Estados Unidos, Irán y la hora de la disuasión
Los ataques de los proxies de Irán a las bases de los EE.UU. en Irak y Siria son, en circunstancias normales, casi el pan nuestro de cada día
Los sistemas de defensa aérea israelíes interceptan misiles iraníes sobre la ciudad israelí de Tel Aviv
Pertenezco a una época en la que los militares creíamos que bastaba preparar bien el partido para que el contrario ni siquiera se presentara a jugarlo. Por desgracia, parece que ya no es así. Hoy las naciones se lanzan alegremente a guerras que deberían saber que no pueden ganar, ya sea porque no disponen de la fuerza suficiente, porque juzgan mal la determinación de su enemigo o porque no están dispuestos a sacrificarse lo suficiente por la victoria. En algunos casos, como el de Rusia en Ucrania, por las tres razones a la vez. En el de Irán, lo que me asombra que Trump confíe en que puede poner de rodillas a Jamenei después de reconocer que no tiene la menor intención de poner tropas sobre el terreno.
La guerra, antes proscrita, vuelve a ser la continuación de la política por otros medios; pero en el siglo XXI sirve más a la política doméstica que a la exterior. Putin y Trump, Netanyahu y Jamenei, Xi y Kim, emplean la guerra como instrumento para afianzar sus regímenes, más que para cualquier otra cosa; y, si de eso se trata, casi da igual la victoria que las tablas. En muchas ocasiones, lo que de verdad importa es que las guerras duren, porque solo así se consiguen efectos definitivos sobre el régimen político que de verdad se desea cambiar. No se engañe el lector: es el propio.
Pensará el lector que un análisis tan negativo solo puede deberse a la edad de quien escribe estas líneas… y, seguramente, tendrá razón. El paso del tiempo, inexorable, va desconectando de la realidad a quienes interpretamos lo que ocurre en el mundo en función de lo que hemos aprendido cuando éramos más jóvenes. Los profesionales de la milicia llegamos a menudo a conclusiones diferentes de las de los académicos —acertadas o no— porque tamizamos los hechos a través de nuestras propias experiencias. Hemos aprendido que las armas, que siempre parecen milagrosas en las revistas de propaganda militar, invariablemente llegan a nuestro poder con un conjunto de manuales, uno de los cuales lleva un título muy revelador: Capacidades y limitaciones. Lo que este manual detalla, al menos en la parte que nos dice lo que NO podemos hacer con cada nuevo sistema, rara vez trasciende al gran público.
Años de decepciones —no son solo las limitaciones de las armas, es también la evidencia de que no hay plan que sobreviva al primer contacto con el enemigo— terminan creando en muchos militares un sano escepticismo, un instinto adquirido cuando tuvimos la oportunidad de ver el mundo de las mal llamadas «operaciones quirúrgicas» desde dentro. Sin embargo, nada dura para siempre. Cuando ese instinto deja de responder a un mundo en constante evolución… entonces llega el momento de apartarse y dejar el hueco a voces más jóvenes, que puedan informar mejor a los lectores.
El Martillo de Medianoche
¿Ha llegado para mí ese momento? Los rusoplanistas dirán que ya voy tarde. Quizá tengan razón. Veo a multitud de analistas alborozados por el éxito de un ataque con bombas guiadas norteamericanas a unas instalaciones fijas, de posición conocida, que la aviación israelí había dejado indefensas desde el año pasado, cuando destruyó los pocos misiles S-300 rusos que tenía su enemigo sin perder un solo avión. ¿Un logro admirable? Sí y no. En 1982, cuando yo era un joven oficial, me sorprendió que la fuerza aérea israelí destruyera una formidable concentración de misiles antiaéreos sirios —entonces SA-2, SA-3 y SA-6 de procedencia soviética— desplegados en el valle de la Bekaa libanés al precio de un único dron. «¿De qué sirve una defensa antiaérea que no puede ni siquiera defenderse a sí misma de los aviones enemigos?», me pregunté entonces. Desde aquel momento, he dejado de sorprenderme por cosas así. Después de cada una de las brillantes acciones militares que glosan los medios, lo que yo prefiero preguntarme es si se han logrado los objetivos reales de la operación.
