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La planta de enriquecimiento nuclear de Natanz, en el centro de Irán, tras los ataques de Estados Unidos e Israel

La planta de enriquecimiento nuclear de Natanz, en el centro de Irán, tras los ataques de Estados Unidos e IsraelAFP

Netanyahu y la oposición acuerdan que Israel eliminará el uranio iraní si Estados Unidos no lo hace

Sea por decisión de Donald Trump si se siente engañado por la teocracia islámica, o por el Estado judío si no comprueba que se eliminó la amenaza iraní, el plan nuclear de los ayatolás tiene un futuro muy dudoso

En una reunión reservada, pero cuyo contenido esencial se filtró, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y los principales candidatos a sucederlo acordaron que si el diálogo con Irán no elimina totalmente el uranio enriquecido, Israel se ocupará del hacerlo, con o sin el aval de Estados Unidos. Como de todas formas el mismo está sepultado por los bombardeos de junio de 2025 y se ignora en que estado se encuentra, los planes de acción están en desarrollo, y cualquier acción será posterior a las elecciones legislativas de noviembre. Se supone que desde ese momento Donald Trump tendrá las manos libres para el resto de su mandato.

El acuerdo ha provocado una rara coincidencia entre republicanos y demócratas. Legisladores de ambos partidos han exigido que cualquier pacto definitivo pase por el Congreso y sea sometido a votación. Las críticas más duras llegaron de figuras republicanas normalmente afines al presidente. El senador republicano por Luisiana, Bill Cassidy, calificó el acuerdo de «tremendo error de política exterior» y advirtió que, como se conoce hasta ahora, «Irán termina más fuerte mientras nuestros aliados terminan más débiles». También sostuvo que Teherán habría aprendido que, amenazando el estrecho de Ormuz, puede «hacer que el mundo occidental baile a su ritmo». El senador Lindsey Graham, aunque consideró positivo el marco inicial, admitió que su gran duda es si Irán renunciará realmente a sus ambiciones nucleares y al apoyo a grupos terroristas.

Con las críticas creciendo en el Capitolio, la Casa Blanca se movilizó para aclarar su versión del acuerdo. El objetivo fue desmentir que Washington haya cedido ante Teherán y mostrar el texto como un marco de negociación, no como un acuerdo definitivo. Los responsables aseguraron que EE.UU. no ha prometido aportar dinero para la reconstrucción de Irán, sino únicamente permitir inversiones de terceros países si Teherán cumple sus compromisos; que el levantamiento de las sanciones está vinculado al desmantelamiento del programa nuclear; y que el acceso a fondos congelados solo se produciría de manera gradual y condicionado a lo que describieron como «buen comportamiento».

También recalcaron que Washington no se hace ilusiones sobre las intenciones iraníes. Subrayaron que parten de la premisa de que la República Islámica puede mentir o incumplir lo pactado y que, por ello, cualquier acuerdo final deberá apoyarse en inspecciones, mecanismos de verificación y capacidad de supervisión permanente. El mensaje de esas fuentes fue que la Administración está dispuesta a intentar una salida negociada, pero mantiene intactas todas las opciones.

Las crecientes críticas al acuerdo con Irán se han visto agravadas por otro factor especialmente sensible para los republicanos: la dureza inédita de Trump hacia Netanyahu y su insistencia en que Israel actúe con más contención en el Líbano para no poner en peligro las negociaciones con Teherán. El presidente llegó a afirmar que «sin mí, no habría Israel», y advirtió que Netanyahu «tiene que ser más responsable respecto al Líbano».

Para muchos legisladores, la idea de que EE.UU. presione a Israel para limitar su campaña contra Hezbolá mientras negocia con Irán resulta absurda. El malestar es notorio porque el apoyo a Jerusalén es uno de los consensos casi sagrados del Partido Republicano. Aunque muchos de esos dirigentes siguen respaldando a Trump en público, las críticas a Netanyahu y la percepción de que el acuerdo podría beneficiar a Teherán antes de obtener concesiones irreversibles ha empezado a abrir fisuras en el frente conservador y a alimentar la sensación de que el presidente está equivocado.

