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Mark Carney y Pierre Poilievre, principales candidatos en las elecciones de Canadá

Mark Carney y Pierre Poilievre, principales candidatos en las elecciones de CanadáNurPhoto via AFP

Canadá se juega en las urnas si la arriesgada estrategia de Trudeau bastará para contener a Trump

Hundidos en las encuestas hace dos meses, los liberales, dirigidos ahora por Mark Carney, esperan hacerse con la mayoría absoluta en las elecciones

El pasado mes de enero, recién entrado el año, tras casi una década en el poder, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, tomó la siempre difícil tarea de saberse ir, decir adiós, y renunció a su cargo. A su vez, otorgó a su partido, hundido en todas las encuestas de cara a las elecciones entonces previstas para octubre, una manera de sacar la cabeza y volver a gobernar. Este lunes, casi cuatro meses después de aquella decisión de Trudeau, se comprobará si, tal como anuncian todos los sondeos, los liberales vuelven a ganar las elecciones y, lo que parecía un movimiento a la desesperada, se convierte en una gran victoria política.

Lo cierto es que la caída de Trudeau, aunque abrupta, no fue inesperada. Arrastraba un desgaste que ni su carisma ni su reputación internacional lograban ya cubrir. El costo de vida por las nubes, una crisis de vivienda crónica, y el creciente escepticismo hacia sus políticas verdes terminaron por empujar a su partido al borde del abismo. La renuncia de Chrystia Freeland, su poderosa ministra de Finanzas, fue el primer gran aviso. La amenaza de una moción de censura inminente, con los conservadores al acecho y el apoyo fugado del Nuevo Partido Democrático, hizo el resto.

Pero donde Trudeau se marchó, Mark Carney emergió. Con más traje de tecnócrata que de político, el exgobernador del Banco de Canadá —y también del Banco de Inglaterra— no parecía en principio un sucesor natural. Sin escaño en el Parlamento, sin historial partidista, y con una imagen más de negociador de élite que de hombre de campaña, Carney era, a ojos de muchos, un parche temporal. Hoy, con las encuestas dándole una ligera ventaja sobre los conservadores y con la posibilidad de mantener el poder liberal, se ha convertido en el protagonista de una de las remontadas políticas más sorprendentes de la última década en Canadá.

Carney ha hecho de la moderación su bandera. Su campaña ha girado en torno a la idea de recuperar la sensatez, el centro político, y cierto orgullo nacional frente a lo que considera una amenaza real: la injerencia —explícita, sonora, constante— de Donald Trump. Porque si algo ha definido estas elecciones en Canadá, más allá de la economía o la política interna, ha sido Estados Unidos. O, más concretamente, Trump.

Desde que recuperó la presidencia estadounidense, Trump ha puesto a Canadá en el centro de su discurso más agresivo. Ha llegado a llamarlo «el estado 51», ha ironizado con que debería ser absorbido por Washington, y ha reactivado una guerra comercial que afecta de lleno a la economía canadiense. En pleno intento de recomposición interna, Canadá se ha visto forzado a mirar hacia el sur con preocupación.

Mark Carney, con una equipación de hockey en un acto de campaña

Mark Carney, con una equipación de hockey en un acto de campañaAFP

Y ahí es donde Carney ha sabido moverse. Exaltando símbolos nacionales, reivindicando una relación más soberana con Estados Unidos, y prometiendo mano firme ante los aranceles impuestos por la Casa Blanca. Incluso un partido de hockey contra el equipo estadounidense —que Canadá ganó— fue elevado por su campaña como una pequeña pero significativa victoria patriótica. Su lema, «¡Viva Canadá!», ha resonado en mítines como si fueran tiempos de otro siglo, pero funciona. En un país acostumbrado a no levantar la voz, el tono contenido de Carney ha servido para amplificar el mensaje.

Del otro lado, Pierre Poilievre, líder conservador, se ha visto sorprendido por el giro de los acontecimientos. Hace solo tres meses, todas las encuestas lo daban como ganador. Con una narrativa que combina un discurso populista clásico —mano dura contra la inmigración, recorte de impuestos, desregulación del mercado inmobiliario— con ataques constantes a lo que él llama «la élite liberal de Ottawa», Poilievre había logrado conectar con el hartazgo de amplios sectores de la sociedad. Pero su ambigüedad frente a Trump, su falta de contundencia para responder a las amenazas del vecino del sur, y su torpe manejo en el debate federal del pasado 17 de abril lo han dejado algo desdibujado.

La política canadiense, no obstante, es más compleja de lo que los números en las encuestas sugieren. No se elige directamente al primer ministro. Canadá funciona con un sistema parlamentario, herencia del modelo británico. Los votantes escogen a sus representantes locales, quienes conforman los 343 escaños de la Cámara de los Comunes. El líder del partido que obtenga la mayoría —al menos 172 escaños— será llamado por el gobernador general, representante del rey Carlos III, para formar gobierno.

En la práctica, esto significa que incluso con una ventaja pequeña en votos, si estos están bien distribuidos por el territorio, un partido puede obtener mayoría. Eso es precisamente lo que podría pasar con los liberales. Según los últimos sondeos, tienen una leve ventaja —entre uno y dos puntos— sobre los conservadores. Pero su voto está más equilibradamente repartido, mientras que el apoyo a Poilievre se concentra en algunas provincias, como Alberta y Saskatchewan. Traducido a escaños, eso podría darle a Carney la mayoría absoluta que necesita para gobernar sin alianzas.

De no conseguirla, el panorama se complica. Aunque en Canadá no existen las coaliciones formales como en España o Alemania, es común que un gobierno en minoría logre acuerdos de «confianza y suministro» con otros partidos. Así sobrevivió Trudeau en 2021, gracias a un pacto informal con el Nuevo Partido Democrático de Jagmeet Singh. Pero esa alianza se rompió, precisamente, por el desgaste del liberalismo y por la inacción frente a las demandas progresistas.

Esta vez, Carney preferiría no repetir ese modelo. A pesar de no ser un político de raza, sabe bien que la gobernabilidad requiere margen de maniobra. Y una mayoría clara, además de un respaldo popular visible, sería su verdadera legitimación como líder, más allá de haber llegado al poder por designación interna.

Canadá se prepara para unas elecciones decisivas

Canadá se prepara para unas elecciones decisivasNurPhoto via AFP

Más allá de los dos grandes contendientes, están también el Bloque Quebequés de Yves-François Blanchet, centrado en los intereses de Quebec y su autonomía; y el NPD, con Singh todavía al frente, intentando mantenerse como una fuerza decisiva. Ambos jugarán, si se da un escenario ajustado, el papel de árbitros parlamentarios.

Pero, de nuevo, todo parece girar en torno a Carney, Poilievre y, en una suerte de paradoja, Donald Trump. El presidente estadounidense, que ni vota ni vive en Canadá, se ha convertido en el gran agitador de una campaña que comenzó marcada por la apatía y que, poco a poco, ha tomado la forma de un referéndum sobre el futuro político, económico y simbólico del país.

Canadá no suele votar con estridencia. Su democracia es estable; sus transiciones, pacíficas. Pero este 28 de abril se vota algo más que un gobierno. Se vota una postura frente a una potencia que amenaza con absorberlo narrativamente. Se vota cómo responder ante un mundo que se endurece. Y, sobre todo, se vota si un tecnócrata inesperado como Mark Carney puede realmente encarnar el nuevo rostro de Canadá en la era Trump.

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