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25 años del 11-S: el atentado terrorista que conmocionó al mundo

25 años del 11-S: el atentado terrorista que conmocionó al mundo

XXV ANIVERSARIO DEL 11-S

¿Quién ganó la guerra contra el terrorismo?

La red terrorista Al Qaeda fue descabezada, el Estado Islámico apenas existe y Obama cazó a Bin Laden, pero los talibanes regresaron al poder y el yihadismo se ha transformado

Justo 25 años después del ataque terrorista contra las Torres Gemelas en Nueva York que cambió el mundo, Estados Unidos y sus aliados pueden reivindicar una gran victoria en la lucha contra el terrorismo: no se ha producido otro atentado de una magnitud comparable al 11-S.

Aquel día murieron asesinadas en los ataques terroristas 2.977 personas, sin contar a los 19 secuestradores. Pero sus consecuencias fueron mucho más allá de la cifra de muertos. Posteriormente, el presidente de Estados Unidos George W. Bush lanzó la Operación Libertad Duradera contra el líder terrorista Al Qaeda Osama bin Laden, que planeó los atentados, y el resto de sus miembros en Afganistáns. Al Ejército de Estados Unidos, se le escapó en dos ocasiones.

Posteriormente, el presidente Barack Obama cazó al líder de Al Qaeda en un complejo de lujo en Abbottabad (Pakistán) en la frontera con Afganistán. Al Qaeda perdió a buena parte de su cúpula. El califato que proclamó el Estado Islámico desapareció. Miles de terroristas fueron detenidos o abatidos.

En cambio, varias de las células de Al Qaeda y del autodenominado Estado Islámico, siguen existiendo. Los talibanes recuperaron Kabul en 2021 tras la desastrosa salida de Estados Unidos de Afganistán después de 20 años. Irak tardó años en recuperarse de una guerra que desestabilizó toda la región que lanzó Bush en marzo de 2003.

En Europa la amenaza ha adquirido una forma nueva: terroristas radicalizados en internet, llamados lobos solitarios, que atacan con atentados a pequeña escala sin pertenecer formalmente a ninguna organización. Suelen hacerlo al grito de «¡Ala es grande!» con cuchillos o embestir con vehículos en ciudades europeas. La guerra contra el terrorismo no ha terminado, simplemente ha cambiado de forma.

Al Qaeda: derrotada, pero no desaparecida

La organización que preparó los atentados del 11-S ya no es la misma. Bin Laden murió en una operación estadounidense en Pakistán en 2011. Su sucesor, Ayman al-Zawahiri, perdió la vida también en una operación estadounidense con un dron, en Kabul, en 2022. Anteriormente, el clérigo de Al Qaeda Anwar al-Awlaki, nacido en Nuevo México (Estados Unidos) también murió tras una operación con un dron en Yemen, autorizada por el presidente de Estados Unidos Barack Obama. Anwar al-Awlaki fue incluido en la base de datos Disposition Matrix, asociada al programa de la CIA de drones para eliminar terroristas.

La red Al Qaeda de 2001 —una organización centralizada, dirigida desde Afganistán y capaz de planificar operaciones internacionales de enorme complejidad— quedó destruida. Pero la organización sobrevivió mediante una estrategia diferente. Sus células regionales se extendieron por África, Yemen y otras zonas de conflicto. La marca Al Qaeda perdió capacidad para organizar ataques espectaculares a escala mundial, pero ganó capacidad para integrarse en conflictos locales y sobrevivir.

Es una de las paradojas de estos 25 años: cuanto menos se parece Al Qaeda a la organización del 11-S, más difícil resulta declarar que ha sido derrotada.

El caso sirio

El caso sirio resume hasta qué punto ha cambiado el tablero. Ahmed al-Sharaa, ex dirigente yihadista de Al Qaeda en Siria, pasó de ser considerado enemigo por Washington a convertirse en el nuevo dirigente de Siria después de la caída de Bashar al-Assad, el cual huyó en diciembre de 2024 a Rusia tras varios años de guerra civil en su país. La citada guerra empezó en el marco de la Primavera Árabe de 2011, cuando la población de distintos países se levantó contra diferentes dictadores.

El detonante se produjo el 17 de diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un joven vendedor ambulante tunecino de 26 años, se prendió fuego después de un enfrentamiento con las autoridades locales. Su muerte se convirtió en un símbolo de la indignación contra la corrupción, el desempleo, las dificultades económicas y la represión política.

