Fundado en 1910
Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

Estados Unidos, China y Rusia: La Historia nunca había terminado

El orden internacional ha entrado en un nuevo momento y la multiplicidad de conflictos y el auge de un mundo multipolar en el fondo libran una sola y única gran batalla: el detrimento de la hegemonía estadounidense

Estados Unidos y China son dos potencias, pero aún muy distantes a nivel militar

Estados Unidos y China son dos potencias, pero aún muy distantes a nivel militarEl Debate

Una recopilación de artículos de Claudio Magris de 2006, La storia non è finita, inspira este título con alguna variación. Se trata de una respuesta a aquel final de la historia proclamado por Fukuyama (1991), tras la caída del Muro de Berlín y poco después de la unificación de Alemania.

Por entonces, Europa Central y Oriental se liberaban de las cadenas del comunismo y de un conflicto frío que enfrentaba a la Unión Soviética socialista y autoritaria con el capitalista, liberal y democrático Estados Unidos. Nos hacían pensar que, agotadas las ideologías, la democracia liberal y la economía de mercado se consolidaban como el sistema final y más deseable, por fin habíamos llegado al punto final del desarrollo político de la humanidad.

Durante treinta años hemos vivido bajo la apariencia de un mundo unipolar dominado por Estados Unidos, única superpotencia indiscutible. El orden internacional liberal había ganado la partida bajo la ilusión de una «paz perdurable» reinante desde 1995.

Treinta años después podemos decir que el curso de la Historia comienza a virar hacia un rumbo incierto.

El orden internacional ha entrado en un nuevo momento: cuatro años de guerra en Ucrania, los conflictos en Oriente Medio, la multiplicidad de conflictos y el auge de un mundo multipolar en el fondo libran una sola y única gran batalla: el detrimento de la hegemonía estadounidense y el crecimiento formidable de China como potencia. Actores internacionales como Rusia e Irán, la inclinación del llamado Sur Global, concepto propiamente chino y el auge de alternativas económicas, como los BRICS, o comerciales, como la nueva «Gran Ruta de las Seda», habrían modificado el tablero internacional en un desorden desafiante hacia la hegemonía occidental.

La administración norteamericana de Donald Trump ha apostado por jugar fuerte en esta nueva situación. Estados Unidos asume la ausencia de normas internacionales y conciben el poder y la seguridad de manera similar a McKinley y Roosevelt. El primero en 1898 causó el desastre final de la hegemonía colonial española y, tras su muerte en un atentado anarquista, Roosevelt consolidó a EE.UU. como potencia mundial.

Para la política de seguridad nacional de Trump la economía desempeña un papel decisivo de ahí su énfasis en la «reindustrialización», el proteccionismo y la autosuficiencia; su objetivo es recuperar la edad de oro de la industria manufacturera estadounidense, como a finales del siglo XIX cuando la economía se industrializó. Trump también da prioridad a una lógica aplicada a la política en materia de tecnología, alianzas, desarrollo, y apropiación de recursos naturales. Tanto en Venezuela como en Groenlandia busca sus importantes reservas de petróleo y minerales.

Así mismo, para la Administración Trump, los recursos energéticos, las cadenas de suministro y los intereses económicos son su prioridad frente al control global de China. Pero su asertividad le lleva a la búsqueda de anexión o protectorado de territorios, a negociar acuerdos comerciales, construir y arrendar puertos y asegurar los derechos mineros. Así, Trump manifiesta su declaración de intenciones de adquirir el Canal de Panamá, Canadá, Gaza, Groenlandia y Venezuela.

La captura de Maduro o sus pretensiones sobre Groenlandia siguen la lógica de la Doctrina Monroe, «América para los americanos», para estabilizar el hemisferio occidental, desde el Ártico hasta el cono sur.

Es cierto que James Monroe en 1823 no disponía de la fuerza suficiente para imponerse sobre las naciones europeas de entonces en sus dominios coloniales en América, pero ahora Trump sí tiene la capacidad de imponer su hegemonía en toda América.

La Administración Trump ha resucitado una visión del mundo que hace hincapié en la riqueza, la geografía y la civilización. Por supuesto, no es la religión imperial «wokista» que imponía Biden y los liberales progresistas que han metido en crisis a las democracias occidentales.

Trump y los suyos tiene un proyecto distinto que le enfrenta con las elites que dirigen Europa y que sitúa a Europa en una difícil situación. Según Trump, América necesita un mayor espacio vital en el mundo y contrarrestar a China su ampliación sigilosa y global.

Venezuela ha entrado en un curioso proceso de transición tutelada por Estados Unidos, Irán ha explotado en una rebelión interna que sin duda el régimen islámico va a reprimir con toda su fuerza. Si nos fijamos, ambos países eran quienes hacían el trabajo sucio y en vanguardia a las potencias rivales a EE.UU., es decir, China y Rusia.

El tablero internacional es distinto, se ha desplazado considerablemente en cuatro años y en el inicio de 2026 parece que hayamos entrado en otro nivel de juego. Los relatos pijo-progresistas ya no caben para explicar lo que está ocurriendo. Sin duda la política exterior de Donald Trump es arriesgada: dice lo que hace, aunque no hace todo lo que ha dicho. Enfrente una China enmudecida pero paciente y constante en sus objetivos y una Rusia atronadora que amedrenta a toda Europa Occidental obstinada aún en el «ideal de la paz perpetua», en el «wokismo» y aferrada a un «fin de la historia» que nunca había tocado su fin.

El curso de la historia se desplaza, avanza peligrosamente por un camino desconocido y vacilante.

La era de las ilusiones se ha acabado porque, aunque no nos dábamos cuenta, la Historia nunca había terminado.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas