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Donald Trump al rescate… de Vladimir Putin

En una decisión tan incomprensible como las del presidente Sánchez con relación a Marruecos, el magnate manda a sus favoritos a Moscú —esa es la posición real de Witkoff y su yerno en la corte de Washington— a resucitar lo que los rusos han dado en llamar el «espíritu de Anchorage»

Steve Witkoff, enviado de Donald Trump, saluda a Vladimir Putin en Moscú

Steve Witkoff, enviado de Donald Trump, saluda a Vladimir Putin en MoscúGavriil Grigorov / AFP

Cuatro años y medio después, la guerra de Putin continúa segando incontables vidas rusas y ucranianas y amenazando a los dos contendientes con la ruina económica y, todavía más importante en el siglo que vivimos, también demográfica.

Sé que al rusoplanismo militante no le gusta que se le dé ese nombre a la contienda, pero la mayoría de los lectores coincidirá conmigo en que, si no fuera la guerra de Putin, ya habría terminado. Nunca son los pueblos los que se empeñan en derramar sangre para conquistar nuevos territorios para sus príncipes, y el ruso no es una excepción.

Pero las cosas se ponen todavía más difíciles cuando la campaña se prolonga sin resultados tangibles y las ciudades rusas, otrora intocables, empiezan a sufrir las consecuencias de la contienda.

¿Quién va ganando la guerra? Nadie. Por eso continúa. La guerra no va de ocupar más terreno —que ahí gana Rusia— ni de matar más soldados enemigos, algo en lo que Ucrania va muy por delante. La guerra no es otra cosa que la continuación de la política por otros medios y, en ese terreno, ni Putin ni Zelenski pueden todavía presumir de logro alguno.

El efecto Ormuz

No es del todo verdad que el aleteo de una mariposa pueda provocar un tornado al otro lado del mundo, pero pocos podrían haber esperado que la guerra de Irán no influyera en Ucrania. ¿Cómo lo ha hecho? Hay luces y sombras para ambos bandos pero, aunque lentamente, parece que ha sido Kiev quien ha salido más favorecido.

Es verdad que Zelenski se ha quedado sin sus irremplazables Patriot y, por ello, indefensa contra los misiles balísticos rusos y norcoreanos. Sin embargo, la superioridad rusa en ese terreno arroja magros resultados en el balance general de la guerra. Rusia no usa estas armas en el frente, y los bombardeos de las ciudades apenas dan más fruto que un puñado de muertos civiles cada noche. Juzgue el lector la contradicción que supone el objetivo declarado de la campaña rusa —destruir el complejo militar industrial ucraniano— y el hecho, reconocido por Moscú, de que cada día hay más drones y misiles enemigos volando sobre su territorio.

A cambio de quedarse sin Patriot —algo inevitable a medio plazo, aunque solo fuera por su precio— Kiev ha dejado de sufrir las presiones de Trump para que, hablando claro, se rinda ante su enemigo. La lógica fijación del magnate en su propia guerra le ha dado libertad a Zelenski para escalar la respuesta a Putin en lo que, a estas alturas, bien podríamos reconocer como lo que es: una campaña de bombardeo estratégico cortada según el modelo de las de la Segunda Guerra Mundial.

Mientras duró la ausencia de Trump, Ucrania ha conseguido ralentizar aún más —y algunos meses revertir— el avance ruso; ha dañado la infraestructura petrolífera de su enemigo —un objetivo que no gustaba nada a Washington— y ha llevado la guerra al corazón de las ciudades rusas, si no con bombardeos directos sí con colas en las gasolineras y ataques a la distribución on line.

La decepcionante marcha de la guerra no ha pasado desapercibida para los cómplices —que no amigos— del dictador ruso. Modi, el primer ministro indio, ha vuelto a reclamar públicamente el fin de la guerra y Xi Jinping, visiblemente cansado de lo que está ocurriendo en Ucrania, parece haber admitido en círculos privados que Putin se arrepentirá de la invasión. En la era de los bulos, es imposible saber si es verdad que lo dijo… pero estoy convencido de que, siendo un líder pragmático y con ojos en la cara, al menos lo pensó.

