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Roberto Starke
AnálisisRoberto StarkeBuenos Aires

Venezuela en la era de los Rodríguez: pilotos de una transición sin ruptura

Jorge y Delcy Rodríguez asumen el rol de «desarmadores» de una dictadura, operando en una pista incierta mientras millones de venezolanos esperan un cambio real

Delcy Rodríguez (izq.), prestando juramento como presidenta interina del país ante el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez (der.).

Delcy Rodríguez (izq.), prestando juramento como presidenta interina del país ante el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez (der.).AFP

En 1989, las transiciones de los regímenes autoritarios a democracias participativas, especialmente en América Latina y Europa Oriental, ocuparon la agenda política internacional. De repente, sociedades y naciones atravesadas por la violencia política y la descomposición autoritaria se enfrascaban en un espiral de campañas electorales, discursos de apertura y un entusiasmo sin precedentes.

La reciente captura de Nicolás Maduro en Caracas encendió un sinfín de hipótesis sobre el futuro de Venezuela, donde el concepto de transición ha tomado un renovado protagonismo. Sin embargo, la ventana de liberalización y democratización del país caribeño se torna cada vez más incierta tras la aparente colusión entre la nueva jerarca del régimen chavista, Delcy Rodríguez, y la administración del presidente Donald Trump.

En este contexto, resulta inevitable rememorar el panorama democratizador de las décadas de 1980 y 1990 para extraer nociones de aquellas experiencias que permitan esbozar posibles escenarios transicionales para Venezuela, sin que ello implique caer en paralelismos ingenuos o comparaciones asincrónicas. La realidad es que cada transición, si bien comparten bases comunes, tiene sus peculiaridades, con actores singulares y modalidades de apertura completamente únicas.

No obstante, el hecho de que Estados Unidos pretenda construir una agenda de cambios progresivos, que por ahora se limita a una lenta liberación de presos políticos y a una entrega masiva de concesiones petroleras, diseñada, implementada y monitoreada estrictamente por el propio régimen, habla de una potencial liberalización acordada, sin ruptura y con múltiples comodidades para los perfiles autoritarios que hoy administran el poder político venezolano tras la salida de Maduro.

Si bien las señales auténticas de apertura y cambio son mínimas, tanto Washington como Caracas han confirmado que la metamorfosis del sistema político venezolano será conducida por las autoridades actuales. Esto deja una premisa clara: cualquier desmontaje o reforma del régimen será orquestada por sus propios artífices. Una transición de este tipo no es atípica; por el contrario, es la norma en los procesos de liberalización sin colapso o abruptas rupturas

El liderazgo de este tipo de procesos fue caracterizado por el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger (1), quien describió a los desarmadores de las dictaduras europeas como los «héroes de la retirada». Cabe aclarar que no es posible atribuirle a Delcy Rodríguez una denominación de semejante solemnidad. Sin embargo, las habilidades y maniobras descritas por el autor alemán son las que Venezuela debería atravesar para aspirar a un desenlace algo más prometedor frente a la incertidumbre actual.

En 1989, Enzensberger describió la retirada y el desmontaje de los autoritarismos europeos como procesos completamente antagónicos a los ideales clásicos del liderazgo, ya que se cimentaban en acciones que «no representan el triunfo, la conquista o la victoria, sino la renuncia, la demolición y el desmontaje».

Esta perspectiva, en realidad, no se origina únicamente en la obra del ensayista alemán, sino que encuentra antecedentes en las ideas de su compatriota Carl von Clausewitz, quien un siglo y medio antes describía la retirada como la operación estratégica más compleja de la ciencia militar, debido a las dificultades que implica «abandonar una posición insostenible».

Con Maduro entre barrotes, el chavismo ha comenzado a abandonar una conducta geopolítica indefendible bajo el modelo que Donald Trump intenta imponer en el hemisferio occidental. Esto no implica la demolición del régimen, sino un cambio de perfil que, si bien supone una renuncia a la narrativa antiimperialista y al acercamiento energético con Cuba, Irán, China y Rusia, no conlleva, al menos por ahora, una reforma institucional o siquiera, un cambio de régimen.

Aunque la magnitud del cambio actual no satisface la sed de libertad y democracia de los venezolanos, Delcy Rodríguez enfrenta un desafío político e ideológico de enorme envergadura: convencer al chavismo de que las condiciones de poder existentes antes del 3 de enero han desaparecido.

El dilema reside en si esa preservación incorpora una presión democratizadora real y efectiva por parte de la disidencia venezolana y de las propias autoridades estadounidenses, que no han ocultado su disposición a manejar al chavismo como una marioneta. Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, al frente del Legislativo chavista, están en las antípodas del heroísmo, pero encabezan una retirada de enorme complejidad.

Enzensberger sostenía que la retirada dentro de los proyectos de poder requería un conocimiento experto en «desmontaje», donde el líder debía demostrar «valor moral al asumir esa ambigüedad». Es una tensión que Delcy Rodríguez enfrenta cotidianamente, cuando por la mañana rinde homenaje a los casi ochenta militares venezolanos caídos tras los ataques del 3 de enero y por la tarde autoriza el envío de millones de barriles de petróleo a Estados Unidos como tributo pacificador.

En una maniobra de este tipo, su ethos, ya erosionado por su desempeño previo dentro del régimen, se resquebraja hacia el interior de las bases chavistas, que, sin embargo, comienzan a comprender que esta vía representa la única opción viable para preservar el proyecto. Lentamente, el chavismo inicia una retirada tanto táctica como estratégica.

Enzensberger menciona a líderes como el español Adolfo Suárez y el soviético Mijaíl Gorbachov entre los grandes «héroes de la retirada», figuras que, desde el corazón mismo de sus respectivos regímenes, lograron conducir procesos exitosos de transición. Comparar la estatura política y moral de esos líderes con las limitaciones de los Rodríguez al frente del chavismo resultaría obsceno. No obstante, el momentum politicum los sitúa ante un dilema similar: reconocer el agotamiento de un modelo de poder y maniobrar un aterrizaje forzoso sin certezas sobre la pista.

Así es como puede describirse al chavismo del 2026; como un avión ametrallado que comprende que solo buscando una aproximación a tierra, aun con resultados imprevisibles, el proyecto de poder tendrá alguna chance de supervivencia. En la torre de control, Donald Trump y Marco Rubio marcan las coordenadas bajo la amenaza de un derribo violento si no se siguen las instrucciones.

En la pista de aterrizaje, millones de venezolanos exiliados observan el desenlace de esta disputa cuasi oligárquica entre un Estados Unidos expansionista y un chavismo en retirada, mientras que los millones que permanecen en el país perciben por primera vez una ventana de oportunidad distinta a las frustraciones acumuladas durante años.

Sea cual fuere el desenlace, el chavismo está hoy conducido por sus pilotos de la retirada. Si esto derivará en un cambio real de régimen que permita soñar con una Venezuela libre, es imposible de prever. Lo que sí resulta evidente es que el chavismo ha ingresado en una fase de desmontaje que borrará del mapa el último vestigio del socialismo del siglo XXI, un paradigma que ya pertenece a los anales más oscuros y tétricos de la historia contemporánea latinoamericana.

(1) «Los héroes de la retirada», Hans Magnus Enzensberger

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