Irán, diez semanas después
La única garantía de invulnerabilidad creíble que hoy por hoy da la tecnología está en la distancia. Quien dispone de armas de mayor alcance puede atacar seguro
Dos motociclistas en el centro de Teherán, Irán, el pasado 10 de mayo
Lejos de los titulares de los medios más importantes, el lector interesado podía encontrar ayer en la prensa hebrea una noticia preocupante: el ejército israelí está investigando el impacto de un dron FPV de Hezbolá sobre uno de los lanzadores del sistema Iron Dome y, lo que es más importante, tomando medidas para evitar que se repita.
¿El cazador cazado? Por una vez, sí. ¿Tenemos entonces que replantearnos lo que hoy sabemos sobre la tecnología militar? No exactamente. También el David bíblico venció a Goliat y, realidad o leyenda, el suceso no vino a cambiar el arte de la guerra.
Cuestión de probabilidad
Casi todos los años mueren algunas personas en España por la caída de un rayo. Por raras que sean, esas cosas ocurren. Menos improbable es que un pequeño dron controlado por cable de fibra óptica, sin emisión alguna que lo delate y volando a baja altura y velocidad, escape a la vigilancia de los radares israelíes, diseñados para detectar objetivos más veloces. A algunos les sorprenderá que las poco eficaces armas antiaéreas iraníes puedan derribar aviones de combate estadounidenses, dotados de sofisticados sistemas de detección de misiles y de disparo automático de contramedidas. Aun así, como sabe el lector, un moderno cazabombardero F-15E y un remozado avión de ataque A-10 cayeron al suelo en los últimos días de la campaña aérea contra Irán, víctimas de algunas de las armas que estaban diseñados para evitar.
La única garantía de invulnerabilidad creíble que hoy por hoy da la tecnología está en la distancia. Quien dispone de armas de mayor alcance puede atacar seguro, como intuíamos cuando, de niños, sin saber nada de los principios de la milicia, cantábamos desafiantes eso de «la manga riega, aquí no llega».
Algo parecido podrían cantar los marinos de los EE.UU. desplegados en el mar de Arabia. Mientras Irán no disponga de misiles balísticos capaces de atacar blancos móviles —algo que, pese a la propaganda rusa y china, todavía no está del todo inventado— ellos tienen el brazo considerablemente más largo que sus enemigos. Por desgracia para la US Navy, sus buques tendrían que renunciar a esa ventaja para dar escolta a los mercantes en el estrecho de Ormuz. De ahí la insistencia de Donald Trump en que, como solía decir Homer Simpson cuando había que realizar tareas particularmente enojosas, «eso lo haga otro».
El talón de Aquiles de los EE.UU.
¿Qué pasa si se pierde un avión, si un piloto cae prisionero o si un lanzador del idealizado sistema Iron Dome resulta destruido en un ataque afortunado? Desde el punto de vista militar, absolutamente nada. La guerra es la guerra y lo normal es que se produzcan bajas en ambos bandos. Desde el punto de vista político, sin embargo, es un golpe que las ablandadas sociedades occidentales no están dispuestas a aguantar en una contienda que, si exceptuamos a los ciudadanos de Israel, no les dice nada. Es verdad que Ucrania resiste todos los días los criminales bombardeos de sus ciudades… pero, a pesar de lo que dice el presidente Trump, pocos de sus conciudadanos creen que Irán esté interesado en atacar a los EE.UU.
Esta vulnerabilidad, que solo el voluble republicano parece no ser capaz de percibir —para sorpresa de todos, acaba de declarar ante las cámaras que no le preocupan en absoluto las finanzas de los norteamericanos, aunque es improbable que alguien le haya creído— es la que iguala las apuestas en la guerra de Irán. Una guerra que trumpérrimos y antitrumpérrimos ya se apresuran a dar por ganada o por perdida de acuerdo con sus prejuicios; pero que, como todas las demás, no terminará hasta que, de iure o de facto, el bando vencedor imponga condiciones al derrotado.
