el 21 de diciembre de 1907, a las dos de la madrugada, con tan solo cuarenta y siete años de edad. Según escribió después el médico, «nunca antes había visto a una persona joven tan desconsolada como el joven Adolf». El día 24 de diciembre la hermana de Klara y Adolf se presentaron en la consulta del doctor Bloch.

Querían abonar la factura por los servicios del doctor, algo que Eduard redujo a una cifra simbólica. Al despedirse, el joven Adolf hizo una reverencia ante el médico y le declaró un eterno agradecimiento por el comportamiento que siempre había mostrado con ellos. Desde entonces, todos los años por Navidad el doctor recibiría una tarjeta postal pintada por el joven Adolf, deseándole a él y a su familia unas felices Navidades.

Pasaron los años. La figura de Adolf Hitler creció en la Alemania de la posguerra. En 1938 se produjo el Anschluss, la anexión de Austria por Alemania. La situación de los Bloch se vio afectada por las nuevas y muy restrictivas leyes antisemitas. Hitler seguía enviando postales al médico y públicamente había llegado a afirmar de él que era «un noble judío».

«Si todos (los judíos) fueran como él, no existiría una cuestión judía». Y aunque la Gestapo se presentó un día en la casa de la familia Bloch exigiendo la entrega de las postales, la documentación y los informes médicos de la familia Hitler, el hecho era que las autoridades tenían estrictas órdenes de no molestar a la familia Bloch.

No se les exigió que portaran la infamante estrella de David de paño amarillo en el pecho y sus cartillas de racionamiento no tenían estampada la «J» de Juden. No se le permitía ejercer con gentiles, pero nadie decía nada si se presentaban a la consulta los pacientes de siempre, la mayoría de los cuales mostraron lealtad con el médico y su familia.

Con todo, el ambiente se hacía cada vez más insoportable, así que, con gran dolor de Eduard, quien sinceramente amaba la ciudad y el país, reconoció que no podían seguir viviendo allí. Escribió a Adolf Hitler solicitándole que los ayudara para que la familia —el matrimonio Bloch, sus hijas y un yerno— pudiera abandonar Austria y emigrar a los Estados Unidos.

El mismo Adolf Hitler, uno o dos años antes, le había ofrecido a Bloch el reconocimiento de «ario honorario» si abandonaba públicamente su fe, a lo que no estuvo dispuesto Eduard.

¡Mano de santo! Todos los problemas e impedimentos burocráticos desaparecieron como por ensalmo. Incluso apareció un joven muy amable a quien habían encargado que se ocupara personalmente de la venta de la casa —se vendió a un precio razonable— y de que se aliviara cualquier traba económica para la salida de los Bloch. Este amable funcionario se llamaba Martin Bormann.

En diciembre de 1940 los Bloch llegaron a la ciudad de Nueva York a bordo del transatlántico español Marqués de Comillas —que, por cierto, tuvo una agitada vida durante la Guerra Civil—. Nada más llegar a los Estados Unidos, las autoridades se abalanzaron sobre los emigrantes. Estos conocían a la familia de Adolf Hitler y al propio canciller del Reich desde hacía décadas, por lo que consideraban que podían dar valiosa información.

Eduard no tuvo reparo alguno en contar todo cuanto sabía de la familia Hitler. No habló ni del antisemitismo, ni de los campos de exterminio, ni de la guerra, sino de lo que él había visto y conocido. Así que les habló de un adolescente triste e inseguro, desolado por la enfermedad y muerte de una madre a la que adoraba.

El doctor Eduard Bloch falleció el día 1 de junio de 1945 en la ciudad de Nueva York a consecuencia de un cáncer de estómago, a los setenta y tres años de edad. Tan buena persona que incluso Hitler habló bien de él, a pesar de ser judío, y él solo vio en la mayor personificación del mal del siglo XX a un niño que adoraba a su madre y la perdió demasiado pronto.

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