Pergaminos, fotografías y sellos de cera medievales son algunos de los documentos que alberga el Archivo Histórico Nacional
La Ley de Secretos Oficiales de Franco que Sánchez sigue utilizando para mantener archivos bajo llave
Una vez que un documento es clasificado como «secreto» o «reservado», su acceso queda bloqueado de forma permanente hasta que, de manera discrecional, el Consejo de Ministros decida lo contrario
Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez intenta imponer un relato sobre el pasado a través de sus leyes de memoria ideológica, la realidad administrativa de España sigue encadenada a una norma de 1968. La Ley de Secretos Oficiales continúa siendo hoy el marco jurídico que rige el acceso a la información sensible del Estado.
Pese a las reiteradas promesas de reforma y las exigencias de transparencia, el sanchismo ha terminado encontrando en este blindaje legal un aliado de conveniencia para ocultar expedientes que, décadas después, deberían ser de acceso público.
Un blindaje para un Estado en transformación
La Ley 8/1968, de 5 de abril, sobre Secretos Oficiales, nació bajo la firma de Francisco Franco y la ratificación del almirante Carrero Blanco. Fue concebida en un momento en que el régimen necesitaba dotarse de mecanismos de protección ante el contexto de la Guerra Fría y las tensiones internas de un país que empezaba a abrirse tímidamente al exterior. Sin embargo, su redacción contenía una característica que la hace única —y problemática— en el derecho comparado: la indefinición temporal.
A diferencia de las democracias occidentales, que establecen plazos de desclasificación automática de entre 25 y 50 años, la norma de 1968 no contempla la caducidad de los secretos. Una vez que un documento es clasificado como «secreto» o «reservado», su acceso queda bloqueado de forma permanente hasta que, de manera discrecional, el Consejo de Ministros decida lo contrario. Este carácter vitalicio ha permitido que, medio siglo después, la gestión de los archivos en España dependa más de la voluntad política del momento que de criterios objetivos de transparencia.
Una estructura de control absoluto
El texto de 1968 otorga al Gobierno un poder omnímodo sobre la información. La ley permite clasificar cualquier asunto cuyo conocimiento por personas no autorizadas pueda dañar la «seguridad del Estado» o la «defensa nacional», conceptos que el legislador de la época dejó abiertos a una interpretación extensiva.
La norma establece dos categorías de protección: el secreto, para materias que requieren el más alto grado de protección por su trascendencia, y el reservado, para asuntos cuya revelación pueda perjudicar los intereses del Estado.
En la práctica, esta clasificación se ha extendido durante décadas a archivos militares, diplomáticos y policiales. Historiadores y académicos denuncian sistemáticamente que este marco legal ha convertido a España en una excepción europea, donde investigadores nacionales deben acudir con frecuencia a archivos en Washington, Londres o París para conocer detalles de la política exterior o la defensa española que aquí siguen bajo llave.
La parálisis de la reforma
A lo largo de los últimos años, el debate sobre la sustitución de la ley de 1968 ha estado presente en el Congreso de los Diputados, pero siempre sin éxito. En la actual legislatura, el intento de modernizar esta normativa se ha convertido en un ejemplo de la parálisis parlamentaria que atenaza a la nación.
Mientras el PSOE ha tratado de impulsar una nueva ley de información clasificada que mantiene plazos de hasta 50 años y sanciones millonarias por filtraciones, sus socios de investidura, como el PNV o Junts, mantienen bloqueado el trámite por intereses puramente estratégicos.
Resulta paradójico que un Ejecutivo que hace de la «regeneración» y la «memoria» sus banderas principales se sienta cómodo bajo el paraguas de una ley de 1968. Bajo este blindaje, el Gobierno evita rendir cuentas sobre episodios clave de la Transición o incluso sobre decisiones contemporáneas de gestión que se ocultan bajo el sello de la seguridad nacional.
El socialismo actual parece haber descubierto que el secretismo heredado del franquismo es una herramienta útil para evitar el escrutinio de la oposición y de la prensa independiente.
La transparencia como asignatura pendiente
El mantenimiento de la ley de 1968 no solo es una anomalía democrática, sino un obstáculo para la construcción de una historia nacional rigurosa. El secretismo eterno alimenta las teorías de la conspiración y el uso partidista del pasado.
Sin acceso a los documentos originales, el relato histórico queda a merced de la interpretación interesada del poder político de turno, que puede filtrar aquello que le favorece mientras mantiene el candado sobre lo que le incomoda.
Desde una perspectiva de Estado, la protección de la inteligencia actual es necesaria, pero el celo burocrático sobre documentos de hace cincuenta años solo responde a una inercia de autoprotección del sistema. La soberanía nacional, que reside en el pueblo español, exige que los ciudadanos puedan conocer cómo se tomaron las decisiones que marcaron el rumbo de su país.
España no puede permitirse seguir siendo el vagón de cola de la transparencia en Occidente por culpa de una norma que cumplirá seis décadas en 2028. La vigencia de la Ley de Secretos Oficiales de 1968 es la prueba fehaciente de que, más allá de la propaganda gubernamental, la estructura del Estado sigue prefiriendo la opacidad.
Mientras el Gobierno actual siga utilizando los tiempos parlamentarios para evitar una apertura real de los archivos, y mientras sus socios separatistas utilicen esta ley como moneda de cambio para sus fines particulares, la democracia española seguirá arrastrando esta hipoteca del pasado. La verdadera transparencia no consiste en imponer una memoria oficial desde el BOE, sino en permitir que la luz de los archivos disipe las sombras de nuestra historia reciente.