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16 de junio de 2024

Gerasimov

El jefe del Estado Mayor ruso, general GerasimovAFP

323 días de guerra en Ucrania

El general Gerasimov, ¿otro collar para el mismo perro de la guerra?

Bajo los argumentos de que Rusia necesita «mejorar la calidad de todos los tipos del apoyo logístico» y la «eficiencia del mando y control de las distintas fuerzas», el general Surovikin deja paso a Gerasimov

Hace ya casi once meses desde que Putin dio la orden a su ejército de invadir Ucrania. Desde que fracasó el asalto a Kiev –la única oportunidad de poner fin a la resistencia ucraniana con un precio razonable en sangre y en prestigio– hemos visto a un ejército ruso que quiere, pero no puede imitar las rápidas y eficaces campañas militares de los EE.UU., su antiguo rival de la Guerra Fría, en Irak, Afganistán o Yugoslavia.

No se trata de que, como le ha ocurrido a la gran potencia americana en tantas de sus operaciones en el exterior, su ejército vencedor fracase en el campo de batalla a la hora de ganar la paz.

Pero Rusia también sufre los inconvenientes de una doctrina obsoleta, que sus militares, aislados del progreso del arte militar en otras latitudes, se resisten a abandonar quizá porque esté avalada por la tradición.

A la fuerza ahorcan. Putin, que ya sabe que su esprint por Ucrania ha fracasado, no renuncia a derrotar a su enemigo en la carrera de fondo.

Las retiradas de Járkov y Jersón han reducido las dimensiones del bocado de territorio ucraniano que creyó que podría conquistar.

Pero conserva la esperanza de que podrá morder lo que aún le queda con más fuerza y, quizá, retener la presa el tiempo suficiente para que el mundo se olvide de su agresión y Ucrania se conforme con una paz injusta como mal menor.

Apostar a la resistencia heroica también tiene un precio. Si de verdad confía en aguantar más que un enemigo que crece cada día, Putin necesita tomar medidas

Apostar a la resistencia heroica también tiene un precio. Si de verdad confía en aguantar más que un enemigo que crece cada día, Putin necesita tomar medidas para resolver los numerosos problemas que la guerra ha ido poniendo de manifiesto.

Cabe enmarcar en este contexto el relevo del general Surovikin, que había sido recibido por la comunidad militar rusa con grandes expectativas cuando sustituyó al destituido general Dvornikov, después de haber ejercido el mando de la operación durante un período de transición que ha durado apenas tres meses.

No parece que Putin tenga mucho que reprochar a Surovikin. La prensa rusa lo identifica con la retirada de Jersón, bien ejecutada y quizá –y eso es opinión mía– la primera decisión militar inteligente del ejército ruso en esta guerra.

También se supone que lleva su firma la campaña de bombardeo de las instalaciones energéticas de las ciudades ucranianas, una iniciativa que –y eso es también opinión mía, aunque se va confirmando poco a poco– no supone más que un derroche criminal y contraproducente de valiosos recursos.

Pero a Putin le gusta atacar estos blancos porque le permite ofrecer consuelo al sector más nacionalista de su opinión pública.

Quizá por esa razón el general ahora cesado no ha sido enviado a un destino administrativo, sino que ha tomado el mando de las fuerzas aeroespaciales en el teatro de operaciones, a las órdenes del nuevo comandante, Valery Gerasimov.

¿Cuáles son las verdaderas causas del relevo?

Empecemos por las que Putin ha querido hacer públicas.

El Ministerio de Defensa ruso asegura que «la marcha de la guerra lleva consigo misiones más amplias» que exigen una «mejor coordinación de los distintos componentes de las fuerzas armadas».

Lo primero es retórica, pero nada más cierto que lo segundo. La verdad, por ahí podrían haber empezado. En los EE.UU., el carácter conjunto de las operaciones viene desarrollándose desde la Segunda Guerra Mundial. En España, desde la creación del Ministerio de Defensa.

Como corolario al principio de lo conjunto, y sin que esto parezca un reproche a Surovikin, añade el comunicado oficial la necesidad de «mejorar la calidad de todos los tipos del apoyo logístico» y la «eficiencia del mando y control de las distintas fuerzas».

Además de las razones esgrimidas por el Kremlin, es fácil suponer que Putin desee aprovechar el éxito relativo que supone haber consolidado los frentes después de tantas dolorosas retiradas para lavar la imagen y reforzar la moral de unas fuerzas armadas que ven con recelo el protagonismo de la compañía de mercenarios de Yevgueni Prigozhin en cuantas acciones arrojan un poco de luz –por tibia que sea, como es el caso de los recientes avances sobre la pequeña ciudad de Soledar– sobre el sombrío panorama de la «operación militar especial».

No tiene una papeleta fácil el nuevo comandante. Viniendo del mundo conjunto, es probable que conozca bien cuáles son los problemas que debe resolver. No va a ganar la guerra, y seguramente lo sabe.

Ucrania es, lo hemos dicho, un bocado demasiado grande para la Rusia de hoy, y los EE.UU. y sus aliados europeos le facilitarán cuanto sea necesario para resistir la invasión.

Algunos analistas extranjeros, incluso antiguos militares, olvidan que en los arsenales occidentales hay armas mucho más eficaces que las entregadas al ejército ucraniano

Es curioso cómo algunos analistas extranjeros, incluso antiguos militares, olvidan que en los arsenales occidentales hay armas mucho más eficaces que las entregadas al ejército ucraniano hasta la fecha.

Armas que, poco a poco, a medida que van haciendo falta, se van poniendo a disposición del ejército de Zelenski. Pero es difícil de creer que el mando militar ruso sea tan olvidadizo.

Es probable que, a pesar de la propaganda del Kremlin, el objetivo real de Gerasimov se limite a prolongar indefinidamente la ocupación de los territorios invadidos. Eso es algo que sí parece a su alcance, al menos mientras la sociedad rusa aguante los sacrificios de la guerra.

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¿Será capaz de hacerlo? ¿Le permitirán, al menos, intentarlo o será finalmente sacrificado para mantener los equilibrios de poder en los niveles más altos de liderazgo político de la Rusia de Putin?

Solo el tiempo nos dirá si Gerasimov va a traer un poco de aire fresco al desacreditado ejército ruso o, como ocurrió en los relevos anteriores, se trata solo de un nuevo collar para el mismo perro.

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