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La crisis de Ceuta y el Consejo de Seguridad Nacional

No quiero ser pesimista, pero imagino que el Gobierno saldrá del Consejo presumiendo de las tiritas que va a poner al enfermo, en lugar de anunciar cómo va a atajar la enfermedad

Varios inmigrantes en una playa, a 21 de agosto, en Ceuta

Varios inmigrantes en una playa, a 21 de agosto, en CeutaEuropa Press

La convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional para tratar la crisis de Ceuta es una buena noticia. Llega muy tarde, es verdad, pero por fin viene a situar al Gobierno de España en el mismo lado de la línea en el que estamos casi todos los demás españoles en una cuestión hasta ahora discutida y que me parece de capital importancia: que lo ocurrido en las últimas semanas en la ciudad autónoma es un problema de seguridad nacional.

Negar toda evidencia

Durante las últimas semanas, el Gobierno ha dedicado toda su energía —es verdad que algo escasa en agosto por eso de las vacaciones— a mitigar los efectos de la crisis… pero no en las calles de Ceuta ni en el complejo escenario geoestratégico creado por nuestro incómodo vecino norteafricano, sino en el único lugar que parece importarle: la opinión de los españoles. Así, sin otro objetivo que el de adormecernos y calmar nuestras legítimas inquietudes, han sido varios los ministros que han tratado de convencernos de que Marruecos se ha comportado como un amigo leal, al contrario que la mayoría de los gobiernos europeos. Ni siquiera las recientes palabras del ministro de Justicia marroquí —que, en medio de la crisis promovida o consentida por su Gobierno, dejó perfectamente claro que Rabat cuestiona la españolidad de Ceuta y Melilla— han sido suficiente para que el nuestro rectifique.

El mundo diplomático es para listos. Es concebible que el ministro Albares, que no debe de entender bien el significado de la palabra «lealtad» —de ahí que en Europa no haya conseguido convencer a nadie sobre la nuestra— pueda haberse dejado engañar por su colega marroquí. Sin embargo, en las calles y en las playas de la ciudad autónoma, donde cualquiera que quiera mirar puede hacerse una idea más o menos clara lo que está ocurriendo, el Gobierno de España también se resiste a reconocer toda evidencia.

Recordará el lector que los distintos ministros que han servido de portavoces del presidente durante sus vacaciones empezaron disminuyendo el número de asaltantes… para enseguida inflar los que volvieron a Marruecos más o menos voluntariamente, sin importarles ni mucho ni poco que sus cuentas no coincidieran con la realidad. Empezaron comprometiéndose a que ninguno de los que entraron en Ceuta llegaría a la Península… para enseguida empezar a buscar la manera de incumplir su propia promesa. Ahora aseguran que no hay en la ciudad problemas sanitarios ni de orden público… pero alguno habrá, porque no se convoca el Consejo de Seguridad Nacional para comentar lo que cada uno hizo en vacaciones.

La agenda del Consejo

¿Qué es lo que se va a discutir en el Consejo de este martes? No me parece difícil adivinarlo partiendo de las evidencias de que disponemos. Para distraer nuestra atención de las acciones de guerra híbrida del Gobierno de Marruecos, la prensa oficialista hace cada día lo que puede por poner el foco en las penalidades de los inmigrantes y, en menor medida, también en las dificultades que atraviesan los ceutíes, víctimas pasivas de lo que ocurre.

Me atrevo a vaticinar que esa será la línea que siga el Gobierno en el próximo Consejo. Debatirán cómo proporcionar asistencia humanitaria a los magrebíes y subsaharianos que hoy vagan por las calles de la ciudad autónoma y cómo disminuir la presión sobre los ceutíes… por todos los medios menos el que aconseja el sentido común: la devolución a Marruecos de quienes forzaron su entrada hace ya más de tres semanas, de la forma más rápida que permita la ley. La ley vigente o, si esa no parece suficiente —es difícil entender que los súbditos de Mohamed VI puedan agarrarse en masa al derecho de asilo viniendo de un país que nuestro Gobierno considera amigo en el que se supone que se respetan los derechos humanos— la que el Congreso pueda aprobar de forma urgente, que para esa tarea seguro que hay mayoría social en España.

Tiritas al enfermo

No quiero ser pesimista, pero imagino que el Gobierno saldrá del Consejo presumiendo de las tiritas que va a poner al enfermo, en lugar de anunciar cómo va a atajar la enfermedad. Porque me apostaría un café a que mañana no se hablará de los dos asuntos que, a más largo plazo, de verdad condicionan el futuro de los españoles, ceutíes incluidos: cómo disuadir a los inmigrantes que llegan decididos a saltar la valla o nadar alrededor de ella, y cómo disuadir a Marruecos de que siga explotando las dificultades inherentes a nuestra frontera norteafricana para hacernos chantaje.

En el primero de esos asuntos —el menos decisivo pero el más difícil— no es posible hacer milagros, pero tenemos a nuestra disposición las experiencias de otros países europeos, avaladas por la propia UE, que pueden ayudarnos a contener el problema. Y me temo que no basta con la construcción de muros más altos. Nunca vienen mal, pero ningún muro es del todo seguro si no está batido por el fuego —un viejo axioma miliar que sigue vigente— y disparar a personas desarmadas es algo que, a estas alturas del siglo XXI, solo encaja en los modales de la Corea de Kim Jong-un. En cualquier caso, el problema de nuestras fronteras no está realmente en nuestras vallas, sino en nuestra voluntad de hacer que se respeten. No hay mejor muro que el convencimiento de que, como en el infierno de Dante, quienes entren perderán toda esperanza de trampear con el Estado. No hay mecanismo disuasorio más eficaz que la certeza de que a los que consigan entrar se les va a aplicar la ley de forma rápida y eficaz.

En el segundo asunto, más importante y, en teoría, mucho menos complejo que el anterior, sí son posibles los milagros. Sin embargo, me temo que no vamos a avanzar nada en la reunión de mañana. Una vez identificado el culpable —Marruecos es, en este caso, un agresor confeso y reincidente— a la guerra híbrida puede ponérsele fin aplicando el mecanismo de la disuasión. Solo es necesario convencer a Rabat de que ya no habrá más cesiones, sino más represalias. Sin embargo, para que eso pueda ocurrir, es necesario que abra los ojos el Gobierno de España. Ya es mala suerte que se junten en él los únicos españoles que creen que Marruecos —que, en su momento, reconoció estar detrás del asalto a Ceuta en 2021— no ha tenido ninguna culpa en la crisis de seguridad nacional que, por fin, el Gobierno reconoce que estamos sufriendo.

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