30 de enero de 2023

Rogelio Groba

Rogelio Groba durante el homenaje que la SGAE y la Fundación Autor organizaron en su honor en 2010EFE

Rogelio Groba (1930-2022)

Patriarca de los músicos gallegos

El compositor Rogelio Groba fue autor de un prolífico catálogo musical con el que buscaba afirmar la identidad gallega a través de su rico patrimonio histórico y cultural

Rogelio Groba icono
Nació el 16 de enero de 1930 en Ponteareas (Galicia) y falleció en La Coruña el 31 de diciembre de 2022

Rogelio Groba Groba

Regresó a Galicia para ocupar puestos relevantes que le dejaron tiempo para cimentar la propia obra, mientras contribuía a sentar unas ciertas bases, tan precarias como permitieron los tiempos pero a su modo esenciales, para el tejido educativo y profesional de la música desde La Coruña

El sábado pasado falleció en su domicilio coruñés el gran patriarca de los compositores gallegos actuales, Rogelio Groba Groba. Tenía 92 años y hace escasas semanas la Orquesta Sinfónica de Galicia, a la que en ocasiones le llegó a afear en público el débil compromiso con la música de esta frontera del fin del mundo, había interpretado su sinfonía número 16, Voces da Terra, estrenada precisamente para conmemorar las tres décadas de vida del conjunto coruñés que él mismo contribuyó a fundar.
Para Groba, que llegó a acumular casi setecientas partituras propias de todos los géneros posibles, con seis óperas que ya nunca llegaron a ver la luz representadas en vida de su autor, un día sin crear era tiempo perdido. No podía permitírselo porque para él componer resultaba, en primer lugar, una imperiosa «necesidad biológica», e inmediatamente un deber de quien se consideraba destinado a proyectar una cierta imagen de Galicia a través de la música que sirviera de espejo para que sus pobladores pudieran conocerse a sí mismos a través de sus tradiciones, y a la vez una muestra al mundo de su extraordinario potencial creador.
Un esfuerzo sin duda titánico que justifica toda una vida para un hombre de raíces humildes, nacido en Guláns, una discreta aldea de Ponteareas (Pontevedra), el 16 de enero de 1930, de la que con grandes sacrificios logró salir para adquirir su formación académica en el Real Conservatorio Superior de Música madrileño, donde fue distinguido con primeros premios en disciplinas esenciales para su futuro quehacer como Armonía, Contrapunto y Fuga.
Sin fortuna personal, no eran tiempos aquellos propicios para soñar en dedicarse exclusivamente a la composición, ni tampoco resultaba tan fácil como ahora alternar el oficio con la dirección de orquestas, como hicieron varios de los grandes músicos europeos de su generación. A él le tocó, al principio, una tarea más modesta, pero seguramente determinante a la hora de forjarse una sólida técnica que le sirviera para dar forma a sus futuras obras mayores, conociendo a fondo los recursos particulares de los instrumentos, y volcando su atención en un repertorio popular a menudo despreciado por las élites, nutrido en muchas ocasiones de pasodobles, pero también por arreglos de obras mayores de los grandes compositores que en casi todos los casos sirve para alumbrar el temprano amor hacia la música, e incluso fomentar vocaciones.
Convertido en director de banda, estuvo al frente durante algún tiempo de las de distintas plazas de su tierra (A Estrada, Tui, Ponteareas), y de otras provincias, como la de Pedro Muñoz, en Ciudad Real. Pero la amplitud de sus ambiciones profesionales y artísticas, pronto le hicieron volcar su atención hacia una posibilidad tan común a otros de sus compatriotas de la época. En 1962, tiempo de emigraciones, también él escogió Suiza, aunque en su caso las miras no estuvieran únicamente puestas en el progreso material, si no en la posibilidad de situarse algo más próximo a aquellos lugares en los que por aquel entonces (también ahora, no nos engañemos) se cocía el pastel de los grandes acontecimientos culturales y se forjaban las reputaciones, esas que sobre todo concedían los celosos cancerberos de la exclusiva vanguardia musical centroeuropea.
En Suiza, donde llegó a dirigir la Editorial Musical Rauber de Lausanne, Groba pasó cinco años cruciales para ampliar su cosmovisión. Pudo sobre todo informarse de cuanto sucedía en la escena musical dominante y llegar a algunas conclusiones no muy alejadas de lo que ahora mismo comienza a ser tendencia tras décadas abonadas a un ciego dogmatismo que ha tenido pésimas consecuencias para la recepción de la música actual. «A partir del expresionismo, los compositores han alejado la música culta del público», comentó en una ocasión. Para más adelante afirmar su propio credo: «Siempre he defendido que la música no debe dejar de ser una expresión del creador y de su época, y que no debe hacer concesiones a ciertos fanatismos estéticos. Es decir, el lenguaje estético debe estar al servicio del compositor y no al revés. Y esto es algo que no todos los compositores actuales comparten, pero es mi visión de la música».
Una visión que adquirió carta de naturaleza durante los años decisivos de su regreso a la patria adorada. Franqueado el rubicón de la formación en el extranjero, pudo regresar a Galicia para ocupar puestos relevantes que le dejaron tiempo para cimentar la propia obra, mientras contribuía a sentar unas ciertas bases, tan precarias como permitieron los tiempos pero a su modo esenciales, para el tejido educativo y profesional de la música desde La Coruña.
