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El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dan la mano mientras posan junto a los líderes de la OTAN para una foto de grupo durante la Cumbre de la OTAN en el Complejo Presidencial de Bestepe en Ankara, Turquía

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN en AnkaraAFP

Israel busca impedir que Turquía se haga con los modernos cazas estadounidenses F-35

El acercamiento entre Washington y Ankara, promovido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reactivado inmediatamente una fuerte oposición parlamentaria. Congresistas de ambos partidos publicaron cartas solicitando impedir el acceso turco al poderoso F-35, mientras no se resuelva la cuestión relativa al sistema defensivo ruso S-400, las tensiones con Grecia e Israel, el apoyo a Hamás y la violación de los derechos humanos. La rapidez con la que se organizó esta respuesta revela hasta qué punto existe ya una estructura política consolidada, preparada para actuar cada vez que la cuestión reaparece en la agenda presidencial.

Desde la llegada de la nueva Administración, la posible normalización de las relaciones militares con Turquía ha reaparecido. Implica un debate muy sensible en la política de seguridad. La posibilidad de levantar las restricciones impuestas tras la adquisición turca del sistema S-400, o estudiar su reincorporación al programa F-35, ha desencadenado una intensa movilización política en el Congreso, entre expertos en seguridad y sectores proisraelíes. Se observa una convergencia de intereses muy amplia entre actores con motivaciones distintas, pero que llegan a la misma conclusión: limitar el acceso de Ankara a capacidades militares avanzadas constituye un objetivo de sus respectivas agendas estratégicas.

El primer elemento que explica esta convergencia es el profundo deterioro de la percepción americana sobre Turquía durante la última década. Hasta 2016, predominaba la visión de un aliado difícil, pero indispensable. Desde entonces, una sucesión de hechos ha transformado esa visión. La compra del sistema antiaéreo S-400 ruso fue interpretada como una decisión política que cuestiona la arquitectura tecnológica de la OTAN. La preocupación reside en la posibilidad de que Rusia pueda obtener información crítica sobre los sistemas electrónicos del avión. Este argumento, inicialmente de carácter técnico, terminó convirtiéndose en una cuestión de confianza política. A partir de ese momento, el Congreso comenzó a considerar que el problema ya era hasta qué punto Recep Tayyip Erdogan seguía compartiendo los intereses estratégicos de Washington.

Consenso bipartidista ante un dictador ambicioso

Sobre esta base se consolidó un consenso bipartidista poco habitual en la política exterior estadounidense. Tanto demócratas como republicanos comenzaron a coincidir en que cualquier relajación de las restricciones debía ir precedida por cambios verificables en la política de Ankara. La expulsión de Turquía del programa F-35 pasó a ser un instrumento permanente de presión. Incluso cuando sectores de la Administración han explorado fórmulas para mejorar las relaciones bilaterales, el Congreso ha mantenido una actitud restrictiva, consciente de que dispone de mecanismos legislativos capaces de bloquear transferencias de armamento avanzado. La cuestión turca constituye precisamente uno de esos casos en que distintos grupos estratégicos llegan, por razones diferentes, a recomendaciones similares.

Para Israel, la prioridad consiste en preservar su superioridad militar cualitativa. Para el Departamento de Defensa, el objetivo es proteger tecnologías sensibles. Para numerosos congresistas, la preocupación se centra además en la dictadura de Turquía y la creciente concentración de poder en Erdogan. El resultado es una coincidencia de intereses que provoca efectos políticos claros.

La preservación de la ventaja militar de Israel constituye probablemente el argumento más sólido y duradero dentro de esta coalición informal. Desde finales de los años sesenta, la política estadounidense ha asumido como principio estratégico que Israel debe conservar una superioridad tecnológica suficiente para hacer frente simultáneamente a posibles coaliciones regionales. Ese principio fue posteriormente incorporado a la legislación estadounidense y ha condicionado prácticamente todas las grandes ventas de armamento en Oriente Medio.

En consecuencia, cualquier transferencia de sistemas avanzados a un actor regional es evaluada también por su impacto sobre el equilibrio militar. La eventual entrega de F-35 a Turquía plantea precisamente ese dilema, ya que Ankara dispone de una industria aeronáutica sofisticada, una fuerza aérea numerosa y ambiciones expansionistas. Y Erdogan añora el viejo Imperio Otomano.

