04 de diciembre de 2021

Antonio R. Naranjo
Perro come perroAntonio R. Naranjo

Salvemos al español, pero en África solo

A Sánchez le dan igual el español y el Supremo: él está a que los niños de Navarra vean el Pato Donald en vascuence y Netflix emita King Kong contra Godzilla en catalán

Un señor de Murcia no puede escolarizar a su hijo en español en ningún colegio público de Cataluña, aunque solo sea el tiempo necesario para conocer la lengua catalana sin rezagarse en el viaje: lo meterán, estigmatizado por botifler, en el gueto de Varsovia privado que paga el Estado, con una bequita para que cierren la boquita, a los poquitos valientes que se atreven a pedirlo en Polonia.
El contrasentido es glorioso en el único país del mundo donde estudiar, hablar, vivir, pensar o sentir en tu idioma es una tarea ardua en no pocas partes de ese mismo país, donde se practica la ablación de lengua con similar coartada étnica que en otros más brutos se esgrime para mutilar las partes pudendas femeninas.
Hace apenas diez días, el Gobierno de España impulsó en el Instituto Cervantes el «II encuentro de hispanistas España-África», que sobre todo nos permitió saber que ya hubo una primera entrega y que existe una «Casa de África» regada con el IVA de las compresas, por ejemplo, donde a buen seguro pasta otra Irene Lozano con sobresaliente en sanchismo y los mismos conocimientos en África que Eduardo Garzón en economía.
En esta ocasión, las trepidantes jornadas tuvieron por provocador gancho el sobrenombre de «La huella africana en el español», un asunto tan apasionante como un congreso de notarios en Bilbao discutiendo sobre las novedades administrativas en el procedimiento de petición bancaria de la fe de vida.
No se trata de ningunear el potencial del español en África, aunque nos suene a Chita soportando los berridos de Tarzán, sino de retratar el complejo del Gobierno para defender aquí lo que promociona allá donde, amén de un puesto para un amigo, hay interés estratégico en hacer del español una herramienta de construcción comercial, cultural y científica.
Que sea en África, continente donde casualmente teletrabaja nuestra Jackie Kennedy desde que su JFK llegara a la Moncloa, o en América o en Asia es lo de menos: en todos ellos apostar por la enseñanza del español es un indiscutible acierto, pues el mundo será en el futuro de quien mejor se haga entender y más se haga escuchar en todos los ámbitos económicos, empresariales, tecnológicos y culturales donde se batalla por ocupar el segundo puesto tras el hegemónico inglés.
Pero no nos engañemos: en la propia España está mal visto hablar en español allá donde se persigue lo español, que es lo mollar del asunto. No se trata de proscribir una lengua tan propia como el vasco, el gallego o el catalán; sino de abolir lo que representa, en la misma línea que incluye quemar la bandera, silbar al himno, pitar al Rey o prohibir los toros.
No se destruye un idioma, por lo demás invencible por muchas gestapillos que cree la Generalidad para perseguir a peligrosos hispanohablantes en colegios, comercios o televisiones; pero sí se deconstruye una identidad nacional a fuer de desnaturalizar su principal símbolo y convertir la riqueza lingüística, cultural, histórica o política de algunos territorios en una excusa segregacionista cuando es prueba de todo lo contrario.
Solo las grandes naciones muestran una paleta cromática con tantas tonalidades, fruto de su larga historia viajera, conquistadora, mestiza y longeva. España es más España precisamente por todo ello.
Pero aquí, tiene que intervenir el Tribunal Supremo para imponer que al menos el 25 % de las asignaturas se impartan en español en una parte de España, sin demasiada esperanza en que tan modesto propósito pueda lograrse.
Porque mientras los jueces hacen su trabajo, Sánchez deshace el suyo: él está a que los niños de Navarra vean el Pato Donald en vascuence y, eso sí, Netflix emita King Kong contra Godzilla en catalán. Y ya si eso que aprenda el negro a traducir «gilipollas» del castellano al suajili. Que por lo visto se dice m’kundu.

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