La Primavera Árabe

Las protestas se extendieron rápidamente. El presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali, en el poder desde 1987, abandonó el país en enero de 2011. En Egipto, las manifestaciones multitudinarias en la plaza Tahrir de El Cairo obligaron a Hosni Mubarak a dimitir en febrero. En Libia, las protestas desembocaron en una guerra civil que terminó con la captura y muerte de Muamar el Gadafi en octubre de 2011. En Yemen, el presidente Ali Abdullah Saleh transfirió el poder en febrero de 2012 después de meses de protestas y presión política.

Pero la Primavera Árabe tuvo resultados muy diferentes según el país. En algunos casos cayó el régimen. En otros, los gobiernos sobrevivieron mediante la represión, concesiones políticas o la intervención militar. El aumento de la instabilidad en esos países sirvió para que Al Qaeda estableciera en Siria su filial, el Frente al-Nusra. Mientras el grupo terrorista Estado Islámico terminó conquistando amplias zonas de Siria e Irak y proclamando en 2014 su denominado califato. .

La guerra siria creó así una de las grandes paradojas del periodo posterior al 11-S. Una década después de que Estados Unidos hubiera invadido Afganistán para destruir el refugio de Al Qaeda, nuevas organizaciones yihadistas consiguieron establecerse y controlar territorio en Oriente Próximo, esta vez aprovechando el vacío de poder provocado por una guerra civil.

La importancia de los drones

Una de las técnicas que trajo la guerra contra el terrorismo fue el uso de drones, que empezó el presidente de Estados Unidos George W. Bush. En cambio, fue utilizado de forma habitual por el presidente demócrata Barack Obama debido a que era más seguro para los soldados estadounidenses, ya que los lanzaban desde Nebraska en Estados Unidos. Además en caso de que una operación de lucha contra el terrorismo saliera mal, no había que lamentar bajas militares ni la pérdida del avión. Todo esto además traía el ahorro de tener que dar explicaciones ante el Congreso.

El «Estado Islámico» llegó todavía más lejos. Entre 2014 y 2017 construyó un auténtico proto estado en amplias zonas de Siria e Irak. Controló ciudades, recaudó impuestos, administró territorios y proclamó un califato que llegó a atraer a miles de combatientes extranjeros. La coalición internacional consiguió destruir ese proyecto territorial.

La caída de Baguz, en 2019, puso fin al último gran enclave territorial del califato. En cambio, el Estado Islámico regresó a su forma anterior: una red clandestina de células y franquicias. Su rama afgana, ISIS-K, se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los servicios de inteligencia occidentales, mientras otras organizaciones vinculadas al grupo operan en África y otras regiones. El califato desapareció del mapa. El yihadismo no.

Afganistán: la imagen del fracaso

Si existe una fotografía capaz de resumir las contradicciones de la guerra contra el terrorismo, probablemente sea la del aeropuerto de Kabul en agosto de 2021. Casi 20 años después de que Estados Unidos invadiera Afganistán para expulsar a los talibanes y destruir el santuario de Al Qaeda, las fuerzas estadounidenses abandonaban el país mientras los talibanes recuperaban el poder. La guerra había durado dos décadas. Durante esos 20 años millones de afganos tuvieron acceso a educación, sanidad y una vida pública que había sido imposible bajo el primer régimen talibán. Pero buena parte de esas conquistas desaparecieron después de 2021, sobre todo para las mujeres y las niñas.

Cinco años después de la toma de Kabul, la situación se ha agravado. Según ONU Mujeres, las autoridades de facto han promulgado más de un centenar de decretos que afectan a los derechos de las mujeres y las niñas. Entre ellos se encuentran restricciones sobre su movilidad, educación, empleo, acceso a la justicia y participación en la vida pública.

La discriminación ya no es únicamente una cuestión de normas sociales. Se ha convertido en un sistema institucionalizado mediante leyes, decretos y mecanismos de vigilancia y aplicación.

Desde septiembre de 2021, las niñas afganas no pueden continuar su educación secundaria. Las restricciones se extendieron posteriormente a la universidad y, más tarde, a la formación de mujeres en determinadas profesiones sanitarias.

El resultado es la aparición de una generación de niñas que puede terminar la educación primaria sin tener permitido continuar formalmente sus estudios.

Según los datos de ONU Mujeres, el 78% de las jóvenes afganas no estudian, no trabajan ni reciben formación. La exclusión educativa no solo limita sus oportunidades presentes: amenaza también con dejar al país sin una nueva generación de mujeres profesionales.

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