La guerra de la franja de Gaza y la crisis siria han reforzado todavía más estas preocupaciones. Las relaciones entre Israel y Turquía atraviesan su momento más tenso. Las duras críticas de Erdogan hacia el Gobierno israelí, el apoyo político otorgado a los terroristas de Hamás y la competencia entre ambos países por la configuración del futuro sirio, han llevado a numerosos responsables a considerar que Turquía representa un competidor estratégico directo. En ese contexto, proporcionar a Ankara capacidades aéreas comparables a las israelíes resulta visto por el establishment estadounidense como un riesgo innecesario.

Las publicaciones procedentes de medios israelíes muestran además una preocupación creciente por el fortalecimiento de la influencia militar turca en Siria, el Mediterráneo oriental y el Cáucaso. Desde esta perspectiva, la cuestión del F-35 no constituye un asunto aislado, sino un elemento más dentro de una competencia geopolítica mucho más amplia. Diversos analistas israelíes sostienen que la política exterior turca ha evolucionado hacia una autonomía estratégica que entra en conflicto con los intereses israelíes y americanos. Aunque estas evaluaciones no determinan automáticamente la política de Washington, sí fortalecen un clima favorable al mantenimiento de las restricciones existentes.

Huckabee, más que embajador un «peso pesado»

El papel desempeñado por Mike Huckabee merece atención. Como embajador estadounidense en Israel, Huckabee representa uno de los perfiles políticos más claramente identificados con las posiciones de Israel dentro de la Administración Trump. Su peso no deriva exclusivamente de su cargo diplomático, sino de su influencia sobre el presidente –es de los contados políticos que Trump respeta desde siempre– y sobre amplios sectores del Partido Republicano. Su influencia contribuye a fortalecer un entorno político especialmente receptivo a las preocupaciones de Jerusalén. Huckabee, muy popular en la comunidad evangélica, funciona como un poderoso transmisor de las percepciones israelíes hacia los centros de decisión estadounidenses.

El Wall Street Journal ha señalado que cualquier intento presidencial de desbloquear el acceso turco al F-35 encontrará una oposición considerable tanto dentro del Congreso como entre responsables de seguridad nacional. Esta resistencia institucional refleja una característica fundamental del sistema político estadounidense: la política de exportación de armamento no depende sólo de la voluntad presidencial, sino de un complejo entramado de controles legislativos, evaluaciones técnicas y consultas interinstitucionales. Incluso un presidente favorable a una aproximación con Ankara necesita construir un consenso mucho más amplio del que actualmente parece existir.

Un aspecto particularmente relevante es que muchos de los actores que hoy defienden restricciones adicionales no mantienen posiciones idénticas respecto a Turquía. Algunos consideran que el principal problema sigue siendo el S-400. Otros priorizan las relaciones entre Ankara y Moscú. Algunos centran su preocupación en Siria y las milicias kurdas. Los sectores próximos a Israel enfatizan el deterioro de las relaciones bilaterales y la necesidad de preservar su ventaja militar cualitativa.

Defensores de Grecia y Chipre subrayan las disputas en el Mediterráneo oriental. Los promotores de los derechos humanos ponen el foco en la represión interna turca. La coincidencia práctica entre todos ellos implica la existencia de una amplia suma de intereses. La suma de todos ellos genera una barrera política extraordinariamente difícil de superar. La fortaleza de esta coalición reside precisamente en su diversidad.

Existe una coincidencia estratégica entre intereses israelíes, preocupaciones tecnológicas del Pentágono, prioridades legislativas del Congreso, evaluaciones de Inteligencia y percepciones críticas sobre la política exterior de Erdogan. Esa convergencia ha creado un entorno político en el que cualquier Administración estadounidense favorable a mejorar las relaciones militares con Ankara debe enfrentarse a una resistencia institucional amplia, transversal y estable.

Mientras persista el despliegue de los S-400, las tensiones entre Turquía e Israel, las disputas en el Mediterráneo oriental y la percepción de que Ankara mantiene una política exterior autónoma respecto a Occidente, resulta improbable que desaparezca esta coalición opositora. Se trata de la forma en que una parte sustancial del establishment estadounidense evalúa el papel irresponsable y agresivo de Turquía en Oriente Medio y la propia OTAN.

Armar a Turquía equivale a fortalecer a un actor autoritario y expansionista. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante sus visitas a Estados Unidos y en entrevistas con medios americanos, subrayó en estos días la necesidad de que Washington evite fortalecer a Erdogan. Argumentó que Turquía no es un socio confiable; ocupa parte de Chipre y desafía a Grecia. Asimismo su ambición sobre Siria, Libia y el Cáucaso responde a una agenda islamista opuesta a todo valor democrático.

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