Lindsey Graham, el penúltimo halcón
Llorado en Jerusalén y Kiev, el senador ha muerto reconciliado con Trump y discutido por la base del partido que le llevó de Carolina del Sur a Washington
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al senador republicano Lindsey Graham
Hacía un rato que ondeaba a media asta la bandera de la Casa Blanca cuando Benjamin Netanyahu se despedía de «un amigo querido», Volodimir Zelenski honraba a «un verdadero defensor de la libertad» y la televisión de los ayatolás celebraba que el político «belicista y antiiraní» se hubiera ido «al infierno».
Lindsey Graham, senador por Carolina del Sur durante casi un cuarto de siglo, murió la noche el sábado 11 de julio por la rotura de la aorta, dos días después de su cumpleaños y horas más tarde de regresar de su décimo viaje a la Kiev de la guerra.
Nació el 9 de julio de 1955 en Central, un pueblo industrial del estado sureño, en la trastienda del negocio familiar. Quedó huérfano desde joven y a los veintiún años se hizo cargo de su hermana Darline, entonces de trece. Nunca se casó ni tuvo hijos. Fue el primero de los suyos en ir a la universidad, ejerció de abogado militar, llegó a coronel y encadenó una docena de destinos en zonas de combate. Alcanzó la Cámara de Representantes en 1995 y el Senado en 2003, sucediendo en el escaño a Strom Thurmond.
El 11-S forjó el carácter político por el que sería reconocible durante el resto de su carrera. Se hizo halcón, como se conoce a los políticos estadounidenses que fían la paz a las armas –algunos con verdadera afición–, entre viajes a Irak y Afganistán junto a John McCain, el sparring de Barack Obama en 2008, y Joe Lieberman, candidato a vicepresidente junto a Al Gore en 2000. Al trío, el general David Petraeus lo bautizó como «los tres amigos», una etiqueta que hizo fortuna en Washington.
Contra Trump y con Trump
Cuando Donald Trump comenzó su carrera política le recibió con un trato más propio de la bancada demócrata o de cualquier presentador de late night neoyorquino que de un teórico aliado. «Chiflado», «xenófobo» o «no apto para el cargo» fueron algunos de los calificativos con los que no escatimó.
Sin cuartel, compitió por la nominación republicana para las elecciones de 2016, con pena inmediata –duró poco en la carrera– y gloria a la larga. Porque el presidente de Estados Unidos, que entre sus defectos no cuenta el rencor, acabaría adoptándole como su «confidente» en el Senado, su compañero de golf y alguien a quien llegó a tratar «como de la familia».
Los otros dos «amigos» nunca hicieron ese recorrido. A McCain, Trump le negó la categoría de héroe de Vietnam –«me gustan los que no fueron capturados»– y el senador por Arizona le correspondió hasta su muerte. Le reprochó «azuzar a los locos» y un «nacionalismo espurio y a medio cocer». Lieberman, más templado, acabó retirando su candidatura a dirigir el FBI.
Una década de adaptación o de cálculo que Graham nunca ocultó, basada en las concesiones en política interior para influir en la exterior. Flexibilidad moral, que llamó «realismo» a modo de explicación de una apuesta útil para sus intereses. Como prueba, mientras predicaba que no tenía sentido desafiar a su rival, con los años consiguió que la política exterior del segundo Trump se pareciera más a la de Graham que a la del primer Trump.
Un halcón en la Casa Blanca
El senador siguió durante dos décadas una agenda ajena a los intereses de sus votantes surcarolinos, gestionada desde Washington, con epicentro en Oriente Medio. Para muestra, su foto junto a Netanyahu sosteniendo el cartel que reclamaba «más para Israel», estampa de los mil millones adicionales que arrancó de sus compatriotas en ayuda militar a una potencia extranjera. Unos fondos que han servido para impulsar la ofensiva contra Irán, su gran obsesión.
También lejos del Mediterráneo y del golfo Pérsico moldeó la política exterior de la Casa Blanca. En Ucrania, su última causa, donde viajó al menos en diez ocasiones desde la invasión rusa y, un día antes de su muerte, promovió un paquete postrero de sanciones contra Moscú. O en Venezuela, donde impulsó la incursión nocturna en la que las fuerzas especiales sacaron a Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores, que celebró a bordo del Air Force One junto a un Donald Trump, según el también senador republicano Rand Paul, «bajo el hechizo de Lindsey Graham».
El último «amigo»
Tras las muertes de McCain, en 2018, y de Lieberman, en 2024, quedó –y queda– como uno de los últimos halcones del Senado que empujaba al Ejército de Estados Unidos a ejercer de policía del mundo. Tras ellos, permanecen Tom Cotton, presidente del Comité de Inteligencia, que lleva una década reclamando bombardear Irán, el renqueante Mitch McConnell, con su joven esposa china, siempre preocupado por el «aislacionismo», o Roger Wicker, que lidera el Comité de Servicios Armados.
Todos ellos, últimos exponentes del ala republicana que promovió las invasiones de Irak y Afganistán, cuyas consecuencias alimentaron años más tarde el hartazgo que llevó a Trump a la Casa Blanca. Unos conflictos que, entre promesas de paz, ha heredado en su segundo mandato, mientras la generación del America First reniega de la guerra, se aparta de Israel y desdeña las misiones de las que Graham hizo causa y carrera.
Desde el pasado sábado ese legado político asumido por la Administración es póstumo. Como su escaño, que ya ocupa Darline, su hermana, a instancias de Trump como «un homenaje fabuloso a Lindsey». Permanecerá en él hasta enero, cuando tome posesión quien lo obtenga en las elecciones legislativas de noviembre, para las que ya se habían celebrado unas primarias que serán repetidas el 11 de agosto con carácter de urgencia.
Queda por ver cómo influye el fallecimiento de Graham en la geopolítica internacional, a quiénes perjudica y a quiénes beneficia. De momento, las sanciones que impulsó han avanzado más en unos días de duelo que en quince meses de pulso político. Sin él, y con McConnell más tiempo hospitalizado que en el Capitolio, Trump se queda más solo con unas guerras de las que ya no podrá responsabilizar a ningún senador de peso.