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Alejandro Magno en su lecho de muerte, según el pintor Karl von Piloty

Alejandro Magno en su lecho de muerte, según el pintor Karl von Piloty

La tumba de Alejandro Magno: el gran misterio arqueológico que sigue sin resolverse

La tumba de Alejandro Magno, robada por Ptolomeo y perdida en Alejandría, es el mayor misterio arqueológico actual

Es el Santo Grial de la arqueología del siglo XXI. Algunos la sitúan en Grecia, otros en Egipto o incluso en Venecia. Lo que está claro es que la tumba de Alejandro Magno es el mayor misterio por descubrir para gran parte de los arqueólogos desde el siglo XIX.

Alejandro, el gran conquistador macedonio que cruzó el Helesponto con el objetivo de convertirse en dueño y señor del mundo, continuó con su leyenda una vez muerto. El paradero de su tumba sigue siendo un enigma por resolver que transcurre por una senda de ciencia, historia y mito que vamos a recorrer para intentar, en la medida de lo posible, entender la importancia de su legado.

A punto de cumplir los 33 años, falleció Alejandro en Babilonia en junio del 323 a. C. Las causas de su muerte son aún objeto de debate: desde el posible envenenamiento sugerido por Arriano, hasta la malaria que diagnosticó Engels o la leucemia planteada por Schachermeyr.

Con su muerte, el inmenso territorio conquistado fue dividido entre sus generales, abriéndose el periodo conocido como mundo helenístico. Se sabe que su cuerpo fue embalsamado con miel y colocado en una estructura fúnebre temporal (catafalco monumental) que emprendió el camino hacia Macedonia.

Sin embargo, y aquí viene el primer giro en esta historia, el general Ptolomeo I Sóter comprendió que poseer el cadáver del macedonio era la fórmula perfecta para garantizar su legitimidad como heredero de todo ese vasto territorio. El militar interceptó con su ejército el cortejo fúnebre en alguna parte de lo que hoy llamamos Siria y desvió los restos hacia Egipto. La momia de Alejandro llegó a Menfis, donde se cree que permaneció hasta que el hijo del general, Ptolomeo II, trasladó el sarcófago a Alejandría, la ciudad que el macedonio mandó construir diez años antes de su muerte.

Augusto visita la tumba de Alejandro (Sebastien Bourdon, 1643 - Museo del Louvre)

Augusto visita la tumba de Alejandro (Sebastien Bourdon, 1643 - Museo del Louvre)

Allí se levantó a finales del siglo III a. C. el Sema, «un recinto donde se encontraban las tumbas de los reyes y la de Alejandro», según explicó Estrabón en el libro XVII de su Geografía, que escribió tras visitar la ciudad.

La peregrinación de los Césares

Es en el Sema donde se construyó parte de la leyenda de Alejandro Magno, porque varios emperadores romanos, herederos del ideal de majestad de Alejandro, visitaron su tumba para mostrarle pleitesía. Uno de los primeros fue Julio César; después le siguió Augusto, quien, tras vencer a Marco Antonio y Cleopatra, ordenó sacar el cuerpo del macedonio para ponerle una corona de oro y cubrirlo de flores.

Según relató Dión Casio, Augusto, aparte de romper parte de la nariz del macedonio, no quiso visitar la tumba de los Ptolomeos porque «he venido a ver a un rey, no a unos muertos». Pero hasta las leyendas se olvidan: en el año 199, Septimio Severo selló el mausoleo tras depositar en él libros sagrados para evitar que fueran profanados.

Además, su hijo Caracalla visitó la tumba en el 215, donde dejó su túnica y su anillo, según describen sus cronistas. Ahora bien, ¿qué pasó después con el cuerpo? La arqueología seria sostiene que el rastro se pierde a finales del siglo IV debido a varias catástrofes como el tsunami del 365 o la agitación política por la destrucción de ciertos templos paganos que ordenó el emperador Teodosio I. A partir de ahí, la tumba de Alejandro se convirtió en un fantasma.

Entre Venecia y Alejandría, en busca de la tumba perdida

La gran búsqueda de la tumba empezó en el siglo XIX, con más de cien intentos desde entonces. El egiptólogo Andrew Michael Chugg sostiene la teoría de que los restos de Alejandro se disfrazaron como las reliquias de san Marcos y descansan en Venecia. Una visión que la academia considera demasiado especulativa. Por otro lado, la arqueóloga griega Liana Souvaltzi anunció, en los años 90, que había hallado la tumba cerca del oasis de Siwa, en mitad del desierto. Fue un escándalo.

Al final resultó que se trataba de un templo muy posterior. El esfuerzo más riguroso y factible es el de otra arqueóloga griega, Calliope Limneos-Papakosta, que desde hace más de dos décadas lidera un proyecto de excavación en los Jardines de Shallalat, en el corazón de la antigua Alejandría. En 2009 encontraron, a 10 metros de profundidad, una estatua de mármol del propio Alejandro, que se sumaba al hallazgo de cimientos ptolemaicos. El trabajo continúa; solo el tiempo, el trabajo dedicado y algo de suerte o providencia permitirán encontrar la tumba más buscada del siglo.

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