La necesidad de unidad y defensa europea
Los lazos de seguridad de Estados Unidos con Europa se están deshilachando. Incluso antes de que la guerra en Irán volviera a situar a Oriente Medio en el primer plano de las preocupaciones de los responsables políticos
Foto de familia de la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en Helsingborg, Suecia
La Administración de Donald Trump ha criticado continuamente a los países europeos por sus contribuciones insuficientes a la defensa colectiva y ha amenazado con reducir el número de fuerzas estadounidenses a disposición de la OTAN durante las crisis. Nunca deja de citarse al Gobierno de Pedro Sánchez, a la cabeza de esta falta de compromiso y su pésima política exterior.
Pero la verdad es que el cambio subyacente en las relaciones transatlánticas es estructural y no personal. Incluso si las futuras administraciones son menos hostiles hacia la OTAN, es poco probable que Estados Unidos revierta su alejamiento general de Europa. Como resultado, los debates sobre el rearme y la integración de la defensa se han convertido en un tema candente en las capitales de todo el continente.
Los lazos de seguridad de Estados Unidos con Europa se están deshilachando. Incluso antes de que la guerra en Irán volviera a situar a Oriente Medio en el primer plano de las preocupaciones de los responsables políticos, Estados Unidos ya estaba desplazando su atención de Europa hacia la disuasión de China en la región indo-pacífica. Este cambio se produce en un momento delicado, con Rusia presionando al continente desde su flanco oriental mientras lucha por someter a Ucrania.
Sin embargo, los líderes europeos siguen sin ponerse de acuerdo sobre la rapidez con la que pueden actuar y lo que pueden lograr. Pero con suficiente gasto, planificación y voluntad, el continente debería ser capaz de reunir suficientes tropas y armas convencionales y reducir drásticamente (si no eliminar por completo) la necesidad de contar con fuerzas terrestres estadounidenses a gran escala en Europa en el plazo de una década. Y dado que tanto Francia como el Reino Unido poseen arsenales nucleares, profundizar la cooperación con Londres y París también podría reforzar la disuasión nuclear de Europa.
Europa necesita unidad y un plan para garantizar un acceso fiable a este conjunto de facilitadores militares en el futuro previsible. Debería proponer un nuevo acuerdo transatlántico que cree incentivos financieros y estratégicos duraderos para que Estados Unidos siga proporcionando estas capacidades militares críticas. Hacerlo ayudaría a reducir el riesgo de que un Washington cada vez más descomprometido recorte abruptamente parte o la totalidad del apoyo, e inyectaría una dosis de estabilidad en la alianza en esta era de incertidumbre estratégica.
Tras la invasión de Rusia, Estados Unidos proporcionó a Kiev información militar sobre objetivos, estableció una compleja línea logística de suministro de armas, protegió al país de los ciberataques rusos y, mediante esfuerzos de entrenamiento a largo plazo, contribuyó al desarrollo de la ágil y descentralizada estructura de fuerzas de Ucrania. Estos y otros facilitadores estadounidenses no son la única razón por la que Kiev evitó una conquista a gran escala, pero fueron esenciales.
Los líderes europeos son conscientes del alejamiento de Estados Unidos del continente. El más despistado de todos es Pedro Sánchez, teniendo en cuenta que, ahora, con el cambio político en Hungría, la unidad de criterios europeos respecto a fortalecer la OTAN es más sólida.
Muchos de ellos, siguiendo al presidente francés, Emmanuel Macron, reclaman ahora que Europa se vuelva lo más autónoma posible de Estados Unidos, lo antes posible. Pero sustituir adecuadamente las capacidades facilitadoras de Washington será extremadamente difícil.
Si los europeos llegan a la conclusión de que necesitan algo más que una capacidad de apoyo limitada, tendrán que aceptar que limitaciones estructurales obstaculizan la capacidad de Europa para sustituir adecuadamente el conjunto completo de medios de apoyo estadounidenses en un futuro próximo. Una de ellas es, sencillamente, el dinero.
En la actualidad, Europa solo cuenta con un mosaico de medios de apoyo distribuidos de forma desigual entre sus Estados. Para cubrir las numerosas carencias, Europa necesitaría gastar más de lo que sus gobiernos a lo mejor pueden recaudar, especialmente mientras dan prioridad a la reconstrucción de la potencia de combate convencional.
Es importante tomar en consideración que, si Europa lograse reunir a medio plazo un conjunto de capacidades que pudieran sustituir eficazmente a las de Estados Unidos, se enfrentaría a una formidable barrera política.
El continente tendría que coordinar su uso, y requeriría un grado de unidad en la planificación estratégica del que Europa, con sus diversas culturas estratégicas nacionales, intereses industriales y limitaciones políticas, carece actualmente. Las prioridades estatales contrapuestas y los debates sobre el liderazgo tienden a prevalecer sobre la optimización colectiva. La cooperación es posible, pero será lenta, desigual y a menudo controvertida.
Siendo realistas, si Europa tuviera dificultades para defenderse, que hoy por hoy las tiene, sin la ayuda estadounidense, los líderes del continente necesitarían un plan para asegurarse de que Washington siga proporcionando sus capacidades. Y la mejor manera de hacerlo sería crear un acuerdo estructurado a medio plazo mediante en el cual los aliados europeos contribuyan por la infraestructura de apoyo que sustenta la defensa colectiva de la OTAN.
La cuestión ya no es si Europa debería asumir la responsabilidad principal de su defensa. Debe hacerlo. El reto es cómo gestionar esa transición sin socavar la disuasión y la eficacia de la OTAN.