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Xesús Alonso Montero

Xesús Alonso MonteroEl Debate

Xesús Alonso Montero (1928-2026)

El intelectual galleguista que plantó cara al nacionalismo

El escritor y académico siempre reivindicó la defensa del idioma gallego como una causa cívica ajena a las disputas partidistas

Xesús Alonso Montero
Nació en Vigo el 28 de noviembre de 1928 y murió el 12 de febrero de 2026

Xesús Alonso Montero

Presidente de la Real Academia Gallega

Catedrático de la Literatura Gallega en la Universidad de Santiago, fue presidente de la Real Academia Gallega entre 2013 y 2017.

Era un orador prodigioso. Llegado de otro siglo. Pertenecía a una época en que las conferencias se pronunciaban sin papeles, en pie, y duraban como un largometraje. La primera vez que lo entrevisté me recibió en su despacho de presidente de la Real Academia Gallega (RAG). En la casona de Emilia Pardo Bazán, en el corazón de la Ciudad Vieja coruñesa. Respondió a mi primera pregunta con una réplica de 45 minutos. Del tirón. Ni se me pasó por la cabeza interrumpir aquel torrente de palabras. Engarzaba las frases con tanta naturalidad que era un sacrilegio cortar su discurso. Cuando habían pasado no sé cuántas horas de conversación –hacía ya mucho que había apagado la grabadora y había dejado de tomar notas–, miró asustado el reloj. Había perdido el tren en el que debía regresar a Vigo.

En su ciudad natal, a la que tanto quiso, falleció este jueves Xesús Alonso Montero. Uno de los últimos grandes nombres del galleguismo histórico. A los 97 años, había visto partir ya a casi toda su generación.

Dedicó su existencia a estudiar, defender y promover el idioma gallego. Lo hizo como profesor de instituto en la Galicia urbana –en Lugo y Vigo–, como catedrático de Literatura Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela y como académico y presidente de la RAG. Y, sobre todo, se ocupó de la lengua en decenas de libros y cientos de artículos.

Cuando debutó como docente en secundaria comprendió que mediaba un abismo entre conocer la materia y ser capaz de explicarla a un puñado de adolescentes con las hormonas alborotadas. Era un sabio y, como los sabios genuinos, no le bastaba con saber. Quería hacerse entender. Profundizó como pocos en la obra de Rosalía de Castro. Mientras otros se dedicaban a frivolizar y convertían a la autora de Cantares gallegos en una especie de icono pop –carne de camiseta y solapas–, Alonso no dejaba de rastrear su poesía en busca de nuevas perspectivas y lecturas. Con la misma hondura se asomó al legado intelectual del pintor Luis Seoane o a los poemas gallegos de Federico García Lorca.

En 1973 sacó a la luz su Informe –dramático– sobre la lengua gallega y agitó las mesas camillas de los gurús locales. Denunció que el idioma no podía subsistir con diez títulos publicados al año. En ese ensayo ya postuló la que sería su gran obsesión: aspiraba a lograr que el gallego dejase de ser una lengua litúrgica –circunscrita a determinados rituales y ceremonias– y que se utilizase en todos los ámbitos de la sociedad. Le preocupaba que las nuevas generaciones, que ya habían estudiado gallego en la escuela, cambiasen de idioma al cruzar la puerta. «Los chavales del instituto, cuando están en la discoteca ¿en qué idioma ligan?», me interrogaba al final de aquella maratoniana charla.

En una cultura dominada por el monoteísmo nacionalista de izquierdas, Alonso Montero fue un heterodoxo. Se había hecho marxista leyendo a Machado y militaba en el Partido Comunista desde los años sesenta, cuando el carné del PCE, en lugar de conducirte al ministerio, te llevaba al cuartelillo. Siempre rechazó las monsergas independentistas de la corriente dominante de la literatura gallega. En un ámbito donde todavía hoy impera el pensamiento único, su firmeza no le salió gratis. «Hay un sector del nacionalismo que me ve como el anticristo españolista», confesaba el veterano profesor.

En cierta ocasión, durante un acto público, un espontáneo lo incluyó sin su permiso en la alineación de los escritores separatistas. Lo atajó con humor: «Yo no soy nacionalista, sino comunista, pero estoy abierto a toda clase de extremismos».

Frente a ese incurable afán de apoderarse del idioma que siempre ha exhibido el secesionismo, Alonso Montero –que había dedicado tantos años a analizar las entrañas de la realidad social de la lengua– respondía con la tozudez de los hechos: «El gallego no es de los nacionalistas, es de todos».

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