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Sitio de Belgrado 1456

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Picotazos de historia

Belgrado 1456: la batalla que frenó a los otomanos y dio origen al Ángelus

El Papa Calixto III había decretado que durante el asedio de la fortaleza de Belgrado se hicieran sonar, al mediodía, las campanas de todas las iglesias y que, al oír su tañido, se implorase la protección a la Madre de Dios

El sonido de las campanas de las iglesias todavía es habitual en los pueblos y ciudades de nuestra nación. Su repicar es una forma de lenguaje y cohesión social que, durante siglos, ha servido como eje organizador de la comunidad, y su historia es larga y rica.

Ahora nos vamos a trasladar al año de gracia de 1456. Tres años antes había caído la ciudad de Constantinopla. Con ella desaparecía el Imperio bizantino, que había sido baluarte y protector de Europa durante más de mil años. Este imperio nos había protegido de las migraciones de los pueblos esteparios de Asia. Una labor vital, pero muy poco reconocida y agradecida.

Volviendo al tema, el sultán victorioso era Mehmed II, que continuó con su avance hacia el interior de Europa. En 1454 derrotó a los serbios, quedándose con la mitad sur de este reino y con el territorio histórico de Kosovo.

Mehmet II. Obra de Gentile Bellini

Mehmet II. Obra de Gentile Bellini

Ahora estaba organizando a su ejército —unos 60.000 hombres, 300 cañones (fundidos con el bronce de las campanas de las iglesias de Constantinopla, según los cronistas) y unos doscientos navíos de todo tipo que controlaban los ríos Sava y Danubio— con el objeto de tomar una fortaleza que se encontraba en la confluencia de los mencionados ríos y que era la puerta de entrada al reino de Hungría y a los territorios valacos y transilvanos. Esta fortaleza se llamaba Nándorfehérvár, hoy es una ciudad y la llamamos Belgrado.

El reino de Hungría contaba con un comandante de talento: se trataba de Janos Hunyadi. Este era un miembro de la nobleza valaca cuyas dotes militares le habían aupado hasta llegar a ocupar el cargo de regente del reino durante la minoría de edad de Ladislao V.

Hunyadi era consciente de que el siguiente ataque otomano sería contra los territorios de Valaquia y Transilvania e hizo cuanto pudo en reparar las fortificaciones, reunir tropas y acondicionar lo mejor posible las fortalezas y castillos con vistas a un próximo ataque. Todo ello con la pasividad, cuando no con la frontal oposición, de las grandes familias húngaras, siempre reacias a financiar nada que no les beneficiara directamente.

Regente húngaro Juan Hunyadi

Regente húngaro Juan Hunyadi

El regente del reino también había jugado la carta diplomática. La respuesta que recibió del Papado fue muy positiva. El Papa Calixto III (de nombre Alfonso de Borja y tío del futuro Papa Alejandro VI) era consciente del peligro que suponía la expansión del Imperio turco a manos de un líder muy capaz como era Mehmed II y del impacto emocional que había supuesto la caída de Constantinopla a los ojos de la cristiandad.

El Papa envió a Hungría al mejor de sus diplomáticos —el cardenal Juan de Carvajal— para reunir apoyos en favor de Hunyadi y a un anciano pero muy apasionado fraile franciscano, llamado Juan de Capistrano, para predicar la cruzada.

Mehmed II inició la campaña en junio. Para entonces, Hunyadi había conseguido reunir un ejército de unos 12.000 hombres. Todos ellos bien armados y disciplinados. También había reforzado la guarnición de Belgrado y había puesto al frente de la misma a su hijo Lazlo y a un cuñado (Juan Szilagyi, hermano de su esposa Isabel. Hoy diríamos: «cuñao», pero competente).

Nada más enterarse del inicio de la ofensiva, Hunyadi reunió sus tropas y corrió hacia Belgrado. Lo acompañaba una muchedumbre, entre 30.000 y 40.000 «cruzados», enfervorizados pero mal armados y sin apenas disciplina, que había reunido el fraile de Capistrano con sus prédicas.

