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04 de marzo de 2024

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Asesinados en Barbate

¿A nadie le da vergüenza viajar en Falcon o acordonar a los agricultores mientras se abandona a su suerte a la Guardia Civil frente al narcotráfico?

Actualizada 01:30

Lo primero que hay que decir es que los guardias civiles de Barbate no «fallecieron», como dijo el Ministerio del Interior para escurrir bulto. Fueron asesinados, con cruel premeditación.
La narcolancha que los arrolló pudo haber huido sin ningún problema, pero prefirió tomar carrerilla y pasarle por encima a la triste barquita con la que los agentes se medían en una pelea desigual.
Un pigmeo contra un gigante abusón y cruel, jaleado desde la orilla por una panda de energúmenos que grabaron la terrible escena entre carcajadas, maravillados por la superioridad de los delincuentes, espoleados por tan siniestra afición.
Al mismo tiempo, en otros rincones de España, el mismo Ministerio del Interior había movilizado a miles de efectivos de los Cuerpos de Seguridad para vigilar de cerca a los agricultores, acordonar la sede del PSOE en Ferraz y crear un perímetro de seguridad en torno a la gala de los Goya, donde por cierto hubo más palabras de recuerdo para Gaza que para los tractoristas y los guardias civiles.
Por lo visto, al Gobierno le parecen una amenaza mayor los campesinos que los narcotraficantes, como le parece más prioritario que Pedro Sánchez utilice un helicóptero Superpuma para ir de La Moncloa al aeropuerto de Torrejón de Ardoz, a quince minutos con coche oficial y chófer, que dotarle a la Guardia Civil de los mejores medios de transporte para frenar a las mafias de la droga.
Este periódico ha revelado en ya incontables ocasiones los usos abusivos de aviones, helicópteros y bólidos de gama alta por parte de Sánchez y de sus ministros. También sus formidables gastos en poner a su gusto casas oficiales con todos los gastos pagados. O incluso la utilización, por parte del presidente, de tres palacios distintos en 88 días de vacaciones sobre las que se niega, pese a estar obligado por ley, a dar cumplida información pública del coste y de las compañías.
La lista de caprichos sultánicos es inmensa, y se resume en la propia composición del Gobierno, con más Ministerios y asesores que ninguno otro en Europa, fruto de la necesidad de dar a cada socio del negocio la cuota de poder, presupuesto y puestos de libre designación que cohesiona la coalición.
España no necesita un Ministerio de Andares Bonitos, otro de Sectarismo Inclusivo o uno más de Consumo Gusto, pero sin ese obsceno reparto del dinero ajeno no habría coalición.
Y sin embargo, los tres guardias civiles tuvieron que meterse en el mar con una zodiac de medio pelo para tratar de frenar al Ferrari de las lanchas, que es como pedirle a una sardina que se enfrente con un tiburón.
Unos han matado a los agentes, que dejan mujer e hijos pequeños, pero otros les acercaron a la muerte con esa pavorosa indiferencia hacia los recursos mínimos que necesitaban para medirse con los bárbaros. No hay excusa ni justificación ni coartada posible.
Simplemente, hay prioridades y son equivocadas: las del Gobierno son evitar una piñata de un monigote, aislar a un agricultor tan desesperado como para abandonar el campo y lanzarse al asfalto, y garantizarle a Pedro Almodóvar una seguridad que, en realidad, nunca ha estado en entredicho.
Y mientras los responsables de esa escala de preferencias iban o venían a Valladolid con todo cubierto, calentitos, rápidos y con el confort de alta gama que les caracteriza, tres servidores públicos morían atropellados por unos delincuentes que, en un país normal, no se podrían haber acercado a esa playa a menos de treinta millas náuticas.
No son gajes del oficio. Unos ponen las lanchas, claro, pero otros han derribado las barreras para que puedan llegar hasta la cocina, ponerse algo de cena y dejar allí tirados tres tristes cadáveres valientes que ya jamás cenarán tranquilos con sus familias.
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