Casi todos los compositores que hoy tienen cierta relevancia en Galicia pasaron por su aula del Conservatorio Superior de Música de esta ciudad, que él mismo dirigió durante veinte años, ocupándose además de enseñar Contrapunto y Fuga, Armonía y Composición. Hoy casi todos los que recibieron su magisterio se reconocen, en mayor o menor medida, deudores de su impronta, sobre todo en lo que concierne a la construcción de una identidad gallega a través de la creación musical.
Aunque más discutidos, sobre todo por quienes nunca han movido un dedo para contribuir a forjar los cimientos de una actividad musical seria, comprometida y periódica, sus méritos también dejaron una huella innegable en la actividad propiamente interpretativa. Las raíces para la fundación de la Orquesta Sinfónica de Galicia, una realidad que con sus luces y sombras constituye uno de los mayores hitos culturales de esa comunidad en los últimos treinta años, le deben una parte importante a la creación, en su momento, de la Banda-Orquesta Municipal de La Coruña, a la que Groba consagró veintitrés años como director.
Retirado de todas sus ocupaciones públicas, el compositor ya pudo dedicarse por entero estos últimos años a culminar una obra fecunda que abarca varios periodos estéticos que él mismo se ocupó de definir: un primero, titulado «in modo antico», nacido «de la inspiración de la Galicia en tiempos pretéritos: un neoclasicismo galaico». Un segundo, expresionista, «que emerge del sincretismo de la Galicia más valleinclanesca, esa mezcla de lo apolíneo y lo dionisiaco». El penúltimo vinculado a «la estética postbartokiana, que tanto me ha seducido». Y el postrero, surgido como consecuencia «de la contemplación y devoción a la belleza de nuestra tierra gallega». De todas sus influencias y combates por afirmarse se encuentra nutrida información en un libro fundamental no sólo para conocer al creador si no también al hombre, y de paso buena parte de la historia musical de su tierra a través de sus opiniones y juicios estéticos, «Meditación en branco e negro» (Ed. Xerais, 2005).
Aunque cuando se le visitaba en su austero piso coruñés –solía recibir en batín y con un libro de filosofía bajo el brazo que atestiguaba su eterno interés por las verdades esenciales del hombre–, casi siempre mostraba su disconformidad con el trato que le dispensaba la «Galicia oficial», Groba fue distinguido a lo largo de los años con los más altos honores que otorga esta comunidad, y fue objeto de numerosos encargos, como la «Gran Cantata Xacobea», que pudo grabar con él mismo como director al frente de la Sinfónica de Londres y las London Voices.
En 1992 recibió el Premio de la Cultura de la Xunta de Galicia, al que siguió solo tres años después la Medalla Castelao. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes, lo fue también de la Real Academia de San Fernando madrileña. En 2004 obtuvo el Premio Internacional de Composición Auditorio de Galicia, y en 2010 el Xacobeo Classics, con motivo de su 80ª aniversario, le dedicó un ciclo de conciertos por toda la comunidad. La creación de la Fundación Groba, en 2002, ha servido para condensar su vasto legado contribuyendo a la difusión de su ingente obra a través de la organización de conciertos como los que se celebran cada verano en el Festival Groba, en Ponteareas. En los últimos años, se promovió sin éxito su candidatura para el Premio Princesa de Asturias de las Artes, logrando el consenso de todas las principales instituciones culturales de su tierra.
Falleció sin poder ver representada su ópera «Divinas palabras», de la que estaba particularmente orgulloso y que él juzgaba más fiel al espíritu de Valle-Inclán que la que sí vio la luz en la reinauguración del Teatro Real, fruto de la inspiración de Antón García-Abril. Como tampoco se estrenó otra de sus obras líricas más queridas, «María Pita, la fuerza de la libertad», dedicada a la heroína de su ciudad adoptiva.
En cambio buena parte de su obra sí que obtuvo amplio eco, a veces hasta en diversas interpretaciones, y fue objeto de importantes grabaciones, como su soberbio «Concierto Fauno para violonchelo y orquesta», que grabó Matts Lidstrom con la Sinfónica londinense, o los de violín que registró Ara Malikian junto a la Sinfónica de Castilla y León. Su amplio catálogo de canciones se benefició de intérpretes exquisitos como la soprano María Luisa Nache, el pianístico se enriqueció con las contribuciones de Natalia Lamas y muchas de sus composiciones camerísticas han sido publicadas en discos como los que grabó la Orquesta de Cámara Galega que dirige su hijo, el violinista Rogelio.
Cuando se enojaba por lo que consideraba cierto desprecio hacia su obra solía afirmar que «los gallegos viven una autocolonización musical que los degrada». En una ocasión, a la pregunta de si era necesario programar menos Beethoven y más a los compositores de su comunidad, respondió: «Menos Beethoven nunca, aunque lo justo sería incrementar el número de obras de autores de aquí, pero siempre manteniendo el máximo nivel artístico en las composiciones». La excelencia artística no podía encontrarse nunca subordinada a la cantidad o a las cuotas. «El hecho de que un autor se haga hueco no tiene tanto que ver con la programación de su obra como con su calidad y su asimilación por parte del público, aunque no debemos olvidar que las grandes obras necesitan de varias audiciones para penetrar en su contenido». Quizá su tiempo aún esté por llegar.
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