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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Juan Sebastián Elcano, el capitán español que tomó la ruta prohibida y completó la primera vuelta al mundo

El día 8 la Victoria atracó en el muelle de Sevilla con los 18 expedicionarios y tres nativos que habían logrado sobrevivir. La tripulación bajó al puerto portando cirios que habían mandado traer a bordo para, en procesión, ir a dar las gracias a la Virgen en su convento de la Victoria y luego a la capilla de la Antigua, en la catedral

Fernando de Magallanes y Juan Sebastián de Elcano

Fernando de Magallanes y Juan Sebastián de Elcano

Magallanes había muerto. Pero la tragedia de Mactán no fue el final de los problemas de la Armada española. En realidad, aquellos eran solo los primeros.

Junto a él perecieron otros siete más y otros 30 resultaron heridos. El mando de la expedición recayó en otro portugués, Duarte Barbosa. Poco le iba a durar. Enrique, el esclavo de Magallanes, a quien este había prometido liberar, se encontró con que nada de eso, sino que seguía siendo esclavo, y Barbosa lo maltrató llamándole «perro».

Se confabuló con el rey de Cebú, que arteramente invitó a los españoles a un banquete. Barbosa acudió y, en medio de la comida, un gran número de guerreros cayeron sobre ellos, dándole muerte a él y a otros 27 más. De Enrique ya no se volvió a saber nada.

Tras el desastre y la huida de los que no bajaron a tierra o consiguieron embarcar y huir precipitadamente de Cebú, solo quedaban ya 116 hombres y, al no haber dotación para poder navegar los tres barcos, se prendió fuego a la Concepción y se nombró a Carvalho, otro portugués, como jefe y capitán de la Trinidad, pero Gómez de Espinosa, como capitán, y Elcano, como maestre, se hicieron cargo de la Victoria y comenzaron a tener la confianza de la mayoría de la flota.

La nao Victoria, una de las cinco naves en la expedición de Magallanes en un mapa de Abraham Ortelius de 1589

La nao Victoria, una de las cinco naves en la expedición de Magallanes en un mapa de Abraham Ortelius de 1589

La buena noticia es que pronto llegaron a Mindanao y de allí, por la isla de Palawan, a Borneo. En julio estaban ya en la ciudad de Brunéi, gobernada por un rajá que les envió mensajeros para que lo visitaran. Acudieron Elcano y Espinosa, a quienes subieron a lomos de elefantes, pero tuvieron que hablar con su interlocutor, que no se dejaba ver, a través de una pared. Fueron muy bien atendidos, pero también retenidos, y la situación se volvió difícil, aunque al final consiguieron regresar a los barcos.

El golpe de suerte vino cuando el capitán de un junco que abordaron resultó ser el hijo del rey de Luzón, que llegaba a Brunéi para casarse con la hija del rajá y que, a cambio de unas joyas, fue liberado, y al final las dos naves españolas pudieron salir de Brunéi y poner rumbo ya finalmente, y sabiendo cómo llegar, a las Molucas, las islas del clavo, la canela, el sándalo y la mostaza, a las que tanto ansiaban llegar.

Cada vez más descontentos con el jefe portugués, acabaron por deponerlo, quedando ya como jefe Espinosa y Elcano como capitán de la Victoria. En noviembre llegaron al fin a la Especiería y comenzaron a cargar sus barcos de las preciadas mercancías. Tidore, gobernada también por un musulmán, Almansur, con quien trabaron buena relación, se convirtió en su residencia. Las naves se llenaron hasta que no cabía nada más.

De hecho, tenían tanto clavo que, al no poder embarcarlo, hicieron allí un almacén donde dejaron el sobrante custodiado por un pelotón de hombres para cuando volvieran otra vez.

Pero los portugueses estaban cerca; llevaban ya hacia diez años por allí y en cualquier momento podían venir contra ellos y hacerlos presos. Sin embargo, supieron que en la cercana isla de Ternate había muerto hacía poco un antiguo compañero de Magallanes, llamado Francisco Serrano, que era quien le había dado la situación de las Molucas y por quien había emprendido la expedición. Aún más, su mujer, su hijo y el portugués que tenía el mando allí contactaron con ellos y manifestaron la voluntad de unirse a los españoles.