La planta de Enriquecimiento de Combustible Fordow de Irán, el 19 de junio de 2025 (arriba), y Fordow, el 22 de junio tras los ataques estadounidenses
La misión de los B-2 norteamericanos que atacaron Fordow, Natanz e Isfahán tenía —siempre es así en la doctrina militar— dos componentes. El «qué» —destruir las instalaciones nucleares iraníes— se ha logrado con aplastante facilidad. Los daños concretos se conocerán mejor en unos pocos días pero, si no han sido suficientes, no le faltan a los EE.UU. bombarderos ni bombas para repetir el ataque cuantas veces sea necesario. Como casi siempre, es el «para qué» lo que cabe poner en duda. No en su formulación —es obvio que se trataba de poner fin al programa nuclear iraní— sino en sus verdaderos resultados.
Es en este terreno donde yo —quizá producto de mi época— veo que está el problema. No sé cuál es el plan. Ni siquiera estoy seguro de que exista. Oigo a Trump y Netanyahu asegurando que destruirán todas las instalaciones nucleares iraníes… pero no puedo evitar pensar en lo que aprendí sobre las capacidades y limitaciones. ¿Cuáles son las limitaciones que ellos prefieren no mencionar? Que bombardearán todo… menos el reactor nuclear que desde el año 2012 funciona en Bushehr. Nadie quiere ser el culpable de un nuevo Chernóbil, pero no es esa la única razón. Ambos saben bien que no pueden atacar ese reactor sin cambiar las reglas del juego global. El día que un Estado ataque una central nuclear de uso comercial se habrá abierto un camino que pondrá en riesgo a todas las del mundo. Es mucho mejor fingir que no existe.
Dirá el lector que el de Bushehr no es un problema porque es un reactor de uso civil. Nada más cierto, pero solo las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica nos aseguraban —dentro de lo que cabe— que allí no se enriquecía uranio. Si Irán abandona el Tratado de No Proliferación nadie podrá volver a acercarse al reactor. Póngase el lector en la piel de Jamenei, si le place. Usted sabe que van a bombardearlo todo menos Bushehr. ¿Dónde llevaría los restos que, después de un ataque que quiso jugar con la sorpresa táctica pero llegó diez días después del comienzo de la guerra, haya podido salvar de su programa nuclear? ¿Dónde reanudaría los trabajos para conseguir la ansiada bomba que le convertirá en impune?
La respuesta de Irán
La solución fácil para esta nueva guerra en Oriente Medio sería que Irán hiciera caso a Trump y se rindiera… pero nadie lo hace sin combatir. Mientras escribo esto, Jamenei ha empezado a lanzar sus misiles sobre algunas de las bases norteamericanas en Oriente Medio. No nos engañemos: los ataques de los proxies de Irán a las bases de los EE.UU. en Irak y Siria son, en circunstancias normales, casi el pan nuestro de cada día. Así respondió Teherán al asesinato del general Soleimani. Pero la base norteamericana en Qatar es otra cosa. Simbólicamente, Irán ha lanzado sobre ella siete misiles, uno por cada bomba de los EE.UU. ¿Pataleta inútil? Desde el punto de vista militar, desde luego. No habrán causado daño alguno. Pero han dejado clara la voluntad de resistir del régimen islámico.
¿Qué hará ahora Donald Trump? Él ha prometido que, si Irán no se rinde, lo bombardeará con mayor fuerza todavía. Fanfarrón como siempre, el magnate ha asegurado a los norteamericanos que ahora le será aún más fácil hacerlo. Tiene razón, pero solo desde el punto de vista de las capacidades de que disponen sus ejércitos para el combate. Volvamos, sin embargo, a las limitaciones. Aunque no lo diga, Trump se resistirá a atacar las mezquitas, los hospitales y las escuelas, al menos mientras estén llenas de niños. Póngase el lector en la piel de Jamenei otra vez y recuerde que es usted un hombre malvado. ¿Dónde llevará las herramientas que le permiten aferrarse al poder?
