29 de septiembre de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

El buen duque

Cayetana tuvo tres maridos, pero el Duque de Alba fue Luis. Jesús Aguirre no hizo nada de nada. Todo se lo encontró hecho

Hace 50 años falleció el Duque. Y el historiador José Miguel Hernández Barral rinde homenaje a su figura con el libro Luis Martínez de Irujo. Duque de Alba. El peso del nombre. Tuve la suerte, por su profunda amistad con mis padres, de tratarlo familiarmente. Y fue, en efecto, un admirable Duque de Alba, primer marido de Cayetana y padre de sus seis hijos. En mi casa se le llamaba, indistintamente, Luis Alba o Luis Sotomayor. Discreto, brillante, con un gran sentido del humor, culto y trabajador. A él se debe la labor de reconstrucción –ya iniciada por su suegro, el Duque de Alba–, archivo y recuperación de los fondos artísticos e históricos de la Casa de Alba. Su mujer, Cayetana, le dio vía libre por su confianza en su buen criterio. Fue el creador e impulsor de la Fundación Casa de Alba, Jefe de la Casa de la Reina Victoria Eugenia, miembro del Instituto de España, y con un aspecto físico «de actor de aquellos tiempos» como decía su mujer. Falleció jovencísimo, en la lejanía, a consecuencia de una leucemia. La Duquesa era Cayetana y el Duque, Luis. Posteriormente, los dos maridos siguientes fueron «duques consortes», pero Luis Martínez de Irujo y Artazcoz fue el Duque a secas, como su mujer. Al final de su vida, y lo deploré mucho, mi padre y Luis Alba se distanciaron por una tontería. Mi padre defendía con empecinamiento la restauración de la Monarquía en España en la persona de Don Juan y Luis, más pragmático, hizo lo mismo optando por Don Juan Carlos. Mi padre se mantuvo en la leal imposibilidad y Luis en la realidad inmediata y conveniente.
Cayetana tuvo tres maridos, pero el Duque de Alba fue Luis. Jesús Aguirre no hizo nada de nada. Todo se lo encontró hecho. Por otra parte, el contraste de la elegancia natural, humana e intelectual de Luis, con la antiestética andante de Jesús, era demoledora para el segundo. Hombre de caprichosa cultura, exsacerdote, cínico y coleccionista de extravagancias, si bien con buenos golpes de humor. Un día, comiendo con él, José María Stampa Braun y Antonio Mingote nos soltó una frase histórica: «Cayetana lleva días enfadada. Y he tenido que ponerme serio. Y le he dicho que así no se puede vivir en paz, y que de seguir tan malhumorada y pesada, me voy a ver obligado a echarla de casa». Nada me gustaba más, cuando coincidía con Jesús Aguirre, que recordarle lo excepcional que fue, como persona y Duque de Alba, Luis Martínez de Irujo. Y Jesús reaccionaba con un silencio mucho más cercano a la envidia y los celos, que al desprecio por su antecesor.
Y Alfonso Díaz me pareció siempre un hombre correcto pero sin trascendencia. Como Duque de Alba consorte tuvo la misma influencia en la Casa de Alba que Su Santidad el Papa Juan Pablo I en la Santa Sede. Ninguno alcanzó ni rozó, ni el primer trazo de la sombra de Luis Martínez de Irujo.
Los grandes hombres –e incluyo, claro, a las grandes mujeres–, son aquellos que saben perdurar en su sitio. Los que jamás pierden el sitio que les ha correspondido en la vida. Lo escribe quien ha perdido el sitio en tantas ocasiones que todavía no lo ha encontrado. El buen Duque de Alba, Luis Martínez de Irujo Artazcoz, de raíces castellanas y guipuzcoanas, jamás perdió su sitio, ni su sentido del deber ni su dedicación a la Casa ni su lealtad institucional ni su sencillez humana ni su simpatía inteligente. Fue un buen esposo y un buen padre. Y hora es que pongamos en su sitio a quien supo mantenerlo siempre. El buen Duque de Alba.
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