Pero la flota portuguesa podía aparecer en cualquier momento y decidieron zarpar cuanto antes. Nada más hacerse a la mar, la Trinidad, sobrecargada, comenzó a hacer agua y hubieron de regresar a Tidore. Los buceadores nativos comprobaron que los daños eran graves y que iba a llevar tiempo poder repararlos.

Entonces fue cuando Espinosa y Elcano decidieron que este último partiría de inmediato y el otro, en cuanto pudiera, lo haría también, pero con rumbos diferentes. Mientras que Gómez de Espinosa intentaría volver a las costas americanas, Elcano tomó la otra ruta. La prohibida. Navegar hacia el oeste y penetrar ya del todo en aguas otorgadas por el Tratado de Tordesillas a los portugueses, doblar Buena Esperanza y, evitando los puertos para no caer en sus manos, regresar a España.

Tras innumerables calamidades, ruptura de palos y desperfectos de todo tipo en la maltrecha Victoria, amén de la creciente mortandad a bordo, consiguieron atravesar el cabo el 21 de mayo de 1522 y, aunque las penalidades y las muertes prosiguieron mientras iban subiendo hacia el norte por aguas africanas, hambrientos y sin provisiones llegaron a Cabo Verde y avistaron la isla de Santiago.

Elcano decidió que 13 desembarcaran para comprar víveres. Al principio todo fue bien. Dijeron que venían de América, pero al ir a pagar lo adquirido con clavo fueron descubiertos y apresados.

La Victoria, que había seguido navegando alrededor de la isla de Santiago esperando el regreso del batel, tras días sin noticias se acercó al puerto y de inmediato vino sobre ellos un barco portugués que les comunicó la detención de los otros y les conminó a que entregaran la nao. Elcano largó velas y salió a escape.

Así se lo contó en su carta a Carlos I cuando en ese último momento todo se pudo truncar: «Resolvimos de común acuerdo morir antes que caer en manos de los portugueses, y así, con grandísimo trabajo de la bomba, bajo la sentina, que día y noche no hacíamos otra cosa que echar fuera el agua, estábamos tan extenuados como ningún hombre lo ha estado».

En ese último tramo se produjeron los dos últimos fallecimientos: el día 6 de agosto, el del grumete español Andrés Blanco, y el 8, el del marinero francés Esteban Villón. Pero el 6 de septiembre de 1522, tres años después de su partida, llegaron a la barra de Sanlúcar. Elcano escribió, aún a bordo, su carta a Carlos I dando cuenta del viaje y de la llegada a la Península.

Cuadro El regreso a Sevilla de Juan Sebastián de Elcano tras la primera circunnavegación del mundo (8 de septiembre de 1522) por Elías Salaverría en 1919

Cuadro El regreso a Sevilla de Juan Sebastián de Elcano tras la primera circunnavegación del mundo (8 de septiembre de 1522) por Elías Salaverría en 1919Museo Naval

El día 8 la Victoria atracó en el muelle de Sevilla con los 18 expedicionarios y tres nativos que habían logrado sobrevivir. La tripulación bajó al puerto portando cirios que habían mandado traer a bordo para, en procesión, ir a dar las gracias a la Virgen en su convento de la Victoria y luego a la capilla de la Antigua, en la catedral.

En las bodegas de la Victoria venían 27.000 kilos de clavo que supusieron un ingreso de 8.680.051 maravedís y, aun habiendo regresado tan solo un barco, y al haber costado toda la expedición un total de 8.334.335 maravedís, salió un saldo favorable de 346.216. Ello da buena muestra del inmenso negocio que suponían las especias y del porqué el pequeño reino de Portugal se iba convirtiendo en el más rico de toda la cristiandad.

El rey Carlos respondió rápidamente a Elcano dándole «infinitas gracias», citándole a presentarse ante él con algunos que hubieran participado en la travesía y prometiéndole que se encargaría del rescate de los españoles apresados en Cabo Verde, algo que de inmediato consiguió, pues al cabo de unas semanas fueron liberados. Las relaciones estaban muy mejoradas tras su matrimonio con Isabel de Portugal.

Elcano se encontró con él en Valladolid y, entre los acompañantes elegidos, a los que añadió los tres nativos que habían aguantado la singladura, no estuvo Pigafetta, algo que hizo que este se enconara aún más contra él. Como presente le llevó una caja donde había muestras de todas las especias que habían recogido, dos aves del paraíso disecadas y, muy importante, un mensaje donde se afirmaba que las Molucas quedaban dentro de la demarcación española del Tratado de Tordesillas.

