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21 de febrero de 2024

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Campañas inútiles y despilfarradoras

Todo lo que las envuelve es perfectamente prescindible

Actualizada 01:30

Hay pocas cosas que tengan menos sentido que la turra de una campaña electoral de 15 días, como la que todavía sufrimos, a pesar de que los expertos confieren una importancia que yo creo excesiva a su influencia en los resultados. Primero, porque, aunque es lo que marca la ley, en eterna campaña estamos desde que se proclaman los resultados de una consulta hasta que se convoca la siguiente, pasando por comicios autonómicos, municipales, europeos, gallegos, andaluces, catalanes, vascos, los que adelantan los minilendakaris de comunidades no nacionalistas, etc. Luego, porque el Gobierno usa todos los instrumentos institucionales y el presupuesto público para hacer la guerra electoral por su cuenta, que trata de ridiculizar cualquier intento de la oposición; véanse carteles infames contra un ciudadano anónimo o cine para los talluditos o interrail para incluso los maulas que no producen o dinero para hoy y abandono para mañana para los sufridos trabajadores del campo y demás regalías que son armas espurias que rompen las reglas del juego cuya factura pagan todos los ciudadanos, incluidos los que no votan a Sánchez.
Además, siempre puede echar una manita la expedientada portavoz gubernamental, que se marca mítines electorales en la sala de prensa del Consejo de Ministros, sin necesidad de subirse a un atril en una explanada calurosa un mes de mayo o aprovechar una foto con Joe Biden, planificada como la mejor pegada publicitaria a quince días del día de reflexión, aunque luego los indecentes acuerdos del presidente con terroristas le estallen mientras hace el ridículo en una rueda de prensa como un paria fuera del recinto de la Casa Blanca. Las campañas son tan inútiles que, cuando es menester, la izquierda las ha dinamitado aprovechándose de la conmoción de un atentado sangriento. Recordemos el 11-M y las llamadas por SMS, alentadas por Pablo Iglesias en la calle y dirigidas por Rubalcaba desde su despacho de Ferraz, para acosar al PP y reventar las previsiones electorales poniendo en la Moncloa al ínclito Zapatero.
Todo lo que envuelve a las campañas es perfectamente prescindible: la propia duración que los partidos se han comprometido a reducir de quince a siete días y de lo dicho, nada hecho; el furor cartelero en nuestras calles que presupone que un elector es tan pueril que va a votar a Ayuso en Madrid o a Lambán en Aragón porque vea sus fotos de estudio colgadas en banderolas en su barrio; la correspondencia electoral que nos llega a nuestras casas, y que ahora podemos rechazar (con lo fácil que sería no enviárnosla), pero que la mayor parte de la gente tira a la papelera sin abrirla; la prohibición de que los medios convencionales publiquen encuestas desde tal día como hoy lunes antes de las urnas, pero que los ciudadanos sí pueden leer en un digital de Andorra; los debates encorsetados en televisión que los aparatos partidistas controlan hasta el ridículo; los espacios tasados en las televisiones públicas que luego estas se saltan haciendo entrevistas-masajes al Gobierno; y las propias caravanas electorales donde a los periodistas se nos trata como si fuéramos correas de transmisión de los equipos de campaña.
Nada de todo esto se mantendría si a la partitocracia no le interesara. El 80 % de la financiación de los partidos es pública y los distintos presupuestos del Estado destinan entre 200 y 300 millones para sostenerlos. Ahí es nada. Pero, además, y con límites que estable la Ley Orgánica del Régimen Electoral General, las formaciones que concurren se gastan un auténtico dineral que en las pasadas generales de 2019 ascendió a 49 millones de euros, de los cuales 25,3 correspondiente a envío de la inútil propaganda electoral (aquí lo de ser sostenible a la izquierda se la refanfinfla).
Luego viene el Tribunal de Cuentas a analizar las facturas, da unos azotes a los malvados jefes de campaña y pone sanciones asumibles para quien haya violado las restricciones. Y todo sigue igual. Hasta la próxima inútil y despilfarradora campaña. De la actual todavía nos quedan cinco interminables días.
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