El 14 de julio tuvo lugar el primer combate importante. Los barcos cristianos atacaron y derrotaron a los turcos que estaban bloqueando el acceso a Belgrado. Esta victoria fue importantísima, ya que permitió reforzar la guarnición y controlar los accesos fluviales.

El asedio de la ciudad; en el centro Mehmet II con turbante blanco

El asedio de la ciudad; en el centro Mehmet II con turbante blanco

La artillería otomana, en ese tiempo, era la mejor del mundo. La que contaba con el mayor número de bocas de fuego y los más potentes cañones, los mismos que habían demolido las grandes murallas que habían protegido a Constantinopla.

Desde el primer cañonazo que se disparó —el 4 de julio— no habían cesado de abrir fuego contra las murallas de Belgrado. Se abrieron varias brechas y, cuando se consideró que eran practicables y que el foso había sido rellenado para permitir el acceso, se dio la orden de ataque. Esto ocurrió la mañana del día 21 de julio.

Las tropas jenízaras se lanzaron al combate. Se luchó encarnizadamente por el control de las brechas y, una vez en poder de los otomanos, se entró en la ciudad. Los jenízaros avanzaron en dirección a la ciudadela, era el último reducto, pero nunca llegaron a tomarlo. Antes de llegar a ella, se levantó frente a los jenízaros un muro de fuego que les impedía avanzar. Hunyadi dio la orden de atacar y los musulmanes fueron aislados y masacrados. No quedó uno vivo dentro de Belgrado.

Cuando se apagaron los fuegos, Hunyadi contempló un triste panorama: la mitad de la ciudad había ardido y estaba todo lleno de cadáveres. En ese instante, eran en torno a las cinco de la tarde, los cruzados del fraile Juan de Capistrano, con el futuro santo a la cabeza, se lanzaron en un absurdo pero heroico ataque contra el centro del campamento turco.

El comandante húngaro quedó sorprendido, pero se dio cuenta de que o aprovechaba esa iniciativa o perdía a toda la fuerza auxiliar que había reunido el fraile, lo que sería un golpe mortal a la moral de sus tropas y de la guarnición. Se lanzó al combate con cuanto tenía. Le siguió la guarnición de Belgrado y cuanto habitante de la ciudad podía empuñar un arma.

Belgrado fue una gran victoria que demostró que los otomanos no eran invencibles

Ese día Mehmed II demostró un gran valor. Personalmente se involucró en la lucha y por tres veces su espada se tiñó de sangre, pero el campamento estaba perdido y la cohesión de su ejército, rota. Perdió su tesoro, la artillería y los bastimentos.

Él mismo fue herido por una flecha que le alcanzó en la cadera. La mortandad entre los otomanos fue enorme, pero, gracias a los esfuerzos del sultán, la mayor parte de las tropas musulmanas que se salvaron ese día fueron las preciosas tropas jenízaras: el corazón del ejército otomano.

Fray Juan de Capistrano

Fray Juan de Capistrano

Belgrado fue una gran victoria que demostró que los otomanos no eran invencibles. Moralmente fue una victoria decisiva; estratégicamente, supuso frenar temporalmente el avance turco. Pocos meses después de esta victoria, sus principales héroes, Hunyadi y fray Juan de Capistrano, habían muerto debido a la peste y al agotamiento.

El Papa Calixto III había decretado que durante el asedio de la fortaleza de Belgrado se hicieran sonar, al mediodía, las campanas de los campanarios de todas las iglesias y que, al oír su tañido, se implorase la protección de Belgrado elevando una plegaria a la Madre de Dios.

Esta práctica enraizó y fue aceptada y dio lugar a lo que conocemos como el Ángelus de mediodía. Esa es la relación, el vínculo que une el sonido de las campanas al mediodía, el rezo del ángelus y el sitio de Belgrado de 1456.

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