Si la apuesta de Putin era que Europa se cansara de la guerra antes que sus propios cómplices, parece que también en ese terreno ha fracasado. Al contrario que los del rey Mohamed VI contra España —que han dejado a nuestro presidente haciendo el don Tancredo— los ataques híbridos de Moscú parecen tener el efecto contrario al buscado, el de espolear a los líderes europeos. La respuesta de Alemania al dron ruso encontrado en Leipzig, aunque tibia y limitada al entorno diplomático, ha sido suficiente para que el ínclito Lavrov, un embajador y ministro respetado en su día, la calificara de «declaración de guerra». Curiosa valoración de un hombre que defiende que la invasión de Ucrania solo es una operación especial.

El espíritu de Anchorage

Cuando solo Kim Jong-un —el inefable «Sol Brillante» de Corea del Norte— se mantiene del todo fiel al criminal dictador ruso, acude Donald Trump al rescate de su amigo en apuros. En una decisión tan incomprensible como las del presidente Sánchez con relación a Marruecos, el magnate manda a sus favoritos a Moscú —esa es la posición real de Witkoff y su yerno en la corte de Washington— a resucitar lo que los rusos han dado en llamar el «espíritu de Anchorage». Y eso, ¿qué es? Si se molesta el lector en comprobarlo, verá que tanto Putin como Trump salieron de la reunión diciendo que no habían alcanzado ningún acuerdo concreto. Sin embargo, sí parece haber flotado en el ambiente la idea de que, de alguna manera, Trump conseguiría convencer a Zelenski de que aceptara las condiciones de Moscú.

¿Cuáles son esas condiciones? Las de verdad, que Putin solo reconoce a cuentagotas de cara al exterior, las recuerdan los medios rusos estos días. La primera es la cesión formal de las cuatro regiones que Putin incluyó en la Federación Rusa con el mismo derecho con el que Trump quiere cambiar el nombre del estrecho de Ormuz. La segunda es la desnazificación, que implica el nombramiento de un Gobierno prorruso en Kiev. La tercera es la desmilitarización, que apunta a Odesa, Járkov y el propio Kiev como el siguiente bocado de Putin. Al igual que Mohamed VI, el dictador verá cada cesión como una invitación a pedir otro plato.

La buena noticia para España

Ucrania no se va a rendir, pero al lector le preocupará mucho más lo que haga España en su guerra híbrida con Marruecos. Y ahí, otra vez, como esa novia en la boda que cantaba Cecilia cuando yo era joven, aparece Trump: «Muy triste lo que está pasando en España, un país con cero control de su frontera». Nada que objetar a su ataque personal a Sánchez y a su espaldarazo a su propia política migratoria, pero ¿se ha dado cuenta usted de que las palabras de Trump incluyen, también, un rechazo a las pretensiones de Marruecos? Es nuestra frontera entre Ceuta y Marruecos, esa frontera que Rabat quiere derribar para siempre, la que Trump dice —y no seré yo quien le quite la razón— que debemos defender mejor.

Trump es Trump y cualquier día cambiará de idea, pero creo que hay demasiados españoles que sobrevaloran el cariño del magnate a Marruecos —a pesar de haberle dado el nombre de Trump a una autopista que tendrá más de 1.000 kilómetros— y aún más el apoyo real del Pentágono a su rearme. Para muestra baste este botón: los 25 F-16 Viper que Marruecos comprará a los EE.UU. en los próximos años, versiones es verdad que muy mejoradas de un caza de los años 70, le van a salir a Mohamed VI casi tan caros como si fueran F-35. Y sí, seguramente serán buenos aviones, pero los estadounidenses no los quieren en su propia Fuerza Aérea. Solo los fabrican para la exportación.

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