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CrónicaRicardo Chamorro
Diputado de Vox

Occidente ante el mundo que viene: Europa, la conciencia perdida de una civilización

EE.UU. no surge contra Europa, sino desde Europa. Su constitucionalismo, su geografía humana, su estética cívica y su concepción de los derechos como límites al poder remiten a la tradición europe​a

Manifestantes por la huelga general en Italia frente al Coliseo de Roma

Miembros de los sindicatos italianos se manifiestan frente al Coliseo de Roma como parte de una huelga general (Imagen de referencia)AFP

Occidente atraviesa una crisis que no es económica ni tecnológica, sino civilizatoria. El orden liberal nacido tras 1945 —sustentado en el derecho internacional, el multilateralismo y un universalismo multicultural abstracto— solo fue viable bajo un mundo unipolar. Ese ciclo histórico se ha cerrado. El presente y el futuro son multipolares y, de manera inevitable, pluricivilizatorios. En ese escenario, las civilizaciones que conservan conciencia de sí mismas actúan; las que la pierden, se disuelven.

Europa es la fuente de Occidente. No una ideología ni un procedimiento administrativo, sino una civilización histórica nacida de una síntesis singular: Grecia aportó la razón y la política; Roma, el derecho, el Estado y la idea de orden; el mundo germánico, la libertad concreta frente al poder arbitrario y una ética del deber. El cristianismo no sustituyó estas herencias: las articuló y elevó, dotándolas de sentido moral, histórico y trascendente. Sin cristianismo, Europa es incomprensible.

La decadencia europea comienza cuando se olvida esta identidad y se confunde Europa con una modernidad técnica y material presentada como única vía de «civilización». Ese desarraigo no moderniza: desvincula. La pérdida no es material, sino de origen. Cuando Europa deja de reconocerse en su eje romano-germano-cristiano, sustituye la identidad por el procedimiento y la conciencia histórica por la gestión tecnocrática. A ello se suma una inmigración masiva de culturas foráneas no integradas, que acelera la disolución cultural. El resultado es letal para cualquier civilización: vaciamiento, sustitución identitaria y pérdida de continuidad histórica.

Cuando Europa deja de reconocerse en su eje romano-germano-cristiano, sustituye la identidad por el procedimiento y la conciencia histórica por la gestión tecnocrática

En esta lectura ampliada de Europa como civilización, Rusia ocupa también su lugar. No como anomalía ajena, sino como antiguo faro de la Europa oriental bizantina, heredera del Imperio Romano de Oriente y del cristianismo ortodoxo. Tras la caída de Constantinopla y Bizancio, perdidas frente a la presión de la civilización islámica, se quebró un eje civilizatorio europeo que articulaba el Mediterráneo oriental y los Balcanes. Desde entonces, Europa oriental ha retrocedido territorial y culturalmente bajo la presión de otras civilizaciones —especialmente del islam y de Asia—, mientras Rusia asumía, con tensiones y contradicciones, el papel de continuadora histórica de esa Europa bizantina desplazada. Entendida así, Rusia no es un «otro» radical, sino parte de una Europa ampliada, definida por geografía humana, religiosa y cultural; excluirla empobrece y amputa la idea misma de Europa.

Desde esa matriz europea nace también Estados Unidos. No surge contra Europa, sino desde Europa. Su constitucionalismo, su geografía humana, su estética cívica y su concepción de los derechos como límites al poder remiten a la tradición europea, donde la libertad es siempre responsabilidad moral. Por eso, cuando Donald Trump advierte sobre una posible «desaparición civilizatoria» de Europa, no formula una provocación retórica: señala una vulnerabilidad del conjunto occidental, cuyo centro espiritual sigue estando en Europa, y denuncia que son liderazgos débiles los que erosionan ese legado fomentando la inmigración desordenada y despreciando la identidad europea.

Hispanoamérica no es periferia ni anomalía: es expansión coherente del tronco romano-cristiano

Hispanoamérica confirma, a través de la labor civilizatoria de España tras la Reconquista, que Europa es una civilización transmisible. Lengua, derecho, universidad, urbanismo, arte, moral pública y concepción del bien común expresan una Europa cristiana proyectada en el Nuevo Mundo. No se trató de una empresa de mera explotación, sino de una proyección histórica y espiritual. Como señaló Claudio Sánchez-Albornoz: «América no fue para España una tierra de explotación, sino una prolongación de su propio espíritu; América no fue descubierta, fue creada por España». Hispanoamérica no es, por tanto, periferia ni anomalía: es expansión coherente del tronco romano-cristiano, una Europa hecha lengua, derecho y cultura al otro lado del Atlántico.

Junto a Hispanoamérica, existen otros espacios que constituyen prolongaciones históricas de la civilización europea. Canadá, Australia y Nueva Zelanda comparten un mismo sustrato cultural: derecho europeo, tradición cristiana, humanismo y una concepción trascendente de la persona. No son realidades periféricas, sino expresiones de una Europa ampliada en su dimensión global.

La concepción occidental debe situarse por encima de las querellas históricas, los agravios acumulados y las luchas fratricidas que, entre pueblos europeos, han provocado millones de muertos y han dejado exhausta a la propia cultura occidental. En el mundo contemporáneo —globalizado en lo económico pero fragmentado en lo civilizatorio— ya no deberían regir las viejas rivalidades interestatales europeas, sino la afirmación de grandes bloques civilizatorios con identidad, intereses y proyectos propios.

Las disputas entre europeos deben ser superadas en favor de la colaboración y la complementariedad estratégica, no de la confrontación interna

En este contexto, las disputas entre europeos deben ser superadas en favor de la colaboración y la complementariedad estratégica, no de la confrontación interna, que solo debilita al bloque occidental frente a competidores reales como China. Las dos guerras mundiales demostraron con brutal claridad que la división de Europa contra sí misma conduce a la autodestrucción y a la pérdida de centralidad histórica.

El mundo que viene lo confirma: China actúa como civilización-Estado; India se afirma como polo autónomo; el mundo islámico se articula desde fundamentos propios. Ninguno se concibe «multicultural». Todos protegen identidad e interés. Solo Occidente duda de su legitimidad, sustituyendo la afirmación cultural por la autocrítica permanente.

Aquí está la disyuntiva. En un orden pluricivilizatorio, la neutralidad cultural no existe: quien renuncia a ser civilización termina siendo espacio de influencia de otra. Reforzar el bloque occidental no es nostalgia ni ideología; es realismo histórico. Y para Europa, ese refuerzo pasa por reconectar con su eje identitario —la raíz cristiana occidental y oriental—, no para regresar al pasado, sino para recuperar una memoria activa capaz de orientar el futuro.

No se trata de inventar nada nuevo, sino de reanudar una historia profunda que fue interrumpida. Sin esa memoria, Europa se disuelve. Con ella, Occidente vuelve a saber quién es. Y solo quien sabe quién es puede sobrevivir en el mundo que viene.

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