07 de diciembre de 2022

Soldados ucranianos Jersón

Dos soldados ucranianos inspeccionan la terminal destruida del aeropuerto de JersónAFP

272 días de guerra en Ucrania

Ucrania no sabe qué hacer con los colaboracionistas prorrusos en Jersón

Kiev debe gestionar el problema del gran número de habitantes de Jersón que aceptaron cooperar con las autoridades de ocupación y que, incluso, recibieron pasaportes rusos

Los meses de ocupación rusa de Jersón han dejado su huella en la ciudad sureña ucraniana.
Además de lo más visible -carteles de propaganda del Kremlin, banderas rusas y retratos de Putin en los edificios oficiales, etcétera- los rusos han dejado su impronta en la ciudad en forma de una población a la que han tratado de asimilar.
Una vez que los rusos se han retirado, los ucranianos han recuperado un importante puerto en el mar Negro, pero también han heredado un complejo problema que deberán gestionar: la gran masa de ciudadanos que, forzados o por afinidad a Moscú, han colaborado con los ocupantes.
El problema afecta a varios sectores del engranaje social de la ciudad: escuelas, hospitales, administración pública, industria…
Muchos de los colaboracionistas prorrusos han huido junto con las tropas. Otros se han quedado porque no han querido abandonar sus hogares, porque no creen que hayan hecho nada malo o porque no han podido marcharse.
La realidad es que hay una gran cantidad de vecinos de Jersón que recibieron pasaportes rusos -que ahora tratan de ocultar o destruir- ya sea porque los recibieron convencidos de su identidad rusa o porque se vieron obligados a solicitarlo para poder recibir ayudas.
Ahora, una vez que se ha roto la promesa de Putin de que Rusia estaría en Jersón «para siempre», Kiev trata de decidir qué hacer con todos esos ciudadanos sobre los que se cierne la sospecha de alta traición por colaborar con el ocupante.
Tras la euforia inicial por la reconquista, la resaca por los meses de ocupación empieza a notarse y deja al descubierto el trauma al que el Kremlin ha sometido -y somete allí donde todavía mantiene la ocupación- a los civiles ucranianos.
Según pudo comprobar The Washington Post, los señalamientos públicos a supuestos colaboradores se están reproduciendo por toda la ciudad. Por el momento sin mayores consecuencias.
Las autoridades civiles, conscientes de que muchos se vieron obligados a colaborar con los rusos a punta de fusil, o empujados por el instinto de supervivencia, no han querido lanzar ninguna caza de brujas y, salvo los casos más flagrantes -pocos ya que los principales colaboracionistas se han escapado junto con las tropas rusas-, no se están produciendo detenciones o registros.
Además, muchos prorrusos que recibieron con entusiasmo a los ocupantes, recularon al ver cómo arrasaron y saquearon la ciudad y han vuelto a la lealtad a Kiev.
Todos los que aceptaron colaborar con los rusos a cambio de las ayudas esenciales para sobrevivir a las carestías impuestas por la guerra, se encuentran ahora con que el dinero recibido en rublos ya no tiene ningún valor, por lo que, finalmente, la traición a su patria no les ha servido para nada.
Sin embargo, en su huida, los rusos han dejado una gran cantidad de documentación con información de aquellos ciudadanos ucranianos que aceptaron involucrarse en la administración rusa de Jersón.
Es el caso del Colegio Marítimo de Jersón (la universidad donde se forman los oficiales de la marina mercante ucraniana).
La administradora de esta institución de origen soviético, Maryna Ivanovka, se negó a cooperar con los rusos, señala The Washington Post. Fue despedida, expulsada de la universidad y un prorruso -una maestra de escasa trayectoria, pero fanática pro Kremlin- se instaló en su despacho.
En su mesa encontró dos banderas rusas, un retrato del presidente ruso Vladimir Putin y algo más inquietante: un libro con los datos de todos los empleados de la universidad que aceptaron cooperar con Rusia y de estudiantes que aceptaron seguir su formación en las instalaciones navales rusas de Crimea.
Con la foto de Putin, Ivanovka explicó al Post que pretende colgarla en el baño detrás del inodoro, «para que todos le enseñen el trasero». Respecto al libro con información personal de los colaboradores, reconoce que no sabe qué va a pasar. Ahora está en manos del SBU, los servicios secretos ucranianos.
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