El espejismo cubano: reformas económicas sin cambios políticos
Envejecida, deteriorada y cada vez más sola, la dictadura más longeva de Occidente se niega a morir y sabe que, dadas las circunstancias, necesita dejar de ser para seguir siendo
Soldados cubanos se dirigen a limpiar la basura acumulada debido al colapso del sistema de recolección de residuos en La Habana
A solo unos días de que el régimen cubano anunciara un paquete de medidas que desmonta parte del sistema económico del país, muere el comandante de la Revolución Ramiro Valdés, uno de los creadores del aparato represivo que ha permitido a la dictadura insular sobrevivir casi siete décadas. Curioso guiño ese, no cabe duda, puesto que las reformas apuntan al modelo económico del «socialismo», pero dejan intacta la obra del militar, conocido entre sus compatriotas con el sugerente apodo de 'Charco de Sangre'.
Con la muerte de Valdés, quien a sus 94 años ostentaba el cargo de viceprimer ministro, desaparece el más joven de los vértices del triángulo de los históricos de la «Revolución cubana»: le sobreviven Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura, ambos de 95 años. Los tres ancianos, junto con parte de la corte de funcionarios y hombres de su confianza, han sido señalados durante años como las anclas que paralizaban las reformas en la isla. Finalmente, las presiones de la Administración Trump, los cambios geopolíticos adversos a la izquierda y la crisis de dimensiones civilizatorias que atraviesa Cuba hicieron que las anclas se elevaran.
Mientras en Washington un portavoz del Departamento de Estado calificaba las reformas de «señales de humo superficiales del régimen cubano», Raúl Guillermo Rodríguez Castro –nieto de Raúl Castro e hijo del fallecido jefe del todopoderoso holding militar Gaesa– ofrecía a un medio norteamericano la primera entrevista de su vida y, sin más cargo público que su apellido, aseguraba que el régimen cubano no era una amenaza y que deseaba establecer con Estados Unidos una «relación civilizada, esa relación de respeto e igualdad».
Esta concatenación de hechos y las trayectorias de los involucrados dibujan el lienzo perfecto del punto en el que se encuentra el régimen cubano y de hacia dónde puede ir a partir de ahora.
Envejecida, deteriorada y cada vez más sola, la dictadura más longeva de Occidente se niega a morir y sabe que, dadas las circunstancias, necesita dejar de ser para seguir siendo. Hacia eso están encaminadas las medidas, a desmontar el sistema económico que la propia élite arruinó. Es la doctrina del shock que describió Naomi Klein, funcionando con precisión de manual: una crisis sostenida deja a la población exhausta y, en ese aturdimiento, se le imponen reformas que en tiempos normales rechazaría, diseñadas para beneficiar a unos pocos.
En el particular caso de Cuba, el mecanismo resulta aún más cínico, porque el incendiario capitaliza las cenizas de su propio fuego. Décadas de pésima gestión devastaron el país, y esa devastación es ahora el pretexto para liberalizar lo que fue propiedad pública –en gran parte, fruto de las expropiaciones de los años sesenta– y permitir que quienes la dilapidaron se conviertan en sus dueños.
El paquete aprobado el 18 de junio lo dice sin rodeos al establecer que la empresa estatal se transformará en sociedad mercantil por acciones, un Programa Nacional de Titulación de Activos emitirá certificados de propiedad y se autorizará la compra de acciones y bienes estatales por personas naturales y jurídicas, cubanas o extranjeras, con el solo requisito de acreditar el «origen lícito de los fondos». Traducido a la realidad, implica que el aparato que vació la economía se apresta a quedarse, ahora con escritura en mano, con lo poco que resta; porque es evidente que el 89 % de cubanos que vive en la pobreza no figurará entre accionistas ni inversores.
En paralelo, lanzan una ofensiva de seducción. Sentado durante la entrevista junto a Raúl Guillermo –el delfín sin cargos–, un viceministro invita a los empresarios estadounidenses a invertir en minería, turismo, banca y bienes raíces. «Vengan, que aquí los esperamos», parecen decir. El problema es que, terminada la función, el escenario no cambia, pues el sistema político permanece intacto, sin contrapesos ni tribunales independientes ni autoridad alguna capaz de garantizar que un contrato se cumpla o que un litigio se dirima sin que el dedo del poder incline la balanza. Quien ponga un dólar en Cuba lo hará con el único aval de la palabra de quienes llevan setenta años incumpliendo promesas.
El problema es que, terminada la función, el escenario no cambia, pues el sistema político permanece intacto
Al renunciar a parte del modelo económico que defendió durante décadas, pero no ceder un milímetro en lo político, el régimen admite que el socialismo nunca le importó, sino que era el envoltorio del poder y no su contenido. El propio relato que le sirve de base queda desmentido, porque demuestra que el principal freno al desarrollo de Cuba no es el «terrible bloqueo imperialista», sino las políticas de La Habana. Lo demás es coartada para alimentar la narrativa de la plaza sitiada con que justifican la represión.
Hoy las medidas responden a la presión de la Administración Trump, pero las administraciones pasan. Cuando dentro de dos años llegue otra a la Casa Blanca y afloje el cerco, donde dijeron digo dirán Diego, y las inversiones quedarán a merced del mismo poder discrecional de siempre. Ya ocurrió con el deshielo de Obama, revertido apenas el Air Force One despegó de la pista del aeropuerto de La Habana; volverá a ocurrir.
El nudo gordiano de este asunto es político, no económico. Mientras el poder real siga siendo un partido único encaramado por encima de la Constitución y de las instituciones del Estado, sostenido por el aparato represivo que erigió el comandante Valdés, ningún certificado de propiedad valdrá el papel en que se imprima. El sistema tendría que desaparecer como desapareció uno de sus arquitectos; mientras no lo haga, todo seguirá siendo, como lo llamó el portavoz del Departamento de Estado, señales de humo para ganar tiempo.