07 de diciembre de 2022

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Míster Proper Sánchez

El próximo Gobierno va a tener que hacer acopio de detergente para limpiar lo que él ha enmerdado. Va a hacer falta mucha higiene y desinfección para eliminar tanta suciedad

El rubor, según la Real Academia, es el color rojizo que aparece en el rostro de una persona por un sentimiento de vergüenza que produce una súbita afluencia de sangre a la cabeza. Todos nos hemos sonrojado alguna vez: por oprobio, por culpa, por amor, por ansiedad y por otros sentimientos que son el origen de esa respuesta física emocional. En el mundo de la política actual hay un ejemplar transgénico que ha cortocircuitado cualquier atisbo de rubor, cualquier absceso de sangre a su rostro, casi siempre para acorazar su rigidez maxilofacial ante circunstancias y preguntas que destapan su ignominia: Pedro Sánchez. Ayer en el Senado, su desahogo le llevó a pedir a Alberto Núñez Feijóo «que antes de dar lecciones de higiene, vengan ustedes lavados». El rey del juego sucio pide limpieza al adversario. Este Míster Proper comprado en el chino de Pozuelo tiene la casa encharcada, los platos sin lavar, las sábanas sucias, los tabiques resquebrajados y, mientras el hedor y el caos es insoportable, prescribe estropajo y jabón a los demás.
Solo en una cosa tiene razón: el próximo Gobierno va a tener que hacer acopio de detergente para limpiar lo que él ha enmerdado. Va a hacer falta mucha higiene y desinfección para eliminar tanta suciedad: hasta los restos de sangre que destilan algunas manos que él estrecha como socios preferentes. También para pulir el suelo de algunos ministerios de su Gobierno impregnados con la hiel que escupen los discursos cainitas de sus ministros. La lavandería de la Moncloa tendrá que hacer trabajo extra para adecentar las sábanas en las que ha retozado el socialismo español con los separatistas que han secuestrado a Cataluña, golpeado a la Constitución española y preparan una nueva embestida contra la unidad nacional, ahora ya sin el poder judicial como principal dique.
Sánchez ha enmugrecido el Código Penal, entregando a unos niñatos indocumentados faltos de equidad y sobrados de resentimiento social, un ordenamiento jurídico cuyo emponzoñamiento es tal que quema en la hoguera a los jueces y premia a los violadores; encarcela a los que no dan estudios al perro y libra a los pederastas de la prisión permanente revisable, no vaya a ser que se traumen, y condecora como hombres ejemplares a los presidentes del PSOE que colaboraron en el fraude a los parados, mientras organiza cacerías contra presidentas de la oposición que les dan sopas con hondas en las urnas.
Dada la obsesión de Sánchez por la limpieza, a lo mejor puede empezar por hacer caso a la RAE (ya sabe, la que limpia, fija y da esplendor) con la EBAU, al CGPJ con todos sus bodrios jurídicos, a la Comisión Europea con sus asaltos al poder judicial, al Banco de España con las patrañas de sus trolas sobre nuestra situación económica y, finalmente, a las feministas de su partido, que denuncian lo sucio que se presenta un Gobierno que va de defensor a la mujer y es el que más la ha desprotegido, un Consejo de Ministros cuyo presidente enchufó a su cónyuge en una cátedra remunerada de la Complutense y admitió que su exvicepresidente canjeara su apoyo parlamentario por un ministerio para la madre de sus hijos. Un alarde en ambos casos de feminismo cristalino.
Pero qué esperar en materia de profilaxis de un presidente que tiene el expediente más tóxico de nuestra democracia, infectado desde el día que firmó una tesis doctoral que le habían escrito unos esbirros del Ministerio de Industria de Zapatero, y que llegó al poder con el inmundo método de fabricar una coartada judicial contra el rival político. Si entonces no se le activó lo que en la mayor parte de las personas se traduce en rubor cuando somos sorprendidos en un renuncio, mentimos o sentimos vergüenza, qué vamos a esperar de quien tiene la casa –nuestra casa– hecha un estercolero.
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