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16 de junio de 2024

LiberalidadesJuan Carlos Girauta

El triunfo de las narrativas liberticidas

Hay separatistas en otros países europeos; lo que no hay es una banda terrorista que no haya chocado con otra violencia surgida, como la suya, de la sociedad

Actualizada 01:30

No me voy a ocupar de los resultados del País Vasco porque tengo alergia a los simulacros. No vaya a parecer que ha habido allí algo parecido a unas elecciones democráticas. A lo que más se parecen unas elecciones vascas es a sí mismas, puesto que no hay caso igual en el mundo libre. Hay separatistas en otros países europeos; lo que no hay es una banda terrorista que no haya chocado con otra violencia surgida, como la suya, de la sociedad. Piensen en el pistolerismo blanco de Barcelona, cuando la patronal pagaba a los sindicatos con su misma moneda.

Lo que no hay en Europa es un exilio de más del diez por ciento de la población. Lo que no hay es un solo territorio con un poder subestatal mayor que el del País Vasco. Lo que no hay es una normalización de la violencia en campaña contra una fuerza política sin la condena de nadie. Personajes tan sensibles como el presidente de la Junta de Andalucía, que se indignan cuando la gente abuchea al autócrata, callan ante la imposibilidad de que Vox celebre un acto en tranquilidad. Les parece normal.

Otra cosa bastante difícil de encontrar es un premio a décadas de terrorismo poniendo a sus legatarios (y a veces a sus protagonistas) a los mandos del Estado; que obtenga tanto rédito el terrorismo en las urnas por haber liquidado a una parte de los vecinos y ahuyentado a otra; que se incline un pueblo ante los terroristas; que el Gobierno de una vieja nación europea encargue a los terroristas el diseño, los términos y los límites temporales de la memoria colectiva. Por eso no me ocupo de los resultados del País Vasco, porque no reflejan nada que responda a decisiones libres ni a procesos respetables. De hecho, son una burla a los rituales de la democracia liberal.

En otra zona de excepción democrática, Cataluña, que tiene sus propios exiliados por hartazgo del nacionalismo y por hastío de las tragaderas de muchos que no lo suscriben, vienen pronto elecciones. Allí la falta de libertad al votar no existe más que en la pusilanimidad de algunos. Sobre todo, en la tradicional abstención de aquellos que no se consideran ciudadanos de primera y aceptan lo inaceptable: las elecciones catalanas no van con ellos. Allí, directamente, se excluye a Vox de los debates, cuando es la primera fuerza de las tres que defienden el imperio de la ley. Con la amnistía, aunque no llegue a consumarse (que no llegará), Sánchez ha consagrado la narrativa del golpismo. Esa ley que los socialistas calificaban de inconstitucional antes de necesitar los votos de Junts, esa que de pronto elogiaron, aprobaron y aplaudieron, da la razón a los golpistas y se la quita al Estado. Un indicador de la patología catalana: centenares de miles de personas que repudiaron el golpe en las calles van a votar al partido de la traición. Y encima en la persona de Mascar Illa.

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