Entregó igualmente todos sus apuntes y libros de toda la travesía al secretario del Consejo de Indias, desdichadamente perdidos y desaparecidos.

En otra carta posterior, cuyo original se ha logrado reencontrar en el año 2016, Elcano le solicitó al rey algunas mercedes de las que creía ser merecedor: ser nombrado capitán mayor de cualquier armada que el rey enviase a las islas de las Especias y ser caballero de la Orden de Santiago. No consiguió ninguna de las dos.

Sí que le otorgó una renta vitalicia de 500 ducados anuales, que él no llegó a cobrar, pero parece que su madre sí. Se le concedió también para él y sus descendientes un escudo de armas.

Dividido en dos partes, en la superior aparece un castillo y en la inferior dos ramas cruzadas de canela, escoltadas por tres nueces moscadas y doce clavos. Como timbre, en la parte superior, hay un yelmo cerrado y, sobre él, un orbe con la leyenda en latín Primus circumdedisti me («Fuiste el primero en circunnavegarme»).

El mapa muestra la ruta de circunnavegación de la expedición de Magallanes y Elcano

El mapa muestra la ruta de circunnavegación de la expedición de Magallanes y Elcano

Todos los tripulantes supervivientes, incluidos también los de Cabo Verde, obtuvieron recompensa. Pues el rey renunció a una cuarta parte del quinto real que le correspondía para que se la repartieran entre todos ellos.

De los 18 llegados en la Victoria a Sevilla, 10 eran españoles, cuatro griegos, dos italianos, un francés y un alemán; de los 12 repatriados desde Cabo Verde, uno, tal vez portugués, se quedó allí a las pocas semanas.

Y hay que añadir a ellos a los cinco –Gómez de Espinosa y cuatro más–, únicos supervivientes de la Trinidad. El barco no consiguió retornar a las costas americanas; por más que lo intentaron, los vientos le tiraban hacia atrás y acabaron por ser apresados por los portugueses. Su cautiverio fue muy duro y penoso, muriendo en él casi todos, y no se les consiguió liberar hasta el año 1526.

Juan Sebastián Elcano ya estaba para entonces embarcado de nuevo rumbo a las islas Molucas. Una potente expedición de siete barcos y 450 hombres, de armas en su mayor parte. Pues la intención era tomar el control del territorio que se consideraba español y establecer allí guarniciones.

Pero no se le dio el mando a Elcano, sino a García Jofre de Loaísa, nombrado al efecto gobernador y capitán general de la armada, quedando Elcano, que se tuvo que conformar con ir como segundo, como piloto mayor de la misma.

Tres de sus hermanos pequeños se alistaron con él y también otros tres de los que le habían acompañado en la vuelta al mundo: Hernando de Bustamante, Roldán de Argote y el maestre Hans.

La expedición fue terrible y acabó en desastre. Para Elcano, total, pues pereció en ella.

Descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520

Descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520

Consiguieron atravesar el Estrecho de Magallanes el 26 de mayo de 1526, con no pocas dificultades, pero sin grandes pérdidas gracias a los conocimientos previos de Elcano. Pero hasta ahí llegó su fortuna. En el Pacífico, grandes tormentas separaron la flota.

Tres barcos se perdieron: uno, el San Lesmes, sigue siendo un misterio dónde acabó; otro, el patache Santiago, logró llegar meses después a un puerto del litoral mexicano; y un tercero, el Santa María del Parral, fue a parar a las islas Sangihe, donde los nativos mataron a algunos y esclavizaron a los demás.

El escorbuto hizo presa en el resto de la expedición y, antes de poder alcanzar algunas islas donde poder reponerse, o puede que también por comer algunos un gran pez que resultó letal, acabaron por perecer Loaísa primero, el 30 de julio, y apenas una semana después Elcano, al mando de la flota en su triste final, el 6 de agosto.

Había hecho ya antes testamento, que se conserva en el Archivo de Indias, en Sevilla. Quien lo escribió en su mayor parte y también firmó como testigo fue un joven llamado Andrés de Urdaneta, fraile después y que había de resultar más tarde el artífice de resolver lo que fue la tortura para las naves españolas: no poder encontrar vientos que les permitieran regresar desde allí a las costas americanas, el famoso Tornaviaje. La nave de Elcano, cuyo nombre, en honor de la anterior, era Santa María de la Victoria, sí consiguió llegar, aunque ya sin él, a las Molucas.

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