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Jesse Jackson (1941-2026)

El más controvertido defensor de los derechos civiles

Genuino representante de la izquierda radical estadounidense, nunca tuvo la autoridad moral de Martin Luther King, ni logró ser, como pretendía, primer presidente afroamericano

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Nació el 8 de octubre de 1941 en Greenville (Carolina del Sur) y falleció en Chicago el 17 de febrero de 2026

Jesse Louis Burns

Político y activista

Licenciado en Sociología y en Teología protestante -fue ordenado pastor en 1968-, fue activista de derechos civiles y dos veces candidato a la presidencia de Estados Unidos, no superando la fase de las primarias.

La primera vez que el ego sobredimensionado y el afán de protagonismo desmesurado jugaron una mala pasada al reverendo Jesse Jackson fue con motivo del asesinato de su maestro Martin Luther King. El activista en ciernes se encontraba junto al líder de la causa por los derechos civiles en el balcón del primer piso del Motel Lorraine de Memphis cuando este último cayó abatido por un balazo.

Lo que sucedió a continuación empañó la imagen de Jackson durante décadas: tras asistir a King inmediatamente después del disparo, volvió apresuradamente a Chicago –su lugar de residencia en el que recibió la ordenación como pastor bautista– antes de aparecer la mañana siguiente en un programa televisivo de gran audiencia vistiendo la misma sudadera que lucía durante la tragedia de Memphis. Poco después, durante un homenaje a King en Chicago, tuvo la desfachatez de declarar: «Vengo aquí con gran pesar porque tengo en el pecho la mancha de sangre de la cabeza de King».

Después, y a lo largo de décadas, afirmó que fue la última persona en hablar con el Dr. King y que le había sostenido la cabeza ensangrentada mientras agonizaba, contradiciendo los sólidos recuerdos de otros presentes, incluidos el del reverendo Ralph Abernathy, primer sucesor de King. ¿Sostuvo Jackson la cabeza de King? ¿O se limitó a extender la mano hacia ella? Nunca se sabrá del todo. «Espero que Dios le haya perdonado», señaló Abernathy a The New York Times en 1987, cuando Jackson ya concurría por segunda vez a las primarias del Partido Demócrata.

Porque el fin último de la cuidada elaboración de su relato Jackson había proyectado convertirse en el primer afroamericano en alcanzar la presidencia de Estados Unidos. El primer intento, infructuoso como el segundo, tuvo lugar en 1984, centrando su campaña en un ambicioso programa social para los pobres y discapacitados y en la mejora de los derechos civiles para los negros, los blancos pobres, los inmigrantes, los homosexuales, los nativos americanos y las mujeres.

Este ha sido el núcleo ideológico y sociológico de Jackson, del que se sirvió para levantar a una América en contra de la otra para que la suya le llevase en volandas hacia la Casa Blanca. Mas esta dinámica del resentimiento se estrelló contra la realidad de un país que, pese a las persistentes desigualdades sociales, ya había superado –por lo menos hasta que, décadas después, surgió el 'wokismo'– sus peores demonios.

Jackson se había equivocado de época; valga como botón de muestra que su única unción por parte de los votantes –a diferencia de dos de sus hijos– consistió en ser elegido senador por Washington, Distrito de Columbia, en 1991. El problema es que se trataba de un escaño con voz, pero sin derecho a voto debido a ciertas peculiaridades del sistema estadounidense.

Con todo, esta privación de política efectiva no fue óbice para mantener una cierta influencia. Por ejemplo, su llamamiento fue decisivo para que millones de votantes afroamericanos se decantasen por Bill Clinton en 1992. En política exterior también supo contribuir, siempre a su manera: en enero de 1984, tras pedírselo personalmente al sátrapa sirio Hafez el-Asad, logró la liberación de un piloto de la Armada estadounidense, el teniente Robert Goodman, quien había sido derribado sobre el Líbano el mes anterior. Poco después, logró la liberación de 22 estadounidenses y 26 presos políticos cubanos de las cárceles de Fidel Castro.

Como buen representante de la izquierda radical estadounidense, disfrutaba de la compañía del dictador cubano y de otros enemigos de los intereses de su país como Sadam Hussein –del que obtuvo la liberación de varios rehenes en 1990–. Tampoco se puede pasar por alto su viaje de 1979, por indicación del entonces presidente Jimmy Carter, a la Suráfrica del apartheid.

Este y otros destellos se sostenían en una poderosa organización, completamente a su servicio llamada Push y en un innegable talento personal que empezó a desplegar en su juventud. Hijo de un padre trabajador del algodón y de una madre majorette que le tuvo siendo adolescente, adoptó el apellido de su padrastro.

La vida era dura: la familia vivía en una choza de tres habitaciones con techo de hojalata y sin agua corriente. «La gente pregunta: '¿Por qué se postula Jesse Jackson para la Casa Blanca?'», comentó Jackson en 1984. «Nunca habían visto la casa de la que huyo».

En su adolescencia, se había convertido en un atleta alto y prometedor. De la escuela secundaria Sterling en Greenville, ganó una beca de fútbol americano para la Universidad de Illinois. Como mariscal de campo de los Lightning, asumió que no tendría problemas para entrar en el equipo universitario. Sin embargo, pronto descubrió que a los negros solo se les permitía jugar como linieros. Allí empezó su compromiso con los derechos civiles.

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