Malvinas y el espejo roto del Atlántico sur
Repetir los clichés del 82 no impugna a Javier Milei: impugna la capacidad de la propia oposición argentina, y de muchos fuera del país, para leer el siglo en el que viven
Acto de inauguración de un monumento en conmemoración de las Islas Malvinas, en Buenos Aires (Argentina)
El anuncio del presidente de Argentina, Javier Milei, de ejecutar sanciones a las empresas que participen de la explotación petrolera británica en Malvinas e impulsar la construcción de una base militar en Tierra del Fuego fue leído con el único manual que muchos parecen tener disponible: el de 1982.
La oposición argentina habló de oportunismo y recurrió al nacionalismo de utilería; Londres respondió con la fórmula invariable de la autodeterminación de los isleños y el resto del mundo archivó la noticia en la carpeta de los conflictos congelados. El reflejo es comprensible, porque las guerras dejan surcos hondos en la memoria de los pueblos, pero el anacronismo es grosero: quien busca en 1982 la clave del presente se mira en un espejo roto, que devuelve fragmentos reconocibles y ninguna imagen entera. Las islas siguen donde estaban; el tablero que las rodea, no.
La primavera del 82 transcurrió en un mundo en plena mutación, con España entrando en la OTAN mientras la flota británica navegaba hacia el Atlántico sur y el Gobierno español sostenía en público el reclamo argentino sobre el archipiélago. Fue también el verano del Mundial español, con una Argentina campeona defendiendo el título en Barcelona mientras perdía una guerra a doce mil kilómetros. Por incómodo que resultara para Madrid firmar la alianza con quien libraba en el Atlántico sur una guerra que rememoraba la usurpación de Gibraltar, la lógica bipolar ordenaba que las lealtades y las simpatías se acomodaran después. España había tomado decididamente el camino de integrarse al Occidente democrático.
Lo que ha cambiado desde entonces no es un detalle ni dos. Ha cambiado la Argentina, ha cambiado el Reino Unido, ha cambiado la OTAN y ha cambiado, sobre todo, el papel del hegemón occidental, Estados Unidos. Se puede estar a favor o en contra de la jugada de Milei, discutir su oportunidad y sospechar de sus motivos electorales, pero leerla como una reedición del 82 es negarse a mirar el mapa nuevo. Malvinas vuelve a flote en un contexto inédito. Eso no significa que la balanza se haya inclinado irremediablemente hacia Buenos Aires; significa que el horizonte es tan novedoso como incierto, y que hay dos actores en riesgo de quedar fuera de juego por no advertirlo: Londres y la propia oposición argentina.
Empezando por Londres, el divorcio europeo lo dejó sin la retaguardia continental que le daba densidad diplomática, la política interna laborista se mueve con un péndulo errático y Washington ha convertido a su viejo aliado en objeto de un castigo narrativo permanente, que erosionó la vieja intimidad atlántica. El Reino Unido se mostró poco fiable para Trump en la ofensiva contra Teherán y los europeos no olvidan el Brexit. Nada de esto lo vuelve inofensivo: conserva asiento permanente en el Consejo de Seguridad, una Marina con capacidad real de proyección y una economía que tarde o temprano volverá a darle herramientas para presionar en el Atlántico sur. Pero esto no justifica ignorar su propia intemperie ni su decisión de seguir tratando a la Argentina como una molestia menor de conspiradores del sur.
En Washington, el cambio es todavía más profundo. En el 82 el árbitro tenía una alianza sólida con Londres y cuestionó el compromiso de solidaridad continental asumido en el TIAR: intervino dejando hacer, lo que resultó decisivo. Conviene recordar que el secretario de Estado Alexander Haig había propuesto, para evitar la guerra, una administración tripartita de las islas que los militares argentinos rechazaron. Aquel intento norteamericano de contar con un asentamiento propio en la región parece tener ahora una segunda oportunidad, y en condiciones distintas. El rival ya no es la Unión Soviética, sino China, y la agenda del siglo XXI se llama control del Atlántico Sur, comunicación interoceánica y acceso a la Antártida. A Reagan la Argentina le resultaba prescindible porque no pesaba en el cuerpo a cuerpo con Moscú; en la carrera antártica y austral, Buenos Aires vuelve a tener algo que ofrecer.
El giro decisivo, sin embargo, es material y se llama Vaca Muerta. Hoy la Argentina exporta energía y el mismo desierto patagónico es el activo que ordena su política exterior. Lo prueban las primeras reacciones de las grandes corporaciones, que optaron por no operar en el proyecto Sea Lion para no arriesgar sus negocios del otro lado del estrecho. Ahí está la paradoja que incomoda a la izquierda argentina: la apertura económica resultó un instrumento más eficaz para defender el interés nacional que décadas de sermones sobre el entreguismo y la abdicación ante Washington. El nacionalismo de papel cuesta caro y no compra nada; la relevancia económica no es un relato, sino un vector de peso real.
La OTAN tampoco es la de entonces, y España lo sabe de primera mano. La discusión sobre el financiamiento de la Alianza, el pulso del Gobierno de Sánchez con Trump por el objetivo del 5 % y las amenazas arancelarias que siguieron dejaron algo en claro: la solidaridad atlántica ya no es un automatismo, es una negociación permanente en la que cada socio calcula por su cuenta. Un Londres que necesitara respaldo europeo cerrado para un contencioso colonial en el hemisferio sur no lo encontraría con la naturalidad de 1982. Bruselas tiene otras urgencias y ningún apetito por heredar los pleitos de quien decidió marcharse.
En Buenos Aires, algunos sectores exhiben un diagnóstico igual de pobre, aunque por motivos opuestos. La facilidad con que la oposición etiqueta la jugada como oportunismo desperdicia la única oportunidad seria de construir una línea de consenso interno sobre el asunto, que es precisamente lo que un reclamo de esta naturaleza exige para sobrevivir a los cambios de Gobierno. Se puede desconfiar de Milei y aun así reconocer que el mundo, más allá de sus políticas, le devolvió a la Argentina un papel de peso. Repetir los clichés del 82 no impugna al presidente: impugna la capacidad de la propia oposición, y de muchos fuera del país, para leer el siglo en el que viven.
Nada de esto anticipa un desenlace y mucho menos uno inmediato. La vía militar está descartada por completo, la diplomática sigue sin caminos practicables y la volatilidad de Washington corta en las dos direcciones: el mismo Trump que hoy incomoda a Londres puede mañana descubrir que le conviene más un aliado europeo previsible que un socio austral entusiasta. Pero el episodio pertenece a esa serie de hechos menores que conviene leer rápido, porque revelan que el equilibrio de poder se sopesa hoy con variables nuevas y que no todas quedan del lado del gastado «primer mundo».
En río revuelto siempre hubo ganancia de pescadores, y la novedad es que el río dejó de ser exclusivamente británico. La soberanía del siglo XXI no se recupera con épica: se paga con relevancia. Y en esa moneda la Argentina empezó a acumular reservas, mientras Londres vive de las que le quedan.