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Occidente se derrite y Trump culpa al termómetro

Diagnóstico certero, causa fallida. Una civilización que necesita leyes para protegerse de las palabras ya ha perdido la batalla. Y una cultura que teme el debate no será derrotada desde fuera: se rendirá sola, convencida de que callar es una forma de virtud

El presidente estadounidense, Donald Trump

El presidente estadounidense, Donald TrumpAFP

La semana pasada analizábamos el duro diagnóstico que Donald Trump hace, en su Estrategia de Seguridad Nacional, sobre el declive moral de Europa. La conclusión es compartible; la causa que señala, no. Trump atribuye ese deterioro principalmente a la inmigración. Y ahí yerra.

No, señor presidente: la inmigración descontrolada es un síntoma, no la enfermedad. El verdadero veneno que corroe a Occidente —a Europa y también a Estados Unidos— es su enblandecimiento cultural. Durante décadas hemos construido sociedades donde la sobreprotección emocional e intelectual ha producido generaciones incapaces de enfrentarse a la realidad sin tutela, censura o victimismo institucionalizado.

Trump —o, más precisamente, Vance— percibe el declive, pero no entiende su origen. Nace de un Occidente que ha sustituido la confrontación de ideas por «espacios seguros», la igualdad ante la ley por jerarquías victimistas y la verdad por comodidad moral. En nombre de la convivencia hemos amputado, casi sin darnos cuenta, la libertad de expresión: el músculo que mantiene vivo al resto de libertades.

Vivimos en una cultura que trata la disidencia como «violencia simbólica», equipara las palabras a golpes y excluye el debate en nombre de la inclusión. El resultado es una ciudadanía frágil, hipersensible y permanentemente ofendida. Gladiadores cubiertos de algodón, pero sin espada. Decir verdades elementales —que la excelencia exige esfuerzo, que no todo el mundo vale para todo o que no todas las ideas valen lo mismo— se ha convertido en un acto casi subversivo. El declive no es importado: es autóctono, incubado durante años en universidades y políticas públicas que han premiado la queja sobre el mérito.

El árbol que no deja ver el bosque

Trump acusa a la Unión Europea de fomentar una «decadencia moral» mediante políticas que diluyen la identidad europea. Describe una Europa débil, sometida a burócratas y erosionada por una inmigración que, según él, importa conflictos y mina valores tradicionales.

Pero fijarse solo en la inmigración es confundir la causa con el acelerante. El problema no es quién llega, sino una sociedad que ha olvidado quién es. Sin una cultura fuerte, cualquier presión externa acelera el colapso. El declive real no viene de allende los mares: se gesta en despachos, aulas y tribunales.

El cierre de la mente: Bloom no se equivocó

En The Closing of the American Mind (1987), Allan Bloom describió cómo el relativismo moral cerró las mentes universitarias tras el 68. Las universidades dejaron de formar ciudadanos críticos para producir conformismo, miedo al juicio moral y rechazo de la herencia intelectual occidental. Ese patrón acabó impregnando toda la sociedad y hoy alcanza su clímax en la cultura woke de la cancelación.

En Europa, el fenómeno es aún más profundo. El Índice de Libertad Académica de 2025 refleja retrocesos generalizados, y lo más preocupante es que el cierre mental se ha trasladado a la ley. En España, determinadas leyes de memoria histórica o identidad convierten la disidencia en sospecha. El Reino Unido se lleva la palma, con miles de detenciones anuales por «mensajes ofensivos», que dibujan un panorama impropio de una democracia.

Trump detecta la decadencia, pero evita reconocer que el mismo proceso afecta a su país. Bloom lo explicó con claridad: el relativismo erosiona la identidad civilizatoria y deja sociedades incapaces de defender sus valores. No necesitamos muros físicos, sino defensas intelectuales.

El «coddling» de la mente y la fragilidad convertida en ley

Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, en The Coddling of the American Mind (2018), dan continuidad al pensamiento de Bloom, pero basándose en la psicología moderna, no en la filosofía. Identifican el cáncer y lo llaman «safetyism»: una cultura de sobreprotección basada en la idea de que la adversidad daña, las emociones no se cuestionan y el mundo se divide entre buenos y malos. El resultado es ansiedad, autocensura y una alergia patológica al conflicto intelectual.

En Europa, este fenómeno ha dado el salto definitivo a la legislación. Las leyes que sancionan expresiones en función de percepciones subjetivas no protegen a los débiles como pretenden: solo fabrican silencio y más débiles. Cuando la fragilidad se convierte en política pública, la sociedad pierde resiliencia y se vuelve estructuralmente incapaz de resistir presiones externas.

Infantilización y colapso moral

Frank Furedi ha descrito la infantilización de la universidad europea: espacios seguros, una obsesión con las microagresiones y un férreo control del lenguaje han transformado los campus universitarios en guarderías ideológicas.

Una sociedad infantilizada no puede resistir influencias externas porque ya ha renunciado a su vigor moral

Nuestro compatriota Antonio Baraybar-Fernández vincula este fenómeno a una vulnerabilidad social estructural: cuando las palabras se equiparan a la violencia, la disidencia se convierte en una amenaza existencial. Una sociedad infantilizada no puede resistir influencias externas porque ya ha renunciado a su vigor moral. El colapso no lo trae el extranjero, sino la debilidad cultivada en casa.

Endurecerse o desaparecer

La elección de Trump refleja una rebelión contra décadas de decadencia cultural en Estados Unidos. Sin embargo, señalar al inmigrante como causa principal es una coartada demasiado cómoda. En el ámbito académico, Trump incurre además en el mismo error que denuncia: sustituir el debate por la imposición, solo que con distinto color ideológico.

En Europa, el problema es mayor. El «safetyism» ya es ley y el intervencionismo estatal se acepta sin resistencia. A ello se suma una clase política paralizada por el miedo a ser señalada como «facha» por activistas que explican el mundo a través de filtros tan simplistas como el heteropatriarcado, la opresión sistémica o la visión del hombre como el principal mal de la tierra. Pero conviene advertir: los nuevos cruzados identitarios y sus supuestos antagonistas comparten el mismo pecado original.

La solución no es imponer, sino confrontar. No censurar, sino debatir. Sin algodones, pero sin inquisiciones. No todas las ideas merecen respeto, pero todas deben poder expresarse.

Porque una civilización que necesita leyes para protegerse de las palabras ya ha perdido la batalla. Y una cultura que teme el debate no será derrotada desde fuera: se rendirá sola, convencida de que callar es una forma de virtud.

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