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Detalle del Retrato de don Juan de Austria (1567) de Alonso Sánchez Coello

Picotazos

La extraordinaria victoria de los tercios españoles en Gemblaux

Del otrora orgulloso ejercito de 25.000 hombres que desfilaron por Bruselas apenas 3.000 entraron en la ciudad buscando refugio

Año de gracia de 1577. El año anterior la ciudad de Amberes fue saqueada por las tropas amotinadas por falta de pagas – cuando se habla en los Países Bajos de la Furia Española se refieren a esto no a la selección de futbol -. El impacto emocional del saqueo fue tal que unió a católicos y protestantes de los Países Bajos en un mismo deseo de que los tercios españoles saliesen del territorio flamenco. Este acuerdo se llamó la Pacificación de Gante y sería aceptado por España en el Edicto Perpetuo, lo que hizo que en abril de 1577 los tercios españoles partieran para Italia.

El nuevo gobernador de los Países Bajos era don Juan de Austria y pronto se dio cuenta de que las disposiciones del Edicto perpetuo le dejaban como mero títere de los Estados Generales. Tan inseguro y frágil era su gobierno que decidió trasladarse de Bruselas a Malinas. Y en buena ahora lo hizo pues no había desecho el equipaje cuando se descubrió un complot para atentar contra su vida.

Don Juan reaccionó encastillándose mientras le llegaban las necesarias tropas para volver a controlar la política de esos estados. Para empezar, tomó el castillo de Namur y en el se hizo fuerte mientras esperaba las tropas que había pedido y que avanzaron por el llamado «camino español» – linea y corredor estratégico que enlazaba Milán con los Países Bajos, lo que permitía trasladar tropas, de un punto a otro, en solo un mes - bajo el mando de un sobrino de don Juan: Alejandro de Farnesio, quien recientemente había tomado el mando de los tercios tras el fallecimiento del famoso maestre de campo don Julián Romero.

No solo de Italia fueron llegando refuerzos y en enero de 1578 entre los españoles, los mercenarios bajo el mando del conde de Mansfeld, junto con voluntarios y milicias podía contar don Juan con una fuerza de 17.000 hombres. Por su parte los Estados Generales habían llevado a cabo una leva y levantado un ejercito de unos 25.000 hombres que habían puesto a disposición del Guillermo de Orange.

El taciturno, como se conocía a Guillermo, puso el ejercito bajo el mando del conde de Rennenberg, su hermano Philip de Lalaing y Robert de Melun. A finales del mes de enero este ejercito estaba acampado entre las ciudades de Gembloux y Namur; pero sus comandantes estaban ausentes, ya que estaban en Bruselas participando del feliz enlace entre el barón de Beersel y Margarita de Merode.

Don Juan marchó contra el ejercito rebelde. Envió como vanguardia a la infantería española de Cristóbal de Mondragón, un curtido y muy capaz comandante. A la infantería de Mondragón acompañaban la caballería bajo el mando de Ottavio Gonzaga, que había recibido ordenes de acosar al enemigo, pero evitar cualquier enfrentamiento que pudiera degenerar en batalla. Aquella mañana del 31 de enero la caballería, acompañada por las tropas de Mondragón, atravesaron el río Mosa y alcanzaron a la retaguardia del ejercito enemigo.

Las tropas españolas habían avanzado rápidamente, siguiendo los pasos de la caballería, y demasiado: pues se habían quedado expuestos aun contraataque del enemigo ya que estaban demasiado separados del cuerpo principal del ejercito español. Don Juan de Austria fue consciente del peligro de este ciego avance y envió nota a la compañía de vanguardia de que frenara y retrocediera. Esta estaba al mando de un capitán de apellido Perote que, al recibir el mensaje de su comandante, explotó respondiendo que «él nunca había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía».

No tuvo repercusión alguna la pequeña insubordinación ya que, para entonces, don Alejandro de Farnesio había tomado el mando de la vanguardia. Continuó con el acoso y viendo que el enemigo empezaba a flaquear, ordenó que la caballería también acosara los flancos.

La caballería española desbarató a la caballería rebelde que protegía los flancos del ejercito rebelde mientras avanzaba. A pesar de ser los flamencos más se rompieron ante el ímpetu de los españoles y huyeron en desbandada atravesando el ejercito rebelde, sembrando el desconcierto y desorganizándolo. Hubo una columna de mercenarios escoceses bajo el mando del coronel Henry Balfour que, apoyándose en un par de piezas de artillería, trató de detener el ataque pero su posición fue arrollada por la infantería de Cristóbal de Mondragón.

La desbandada de las tropas rebeldes fue general. Antoine de Goignes, el desgraciado oficial al que habían dejado a cargo del ejercito mientras sus comandantes estaban de boda, cayó prisionero junto con su estado mayor. Se tomó toda la artillería del enemigo así como el tren de bagajes (conjunto de carros, carretas, animales de tiro y personal encargados del transporte) y el de suministros.

Del otrora orgulloso ejercito de 25.000 hombres que desfilaron por Bruselas apenas 3.000 entraron en la ciudad de Gemblaux buscando refugio. Y estos tan maltrechos y apaleados que movía a compasión el verles. Del resto: más de 6.000 cadáveres habían quedado para abonar los campos y otros tantos estaban heridos, viendo su curación bastante azarosa por la medicina de la época. El resto se encontraba disperso por los campos maldiciendo su suerte.

Ese día Alejandro de Farnesio entregó a su comandante en jefe, aparte de la artillería y los suministros enemigos, 34 banderas y estandartes capturados. Pero reservó lo mejor para el final: la lista de bajas. Muertos: 12. Heridos: una veintena, la mayoría leves.