Diferencias de enfoque

Hasta hace unos meses, Trump tenía niveles de apoyo muy altos en Israel. Un índice del People Policy Institute encontró que el 73 % de los israelíes lo consideraban un presidente mejor que sus antecesores para los intereses de Israel. La situación cambió con las negociaciones y acuerdos recientes de EE.UU. con la dictadura teocrática, aunque ya antes había dolido el abandono del pueblo persa cuando se les dijo que «la ayuda está en camino» –nunca llegó– y el régimen masacró a 40.000 opositores. La cifra estremece, pero curiosamente casi nadie protestó en Europa. Dejó de ser noticia en unos días. Según una encuesta difundida por The Times of Israel, el 71 % de los ciudadanos afirma ahora no confiar en que Trump proteja sus intereses frente a Teherán, y sólo un 13 % sí confía.

La figura del vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, genera aún más enfado en Israel y grupos favorables al Estado judío en Washington. La propia Administración está dividida, con el secretario de Estado, Marco Rubio, oponiéndose a las concesiones de Vance y su visión «estilo Chamberlain». Sus declaraciones defendiendo el acuerdo con Irán y criticando públicamente a dirigentes israelíes fueron percibidas como una señal de alejamiento. Vance llegó a advertir a los críticos que Trump seguía siendo su principal aliado y cuestionó duramente a miembros del Gobierno.

De todos modos, no puede afirmarse que Israel en su conjunto haya abandonado a Trump. Muchos lo siguen viendo como un aliado histórico debido a políticas favorables, y la caída de confianza está vinculada específicamente al acuerdo con Irán y a las tensiones diplomáticas recientes, más que a un rechazo a su figura.

En resumen: hay una pérdida de confianza desde el acuerdo con Irán, y Vance se ha convertido en el centro de las críticas por sus declaraciones y su papel negociador. El mensaje de la Administración es que está dispuesta a intentar una salida pacífica, pero mantiene intactas todas las herramientas de presión económica y militar si Irán no cumple. Sin embargo existe la sensación de que el presidente está alejándose de algunas posiciones que definieron su primer mandato.

Medios israelíes especializados en defensa, analistas de Jane's y altos dirigentes políticos como Netanyahu, Naftali Bennett y Gadi Eizenkot coincidieron en que la cuestión central no es destruir instalaciones nucleares sino impedir que el uranio sobreviva al ataque.

Buscando dar jaque mate al plan nuclear

De la reunión entre el oficialismo y la oposición –que duró casi seis horas– surgieron coincidencias claras sobre las opciones y tiempos para actuar.

Técnicamente, Israel dispone de varias opciones que pueden emplearse de forma independiente o combinada, comenzando por ataques aéreos precisos contra instalaciones de enriquecimiento, accesos eléctricos, sistemas de ventilación y redes de control. La ventaja de esta aproximación es la capacidad de degradar rápidamente el uranio y lo que quede del programa nuclear. La limitación es que parte del material enriquecido podría encontrarse disperso, oculto o protegido en instalaciones enterradas profundamente. Obtener datos seguros y precisos resulta clave.

Otra opción seria una combinación de guerra electrónica, ciberoperaciones y sabotaje físico. El objetivo sería inutilizar equipos, contaminar procesos, alterar mediciones y dificultar la cadena de custodia del material nuclear, reduciendo la necesidad de un ataque aérea masivo.

Respecto a la extracción física del uranio la viabilidad es baja. Una operación de captura requiere superioridad aérea, Inteligencia muy precisa, control de zonas dentro de Irán y capacidad para retirar material sensible bajo amenaza. La mayoría de los analistas militares consideran más probable la neutralización del material que su extracción. En cuanto a las instalaciones enterradas, el debate técnico gira sobre si los medios disponibles pueden destruir completamente cámaras situadas a gran profundidad

Un factor importante tratado en la conversación de Netanyahu, Bennett y Aisenkot es la percepción sobre la fiabilidad de la política americana. Hubo preocupación por posibles cambios bruscos de posición en Donald Trump, dependiendo de la realidad política y estratégica del momento.

La participación o respaldo de actores regionales como los Emiratos Árabes Unidos influiría principalmente en aspectos de inteligencia, estabilidad regional y consecuencias económicas más que en una intervención militar directa.

Observando conjuntamente las valoraciones de expertos israelíes y militares vinculados a la OTAN, la hipótesis más realista sería una campaña multifase destinada a localizar y destruir el uranio enriquecido. La probabilidad técnica de degradar gravemente el programa nuclear iraní es alta, aunque la probabilidad de eliminar de forma absoluta cada kilo de uranio enriquecido es menor debido a la dispersión y el ocultamiento que Irán ha desarrollado durante años.

Sea por decisión de Trump si se siente engañado por la teocracia islámica, o por Israel si no comprueba que se eliminó la amenaza iraní, el plan nuclear de los ayatolás tiene un futuro muy dudoso.

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