Los ayatolás tienen muy claro cuál es el talón de Aquiles de su enemigo. Aparentemente, ya le han perdido el miedo a Trump; y, por esa razón, se atreven a exigir a los EE.UU. condiciones tan disparatadas que equivaldrían a una victoria suya en la contienda. No son estúpidos, saben que el magnate no va a aceptar sus exigencias. Ellos se contentarían con que la guerra terminara mañana… y no me parece poca cosa después de que, desde su perspectiva —también los malvados tienen su corazoncito— una paz sin compensaciones dejaría impune a la potencia extranjera que asesinó a su líder político y religioso mientras pérfidamente ocultaba sus intenciones negociando con él. Sin embargo, si se les pide ir más lejos en su humillación, es probable que prefieran dejar pasar el tiempo hasta ver si el cadáver de su enemigo termina pasando por su puerta. Con o sin bombardeos, y sin importarles tanto como a Trump que esté cerrado o abierto el estrecho de Ormuz.
La estrategia de salida
En el otro bando, no parece que Donald Trump tenga las ideas tan claras. Sigue contradiciéndose todos los días, vendiendo ayer un acuerdo cercano, advirtiendo hoy de que está a punto de reanudar los bombardeos y asegurando mañana que, en realidad, todo eso a él no le importa demasiado… para volver a empezar el ciclo el día siguiente. Quizá siga creyendo que puede rendir al régimen iraní con amenazas que, de tan repetidas, parecen vacías; pero, a estas alturas —la cabra tira al monte— es más probable que sueñe con doblar las rodillas de los ayatolas con un bloqueo económico como el que tan poco éxito ha tenido en Corea del Norte o Cuba.
Con todo, si por una vez permitiera que los factores estratégicos prevalecieran sobre lo que él siente en sus huesos, lo cierto es que Trump sigue teniendo entreabierta la puerta de salida. No sería el triunfo colosal con el que él soñaba, pero el desbloqueo del estrecho Ormuz por ambas partes pondría fin a la guerra de manera inmediata y con cierta ventaja para los agresores.
Alguien debería recordarle a Trump que el statu quo con Irán —ese enfrentamiento de 47 años al que la guerra buscaba poner fin— ya ha sido modificado de facto a lo largo de las seis semanas de bombardeo. No de forma permanente ni definitiva, claro. Nada lo es y menos si se impone por la fuerza. Sin embargo, intuyo que no es la temporalidad lo que le preocupa a un presidente aparentemente incapaz de diferenciar sus intereses de los de los EE.UU. Él quiere lo único que no puede tener: que los ayatolás reconozcan que ha ganado la guerra.
Es paradójico que sea precisamente Trump, un presidente que parece incapaz de respetar por la tarde cualquier acuerdo suscrito por la mañana, quien dilapide su legado en busca de un papel firmado por los mendaces iraníes que, por otra parte, siempre han negado con palabras lo que prueban sus hechos sobre su ilegal programa nuclear. Un papel que, ausente la buena fe por ambas partes, no tendría otro valor que el de acreditar la victoria del magnate ante el número creciente de sus detractores.
El caso es que, si fuera por papeles, Washington ya tenía uno firmado por el presidente Obama que todos sabemos para qué sirvió. Ahora que, por desgracia, Irán ha dejado de ser un estado paria gracias al apoyo prestado a Putin en Ucrania, no parece que Trump vaya a conseguir otro más prometedor. Y, mientras el magnate deshoja su particular margarita —un día amenaza con reanudar los bombardeos, pero el siguiente avergüenza a sus militares pasando por alto los ataques iraníes a sus buques de guerra— el tiempo pasa, el mundo se empobrece y la figura de Donald Trump, dentro y fuera de los EE.UU., se va convirtiendo en un lastre capaz de hacer antipática a la OTAN, arrastrar al abismo a sus aliados políticos —Orbán es solo el caso más visible— y reflotar, esperemos que no lo suficiente, a quienes presumen de ser sus enemigos.