La historia de otro cardenal: el cubano hijo de preso político
En su sotana lleva el dolor del «recuerdo de su padre, el eco de un campo de pelota y el peso de una nación que ha sufrido sin dejar de soñar… En Cuba, los cardenales nacen del sacrificio
Juan de la Caridad Garcia Rodriguez
Los datos que aquí aparecerán han sido recogidos de varias fuentes dentro y fuera de Cuba. El cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez entró en la Capilla Sixtina el pasado 7 de mayo de 2025 y participó en la elección del Papa León XIV, el sucesor de Pedro, y de Francisco. Ha estado como arzobispo de La Habana, como hijo de Iberoamérica y de Cuba, pero además como el hijo de un prisionero político.
Juan de la Caridad nació el 11 de julio de 1948 en Camagüey; su infancia transcurrió en la Cuba marcada y humillada por el conflicto ideológico y la represión repetida contra todos, pero sobre todo contra los creyentes.
Su padre era un trabajador ferroviario, un día la familia se enteró de que no volvería a casa porque había sido apresado, ocurrió en los primeros años del régimen comunista. Lo acusaron de «mala administración». Doy fe que ese tipo de acusaciones eran inventadas y se ponían en práctica con una rapidez terrible, constituían los pretextos para acallar a quienes no pensaban igual a las nuevas autoridades en el poder, o sostenían su desacuerdo, se les llamaban «desafectos» y muchos de ellos fueron fusilados o cumplieron largas penas de prisión.
El padre de Juan de la Caridad falleció en la cárcel a causa de un infarto, nadie puede verificar qué causó la dolencia, podemos suponerlo según el testimonio de numerosos presos políticos. El fallecimiento del padre dejó profundas huellas en Juan quien jamás claudicó ante el dolor. Al contrario, escogió el camino más tortuoso, del servicio y la fe eternas. La pérdida del padre antes que doblegarlo, lo incitó a una ferviente vida de darse en la promesa.
El típico cura de bicicleta y sotana raída
Contaba trece años, y un sacerdote que conocía de su afición por el beisbol le conminó a ir al seminario: «Allí también se juega béisbol.» La propuesta —«una combinación de evangelio y guante»— resultó definitoria. En diversas entrevistas ha declarado: «Fue por medio de la pelota que el Señor quiso entrarme al seminario.»
Ordenado sacerdote el 25 de enero de 1972, en el transcurso de su ministerio visitó pueblos y barrios humildes, recorrió la isla de una punta a la otra, celebró misas en hogares, conversó sobre la paz, explicó de que sé se trataba la dignidad y obró mediante frases sencillas, transparentes. No se dedicó a ser un clérigo inaccesible, sino el típico cura de bicicleta y sotana raída.
¡Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba!
En 1997, San Juan Pablo II decidió nombrarlo obispo auxiliar de Camagüey. Al siguiente año, el Papa visitó Cuba donde dictó una frase que marcaría los destinos de toda una era: «¡Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba!» En 2002, Juan de la Caridad recibió la promoción al arzobispo; en 2016, el Papa Francisco pidió su traslado a La Habana, posteriormente fue elevado al cardenalato.
María Victoria Olavarrieta, educadora cubana, contaba en El Nuevo Herald: «Uno de esos días diluidos en «la nada cotidiana» (cuando aquello no teníamos ni biblioteca, ni cine en el pueblo de Gaspar) llegó a la capilla el Padre Juanito. «Ese cura cree en Dios», sentenció mi abuelo, en su más puro acento castizo y con ese sentido del humor único de los españoles… Los murciélagos se habían adueñado del falso techo de la capilla y cuando abrías la puerta, el hedor te cortaba la respiración. Lo primero era barrer todo aquel excremento y ponerse a tirar agua, había que traerla a cubos desde las casas vecinas…
El Padre Juan propuso reparar los bancos. Hizo un mejunje con tinta rápida, pintó el altar que estaba muy descolorido. No teníamos ni clavos, fue una tarea titánica conseguir un poco de pintura para darle unos brochazos a unas paredes que nunca más se habían vuelto a pintar desde que se construyó la iglesia… Era Semana Santa, él propuso salir por las calles, tocar de casa en casa e invitar a los vecinos a celebrar con nosotros. «Este cura está loco…»
El 26 de abril de 2025, el cardenal García Rodríguez asistió a la majestuosa ceremonia de despedida del Papa Francisco, en la Plaza de San Pedro ante más de 200 mil fieles. Delegaciones de 148 países asistieron, incluidos diez jefes de Estado. A Juan de la Caridad le recibieron con respeto, es el símbolo vivo de la fe, perseverancia, y caridad, de una Iglesia que sobrevive a la censura, a la desolación y al silencio obligado.
Juan de la Caridad García Rodríguez es el tercer cardenal en la historia de Cuba tras el cardenal Manuel Arteaga Betancourt (1946) y el cardenal Jaime Ortega Alamino (1994). Su elección por Francisco fue «un reconocimiento a su trayectoria, a la fidelidad silenciosa de la Iglesia cubana, que ha resistido entre consignas, apagones y vigilancias», se ha expresado como curiosidad lo que es una verdad.
En enero de 2022 se cumplieron sus Bodas de Oro Sacerdotales, la misa en la Catedral de La Habana constituyó un oasis agradecido de evocaciones. El cardenal mencionó tres instantes de su vocación: de monaguillo se probó por diversión una casulla negra y pensó «¡qué bonito soy!», las visitas del padre Cavero a su barrio ante la ausencia de sacerdotes en Camagüey, y los terrenos de béisbol en los seminarios, sigilosos testigos de un reclamo que se inició con un bate y terminó en el altar.
Cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la iglesia a los necesitados
Olavarrieta escribía: «Me han contado que cuando el Padre Juan viene a Miami, se va cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la iglesia a los necesitados. Cuando estuvo de sacerdote en el pueblo de Florida, Camagüey, muchos ancianos pudieron tomar, al menos, una comida caliente al día… Si en una semana en mi pueblo, siendo todavía un curita joven, el Padre Juan pudo acabar con los murciélagos, reparar casi todo lo que estaba roto, llenar la iglesia, y con una sola mirada enseñarnos a perdonar a los ladrones de la campana, cuanto más podría hacer como cardenal de un pueblo al que en cualquier momento se le puede morir la esperanza.»
Llegó a La Habana con una pequeña valija: «ligero de equipaje, pero firme de fe». A sus 76 años habrá votado por el Pontífice, por León XIV; en su sotana lleva el dolor del «recuerdo de su padre, el eco de un campo de pelota y el peso de una nación que ha sufrido sin dejar de soñar… En Cuba, los cardenales nacen del sacrificio.»