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AnálisisJosé Ignacio Palma

Así es José Antonio Kast, el republicano y católico que enfrenta al comunismo en Chile

Esta nueva derecha surge como respuesta a la inoperancia progresista en materia de orden público, pero también ante la carencia de una concepción integral del bien común en la centro derecha liberal

José Antonio Kast, presidente del Partido Republicano

José Antonio Kast, favorito en las elecciones presidenciales de Chile y presidente del Partido RepublicanoMiguel Pérez Sánchez

Corría el año 2017, y Sebastián Piñera (centro derecha) se acercaba a su segundo mandato presidencial. El empresario tenía todo para unir a los distintos sectores de la oposición y llegar a La Moneda sin mayores complicaciones. Su liderazgo parecía incuestionable.

La historia demostraría que no todo estaba dicho. Aunque el ex mandatario finalmente ganó la elección, el camino no estuvo exento de dificultades. Por su flanco derecho, una voz avisaba: «Yo creo en Dios, creo en la patria, creo en la familia… Creo también en la libertad, en la competencia y en el Estado de Derecho. Como ustedes ven, nada muy original».

Se trataba del diputado José Antonio Kast, quien recientemente había renunciado a la UDI (hasta entonces, el partido conservador tradicional) acusando una moderación o piñerización de su agenda en materia política, económica y cultural. En efecto, los cuatro años del primer gobierno de Piñera (2010-2014) produjeron un cambio en la anatomía del sector, abrazando lo que R. R. Reno ha llamado «desregulación cultural»: si en los 90 se caracterizaban por promover el libre mercado junto a valores patrios y principios de inspiración cristiana, el 2017 nos encontramos ante una versión tecnocrática, cosmopolita y –al menos en apariencia– política y antropológicamente «neutral».

Kast supo leer ese fenómeno y advirtió: si la centro derecha vuelve al gobierno, el año 2022 llegará a la presidencia la izquierda progresista liderada por Giorgio Jackson o Gabriel Boric, ambos figuras insignes de las protestas estudiantiles de 2011.

Y así fue: la falta de un proyecto político con fundamentos claros arrojó al segundo gobierno de Sebastián Piñera a una crisis –la de octubre de 2019– que la nueva izquierda supo aprovechar, encumbrándose como los canalizadores del malestar social. El Frente Amplio (progresistas), lejos de rehuir el plano filosófico-político, se atrevió a disputar el horizonte de destino del país. Con su llegada a la arena pública, términos como «desarrollo», «calidad de vida», incluso «dignidad» y «derechos humanos», se convirtieron en significantes vacíos susceptibles de ser llenados de un contenido absolutamente opuesto al inscrito en nuestra tradición cultural. Y tuvieron éxito: el 11 de marzo de 2022, tal y como había advertido José Antonio Kast, Gabriel Boric era investido con la banda presidencial.

La imagen de Cristo era usada de manera sacrílega para sostener un cartel dirigido a carabineros: «no los perdones, saben perfecto lo que hacen»

Pero así como le ocurrió a Roger Scrutron, que tras las protestas de mayo del 68 en Francia dice haberse convertido en un «conservador», la insurrección de octubre de 2019 también generó una reacción. La quema de múltiples estaciones de Metro, la persecución a Carabineros (la policía chilena), la destrucción de las iglesias… todo estuvo impregnado de un aroma subversivo pero también disgregador. Basta recordar uno de los rayados más impactantes de la época, donde la imagen de Cristo era usada de manera sacrílega para sostener un cartel dirigido a carabineros: «no los perdones, saben perfecto lo que hacen». Allí el octubrismo mostró su peor cara, esa que está dispuesta a derribar todos los cimientos culturales e institucionales sobre los que se sostiene la vida social.

El espíritu revolucionario aún se mantenía vigente para la elección de 2021, lo que no impidió ver a un José Antonio Kast competitivo. Con un 45% de los votos en segunda vuelta –siendo derrotado en ese entonces por el actual presidente Boric–, el líder del recientemente creado Partido Republicano avisaba: la reacción conversadora estaba recién comenzando.

Es cierto que la propuesta de Kast no era «nada muy original», como él mismo transmitía. De impronta católica, padre de nueve hijos y defensor de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, el republicano se incrustaba dentro del marco de un conservadurismo tradicional que bebe de la escuela de Jaime Guzmán, senador chileno asesinado en 1991 por un grupo terrorista de izquierda y promotor de una visión política amparada en la Doctrina Social de la Iglesia.

Sería el alto flujo de inmigración ilegal y la llegada de una nueva ola de crimen organizado internacional la que pondría contra las cuerdas al gobierno progresista

Sería el alto flujo de inmigración ilegal y la llegada de una nueva ola de crimen organizado internacional la que pondría contra las cuerdas al gobierno progresista, y le daría un aire de necesidad –más que de novedad– al proyecto político republicano.

La reivindicación del Estado de Derecho, de las fronteras como manifestación de soberanía, y de la propia cultura como motivo de orgullo, fueron las claves del crecimiento electoral de José Antonio Kast. Los republicanos entendieron, tal como lo advertía Alasdair MacIntyre, que el Estado moderno está obligado a recurrir a corrientes distintas de la liberal-tecnócrata –mitigando así sus carencias–, pues necesita «ser capaz de suscitar el respeto patriótico de bastantes de sus ciudadanos si es que ha de seguir funcionando de manera eficaz.»

Pero no se trata solo de inmigración ilegal. Esta nueva derecha surge como respuesta a la inoperancia progresista en materia de orden público, pero también ante la carencia de una concepción integral del bien común en la centro derecha liberal. Para los republicanos, hablar de seguridad y tasa de natalidad al mismo tiempo no es una selección arbitraria de causas importantes, sino que la expresión de un proyecto político con sentido, que entiende que la paz social es el piso sobre el cual formar familia, y que esta última es clave para la realización espiritual.

Este 2025 ese proyecto enfrenta su prueba de fuego. En su tercera aventura presidencial, José Antonio Kast vuelve a alcanzar una segunda vuelta, esta vez como favorito. El Partido Comunista, representado por la candidata Janette Jara, será el adversario en esta oportunidad, lo que marca un hito en la historia de Chile: los comunistas, en sus 103 años de historia en nuestro país, jamás habían llegado a un balotaje con un miembro de sus propias filas.

El PC aparece como una supuesta «piedra en el zapato» para Janette Jara

Hoy el PC aparece como una supuesta «piedra en el zapato» para Janette Jara, quien incluso ha llegado a jugar con la idea de «congelar» su militancia en el Partido. Sin embargo, su presencia desde los 14 años en las filas del marxismo-leninismo chileno le resta credibilidad a una supuesta tensión con su dirigencia, que más bien parece construida para reducir la influencia del factor anticomunismo en la elección presidencial.

A todo ello hay que sumarle su desafortunada relación con la seguridad y el orden público, que se arrastra no solo por la pobre herencia que deja en esta materia el actual Gobierno –del que ella fue Ministra–, sino también por su historial como abogada y persecutora de Carabineros en los años siguientes a la crisis de octubre de 2019, cuestión que quedó cristalizada en su imagen vistiendo la camiseta del «Perro Matapacos», símbolo de la violencia y el desacato a la fuerza policial.

El panorama es auspicioso para José Antonio Kast. Aunque Jara obtuvo la mayoría en primera vuelta con un 26,85% de los votos, las candidaturas sumadas de la derecha, que incluyen a Kast (23,92%), Kaiser (13,94%) y Matthei (12,47%), ponen al republicano en una posición privilegiada para alcanzar la primera magistratura en Chile. Está en manos de Dios.

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