Fundado en 1910

El final de Maduro obliga a las oposiciones venezolana y cubana a replantearse estrategias

Venezuela no está aún «en condiciones de impulsar ningún tipo de proceso democrático», asegura a El Debate el opositor Juan Carlos Sosa

Fotomontaje de María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y José Daniel Ferrer

Fotomontaje de María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y José Daniel FerrerFotomontaje de David Díaz

María Corina Machado se vio obligada a pasar el control de seguridad para poder acceder a la Casa Blanca y poder reunirse con Donald Trump el pasado 15 de enero. Más: no se permitió la presencia de cámaras televisivas durante el encuentro celebrada en el Despacho Oval. La degradación protocolaria de la Premio Nobel de la Paz 2025 y principal referente de la oposición venezolana al régimen encarnado primero por Hugo Chávez y después por Nicolás Maduro fue, probablemente, injusta.

Pero reflejaba una cruda realidad política: de momento, Washington no apuesta por los líderes de la oposición histórica para regir los destinos de la nueva Venezuela, pese a que varios de ellos tengan experiencia de gestión como alcaldes o ministros. No habrá, por lo tanto, vuelta triunfal a Caracas de Edmundo González Urrutia, vencedor de los comicios presidenciales de 2024, acompañado de Machado. Por lo menos a corto plazo.

El presidente de Estados Unidos, siempre tan locuaz, se ha limitado a decir que «podría contar» con Machado en un futuro; sin precisar cual. Uno de sus argumentos, que parece sólido, reside en su duda de que los jefes militares y de Inteligencia del chavismo hubieran acatado la autoridad de González Urrutia o Machado. Además, tampoco ha obligado a la presidenta interina que él impuso, Delcy Rodríguez –ya se verá cual es la duración de la interinidad–, a fijar un calendario preciso de transición hacia la recuperación de una democracia plena.

Preguntado por El Debate acerca de esta privación de poder que afecta a la oposición, Juan Carlos Sosa Azpurúa, excandidato a las primarias hace ya años y ensayista que no quiso emprender el camino del exilio, hace desde Caracas un balance severo: «La oposición venezolana es una amalgama de factores ideológicos contrapuestos y de intereses bastante cuestionado, sumamente desprestigiada en Venezuela y rechazada por un porcentaje importante de la población porque prácticamente toda ella fue responsable del Gobierno interino del señor [Juan] Guaidó que, como sabemos, no solamente no cumplió con sus funciones ejecutivas, sino que, además, hizo un manejo bastante cuestionable de los fondos de la ayuda humanitaria y de los activos de Venezuela en el exterior».

La consecuencia fue que esos errores «desprestigiaron mucho a esa oposición, básicamente integrada por sus líderes más reconocidos. Son los mismos que brindaron la plataforma política a María Corina Machado para que lanzaran a González Urrutia como candidato presidencial en 2024, un señor que fue embajador en Argentina de Chávez y que fue escogido a dedo por algunos de los personajes más nefastos de la Mesa de la Unidad Democrática, como Manuel Rosales».

En relación con González Urrutia, se podría objetar que se puede servir de buena fe a un régimen en sus inicios antes de distanciarse y romper con él.

Mas Sosa Azpurúa no cesa en su carga: «El periodo prolongado de depuración también estará caracterizado por la reactivación del aparato económico a partir de las inversiones que se hagan en petróleo, garantizadas por la fuerza de Estados Unidos».

Después, y solo después, «eventualmente habrá un periodo de transición. Y, si todo sale bien, pues a lo mejor se podrán convocar unas elecciones transparentes, libres y democráticas, una vez que se depure el sistema electoral venezolano porque se tiene que hacer un censo, limpiar un padrón electoral –que tiene millones de fantasmas– y depurar a las Fuerzas Armadas, que son las custodias de las cajas donde se depositan los votos».

Solo si se cumplen estos requisitos, «saldrán nuevos líderes, entre ellos algunos de los conocidos hoy en día, como María Corina Machado. Ese momento va a tardar y debería tardar porque Venezuela no está en condiciones de impulsar ningún tipo de proceso democrático».

De Venezuela a Cuba, cuyos líderes opositores exiliados observan con detenimiento lo que ocurre en Caracas, sabedores de que es una hipótesis que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, repita en la isla una operación similar a la que acabó con Nicolás Maduro. Una operación que les ha dejado algo descolocados, pese a la alegría del encarcelamiento del dictador venezolano. Se muestran más discretos estos últimos días en redes sociales, por ejemplo.

Bien es cierto que padecieron un contratiempo en los últimos días en el poder de la Presidencia de Joe Biden, cuando desde el Departamento de Estado se llegó a un acuerdo con el régimen comunista cubano para la liberación de algunos presos políticos. En los años que precedieron este arreglo, numerosos activistas cubanos se desplazaron en múltiples ocasiones a la sede de la diplomacia estadounidense para pedir a sus responsables que no iniciaran ningún tipo de diálogo con La Habana.

La reciente aprobación de una enmienda en la Eurocámara pidiendo la suspensión del diálogo entre la Unión Europea y Cuba es una culminación innegable de los esfuerzos desplegados por esos mismos activistas. Con todo, habrá que ver si la Comisión Europea y el Consejo Europeo se ciñen a lo exigido por la Eurocámara.

En cuanto a las relaciones de estos opositores con la Administración Trump, una fuente radicada en Miami que prefiere preservar su anonimato asegura a El Debate que «hay canales de consulta constante con algunas personas», si bien no cree «que esta Administración quiera poner ciegamente en sus manos la transición como hicieron en Irak con fatal resultado».

Sin obviar la sempiterna división que impera entre los opositores exiliados: sin ir más lejos, El Debate recibió el pasado verano una convocatoria suscrita por 52 organizaciones del exilio cubano.

Y faltaban varias. El antiguo preso político José Daniel Ferrer, exiliado en Florida desde octubre, lamentaba recientemente en las páginas de El Debate las «guerras de egos» que asolan a las diversas organizaciones.

Queda el caso de los disidentes del interior de la Cuba. Según la fuente, «solo alrededor de 5.000 cubanos [sobre una población de diez millones] están afiliados a un grupo opositor». Lo cual no es óbice para que la dictadura se siga cebando con disidentes.

Según la fuente, la «represión se ha incrementado contra cualquier persona que exprese protestas, pero no específicamente contra la oposición organizada». Ha sido el caso en los últimos días de los sacerdotes Alberto Reyes y Cástor Álvarez, que han padecido en sus propias carnes la crueldad de la Seguridad del Estado.

¿Por qué ignora el régimen a la oposición organizada? «Probablemente porque no los consideran un peligro importante. No son los que han encabezado las protestas públicas desde el 11 de julio de 2021, son grupos aislados y la población no se les une por temor a que estén infiltrados (lo cual no es un temor descabellado) y en esas circunstancias no son el reto principal del poder».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas