17 de agosto de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Cuatro pijas transoceánicas

Irene Montero no organiza mal los viajes. No le gusta viajar sola, de ahí que siempre se deje acompañar por sus gorronas favoritas. Y en Washington se han reunido con un personaje fundamental en la política estadounidense, el Pentágono, el Congreso, el Senado y la Reserva Federal

No tenían nada que hacer y decidieron usar el avión transoceánico oficial para volar hasta Washington. El objetivo en la capital de los Estados Unidos, regañar con su contundencia característica al Tribunal Supremo norteamericano que, sin consultarlas, ha abierto la posibilidad de que sean los Estados los encargados y competentes en legislar sobre el aborto. Y hasta Washington han volado nuestras cuatro pijas, en avión oficial, con los hoteles pagados y dos reuniones de chichinabo como excusa del abuso del dinero público. Al mando de la buscavidas que va por la vida de revolucionaria, Irene Montero, han viajado sus íntimas, entre ellas Isa Serra, la condenada por agresión a la policía, que al decir de Joan Collins sobre Elisabeth Taylor, parece que va vestida por el diseñador de vaqueros de Orson Welles. Ignoro a qué se dedicará la Montero cuando se vea obligada a dejar su carguito de ministra por cuota de lecho, pero la gente –cada día que pasa con más frecuencia–, se pregunta en qué empleará su polifacética incapacidad intelectual. Eso sí, hay que reconocer que en las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros, responde a los periodistas todas las preguntas siempre que se lo autorice la «seño», que últimamente no se lo autoriza. Para mí, y lo escribo con tanta sinceridad como prudencia, Irene Montero tiene un gran defecto y una poderosa virtud. El defecto, que carece de importancia en la política española, es que parece mema de nacimiento y ha desarrollado considerablemente sus dones naturales. La virtud, inmersa en el arte. Que tiene la boca tan grande que, de proponérselo, podría cantar dúos. El agobiante problema que angustia a tan ejemplar mujer no es de sencilla solución. Su problema es reconciliar su extremo comunismo con sus ingresos netos, pero es problema íntimo, particular, y se me antojaría una impertinencia por mi parte recomendarle la solución, que no es difícil. Que renuncie al comunismo o a sus ingresos netos, su chalé, sus niñeras, sus asesoras, sus guardaespaldas y sus viajes en avión a costa de los contribuyentes.
Otra cosa es que además, sea una pesada, un tostón. Cuando abre la boca –no para cantar, sino para hablar, siempre que se lo permita la «seño»–, se convierte en la mejor alternativa del Valium en los ámbitos de la farmacopea. Pero no organiza mal los viajes. No le gusta viajar sola, de ahí que siempre se deje acompañar por sus gorronas favoritas. Y en Washington se han reunido con un personaje fundamental en la política estadounidense, el Pentágono, el Congreso, el Senado y la Reserva Federal. Nada menos que con Chiraag Bains, asesor presidencial, que las recibió en su oficina sita en la zona oeste de la Casa Blanca, que es una zona que todavía no ha visitado el presidente Biden. Chiraag Bains estuvo encantador y se ofreció, sin reservas, a colaborar en la creación de la Alianza Feminista Trasatlántica, una Alianza de las de aúpa. Ya en la Embajada de España, la Montero insistió en que es necesario para los gobiernos proteger los derechos de los «niños, niñas y niñes». Fue cuando un diplomático –que ya habrá sido despedido–, le preguntó si era asturiana, por lo de los «niñes». A la ministra del derroche no le gustó la expresión de cachondeo del funcionario español.
Y ya están de vuelta.
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