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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (der.), conversa con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (izq.), durante una reunión en Turnberry

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (der.), conversa con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (izq.), durante una reunión en TurnberryAFP

Vencedores y perdedores de los aranceles de Trump que han entrado en vigor

La guerra comercial, convertida en bandera electoral del segundo mandato del presidente, ha provocado una cascada de reacciones diplomáticas y empresariales ante un nuevo mundo

Este jueves, finalmente, tras muchas idas y venidas, amenazas y rectificaciones, entran en vigor los nuevos aranceles de Donald Trump, un paquete de medidas que aplica subidas de entre el 15 % y el 50 % a productos de decenas de países, incluidos aliados estratégicos como la Unión Europea, India, Brasil y Canadá.

La guerra comercial, convertida en bandera electoral del segundo mandato del presidente, ha provocado una cascada de reacciones diplomáticas y empresariales con consecuencias económicas que ya empiezan a asomar y pueden terminar cambiando el mundo.

India ha sido una de las más vocales en su respuesta. El Gobierno de Narendra Modi calificó los aranceles de «injustificados, irracionales y punitivos», después de que Washington duplicara el gravamen hasta el 50 % a las importaciones indias, en represalia por la negativa de Nueva Delhi a reducir sus compras de crudo ruso. Trump justificó la decisión argumentando que esas compras «financian la maquinaria de guerra» de Moscú en Ucrania, pero la India se defiende alegando su necesidad de garantizar energía asequible a 1.400 millones de habitantes.

La economía india, que depende del acceso al mercado estadounidense para muchas de sus exportaciones industriales y tecnológicas, podría verse afectada a medio plazo, pero también está utilizando esta crisis para reforzar su discurso de autonomía estratégica. El riesgo para Estados Unidos es que, al castigar a uno de sus principales socios en el Indo-Pacífico, acabe empujándolo hacia acuerdos energéticos y comerciales con Rusia o China, debilitando la arquitectura que Washington ha tratado de construir en la región.

Brasil, por su parte, enfrenta también aranceles del 50 %, aunque en este caso la motivación parece ser abiertamente política. Trump ha vinculado la medida al «trato injusto» que, a su juicio, está recibiendo su aliado Jair Bolsonaro, enjuiciado por conspirar para frenar el traspaso de poder a Lula da Silva. El castigo comercial afecta a sectores agrícolas e industriales clave de la economía brasileña, y se produce en un momento en que el país intenta diversificar mercados tras años de excesiva dependencia de China y Estados Unidos. Analistas locales ya calculan que, si los aranceles se mantienen en el tiempo, podrían costarle al PIB brasileño entre un 0,6 % y un 1 %. Pero, a la vez, existe consenso en que la tensión puede acelerar la apertura externa de una economía históricamente cerrada, forzando reformas que llevan décadas en espera.

Bolsonaro y Trump, en una imagen de 2019

Bolsonaro y Trump, en una imagen de 2019EFE

Canadá, en cambio, no ha sido sancionada por razones económicas ni geoestratégicas, sino por una combinación de frustraciones ideológicas y exigencias de política doméstica. Trump ha elevado del 25 % al 35 % los aranceles a productos no incluidos en el T-MEC, alegando que Ottawa no está haciendo lo suficiente para frenar el tráfico de fentanilo a través de la frontera. En paralelo, deslizó que el posible reconocimiento canadiense de un Estado palestino podría entorpecer futuras relaciones comerciales.

La Unión Europea logró una rebaja negociada, con un arancel del 15 %, a cambio de un compromiso de inversión de 600.000 millones de dólares en Estados Unidos y la promesa de compras por valor de 750.000 millones en sectores clave como energía, defensa e infraestructuras. Alemania, Francia, Italia y España, entre otros, ya han advertido que parte de sus exportaciones industriales serán menos competitivas.

En el corto plazo, algunos sectores estadounidenses –como el gas, el petróleo, la industria militar y ciertos fabricantes de bienes intermedios– se benefician de estas barreras. Pero en términos macroeconómicos, el impacto para Estados Unidos podría no ser tan positivo. Para empezar, los aranceles funcionan como un impuesto a la importación que pagan, en última instancia, las empresas y los consumidores. Las empresas que dependen de materias primas o componentes importados se enfrentan a costes más altos, y muchas de ellas acabarán trasladando ese sobreprecio al consumidor final. Esto, en un contexto de inflación aún elevada y tipos de interés restrictivos, podría complicar aún más la política monetaria de la Reserva Federal.

Además, hay dudas sobre la eficacia real de los aranceles como herramienta para reducir el déficit comercial. Las experiencias anteriores —incluido el primer mandato de Trump— muestran que, en muchos casos, los déficits bilaterales se mantienen, pero se trasladan a otros países proveedores. Por ejemplo, si los productos brasileños o indios se encarecen artificialmente, empresas estadounidenses pueden optar por comprar en terceros mercados como Vietnam o México, sin que eso implique una repatriación de la producción o una mejora estructural de la balanza comercial.

Tampoco está claro que esta política refuerce el liderazgo global de Estados Unidos. Al penalizar indiscriminadamente a aliados, Trump ha erosionado parte de la credibilidad que Washington mantenía en los foros multilaterales. Y aunque algunos países han aceptado pactos bilaterales a cambio de alivios parciales –como la UE–, lo hacen más por necesidad que por convicción.

Ni siquiera la industria estadounidense puede celebrar una victoria absoluta. Sectores como el agrícola, el tecnológico y el automotor temen represalias y pérdida de acceso preferencial a mercados clave. A ello se suma el riesgo de que, al encarecerse los bienes de consumo, los hogares estadounidenses recorten su gasto, lo que podría desacelerar el crecimiento interno en un momento ya delicado del ciclo económico. Sea como fuere, lo que está claro es que este jueves el mundo ha cambiado, pero, en la era Trump, no importa tanto el cómo, sino el hasta cuándo.

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