Un objetivo imposible
Es muy probable que esta guerra se prolongue lo suficiente para pasar a la historia como una carnicería inútil. Una más. Después de todo, el arma nuclear se ha inventado hace ya 80 años. Pensar que los secretos que los científicos del proyecto Manhattan desvelaron casi en la edad de piedra de la tecnología pueden permanecer ocultos hoy es, a la vista está —Corea del Norte es el último ejemplo— un sueño imposible. O lo era con los medios disponibles cuando yo estaba en activo. A lo mejor ahora hay un arma desconocida por el gran público que, guiada por inteligencia artificial, distingue los malos de los buenos y actúa en consecuencia.
El lector discreto pensará que, con armas de ciencia ficción o sin ellas, es bastante probable que el presidente Trump tenga razón —después de todo, él es el comandante en jefe de los Ejércitos de los EE.UU.— y que yo esté equivocado. Mejor para todos. Si al final resulta que todo esto sale bien, que desaparece la amenaza nuclear de Irán y, como fruto de esa «paz por medio de la fuerza» que Trump no ha inventado —en el baúl de la historia está el gran garrote que blandió Theodore Roosevelt sin demasiado éxito— se pacifica Oriente Medio, sabré que habrá llegado el momento de despedirme del rusoplanismo y dejar la pluma y los micrófonos a nuevas generaciones de militares retirados que puedan interpretar mejor lo que está ocurriendo. Mi mujer, además, me lo agradecerá.
Un simpatizante de Hezbolá porta una imagen del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, durante una protesta
Pero si no es así; si, por desgracia, dentro de uno, dos o cinco años, los analistas vuelven a asegurarnos que Irán está de nuevo a punto de construir su primera bomba atómica, ¿cuál es la respuesta que tendríamos a mano para hacer frente a esa amenaza que tanto nos preocupa? Descartando lo que, en la hipótesis que estamos manejando, no habrá dado resultado —la fuerza de Israel y EE.UU. y, aun menos, la diplomacia de la UE— solo nos quedará lo que, lejos del espectáculo de la política, sabemos que sí parece funcionar: la buena y vieja disuasión.
El papel de la disuasión nuclear
Occidente frente a la URSS; China frente a Rusia —no siempre han mantenido su actual «amistad sin límites»— y ahora frente a los EE.UU.; la India frente a Pakistán… en todos esos casos de intereses contrapuestos y hostilidades a veces declaradas el arma nuclear logró enfriar los ánimos de los más exaltados. El miedo a la destrucción mutua, asegurada o no, mantuvo en alto las espadas de enemigos jurados sin que sus líderes —demócratas o totalitarios, laicos o islamistas— se hayan atrevido a hacerlas descender.
Dentro de esa dinámica, Israel tiene —y creo que hace muy bien— suficientes armas nucleares para borrar Irán del mapa. Precisamente por eso no le hará falta hacerlo. En otras zonas del mundo, sin embargo, la situación es bastante más preocupante. Hasta la fecha, solo se han empleado armas nucleares contra países que no las tenían. Es verdad que, estadísticamente, la muestra es demasiado pequeña —solo hay dos casos y un único protagonista de ambos— para demostrar nada, pero la lógica multiplica su poder de convicción. Partiendo de esa lógica, si yo fuera ciudadano de Corea del Sur o de Japón estaría muy preocupado con las ojivas de Kim Jong-un. Sobre todo en un momento como el que vivimos, en el que los EE.UU. se empiezan a mostrar como aliados poco fiables.
Sin embargo, como soy español, a mí las armas de Kim me preocupan, hoy por hoy, bastante poco. Las que me inquietan son las rusas y, por supuesto, las que pudiera tener en su día Irán. Frente a unas y otras —y crea el lector que siento repetirme— está el espejismo de la fuerza militar, el sueño de la diplomacia o la realidad de la disuasión nuclear. Cada uno que defienda lo que le parezca mejor, pero esto es algo en lo que, como pueblo, es mejor que no nos equivoquemos.