Agua pasada
Don Bonifacio nos entregó una réplica del precioso trofeo que representaba a un toro bravo con un «balono» entre sus pitones. Y al llegar mi turno, «don Boni» me abrazó, y llevado por la emoción, me besó en el carrillo derecho, en una zona peligrosa, muy cercana a la comisura labial
Hoy, después de tantos años de llorado silencio, de incomprensión social, me atrevo a contar el suceso que más me ha herido en la vida. El abrazo, con besuqueo en comisura de pico, de don Bonifacio. Me pongo en Kenya. Tenía 16 años, y jugaba de delantero en el equipo de mi segundo colegio, el Alameda de Osuna. Mi juego, ya lo he repetido y me cansa describirlo de nuevo, era una mezcla de la precisión en el pase largo de Netzer –que aún no había destacado-, el regate de Kopa, la rapidez de Gento y los remates de cabeza de Santillana. Don Bonifacio era nuestro entrenador, y nada hacía pensar de su comportamiento en el futuro. Don Bonifacio, «don Boni», como le llamábamos, estaba casado, tenía dos hijos y era un hombre dedicado al fútbol y a su equipo, que era el mío. No entiendo cómo he dejado correr tanto tiempo para dejar constancia pública de mi tragedia, pero mi cobardía aún me pesa.
Disputábamos la final del Torneo de Canillejas contra el Barajas B, un equipo con grandes jugadores, ratones del área y grandes dominadores del «balono», como dice el comentarista de Movistar, en Canarias, Canal Plus. Si lo llego a saber, no salto al terreno de juego, pero amaba a mi camiseta y sentía un respeto enorme por el escudo de mi combinado. A falta de siete minutos para alcanzar el tiempo reglamentado, perdíamos por un gol, marcado en clamoroso fuera de juego por Silvestre Kleeper, hijo de un mecánico de aviones que trabajaba en Aviaco. Kleeper era un gran rematador de cabeza y nos sorprendió en un saque de esquina.
A cuatro minutos del final, mi compañero Monchi Noriega, que a su vez había recibido el «balono» de un pase medido de Javier Rezola, me cedió el esférico. Tuve suerte, y disparé. ¡Gol! Al menos llegaríamos a la prórroga. Pero no. Me sentí animado por el grito de «don Boni» –¡Hala, Ussía, que aún queda tiempo!–, corrí la banda, y desde el vértice derecho del área, impulsé el «balono» por encima de Carrascales, el portero del Barajas B, y el gol subió al marcador. ¡Campeones del Torneo de Canillejas! Pero ignoraba que esa victoria marcaría mi vida por la tragedia del abuso sexual.
Dada la importancia del torneo, entregaron los premios el Concejal de Repoblación Forestal de Canillejas, don Severino Melantuche, y el jefe de recogida de equipajes de Aviaco, don Serafín Abiñuela. Don Bonifacio nos entregó una réplica del precioso trofeo que representaba a un toro bravo con un «balono» entre sus pitones. Y al llegar mi turno, «don Boni» me abrazó, y llevado por la emoción, me besó en el carrillo derecho, en una zona peligrosa, muy cercana a la comisura labial. No le di importancia. Todo eran vítores, abrazos y alegrías. Pero en el autobús de retorno, un compañero de equipo, Chucho Landaluce, muy serio, me hizo partícipe de la barbaridad. –¿ Le has dado permiso a don Bonifacio para que te abrace? ¿Le has advertido que «Sí sólo es sí»?–. No recordaba nada. Lo cierto es que me sentía fatal, vulnerado, humillado y violento. Casi todos mis compañeros me acompañaron a la Comisaría de Buenavista a denunciar al abusador, y –eran otros tiempos–, don Bonifacio no fue detenido, ni juzgado, ni condenado. Y con ese peso he sobrellevado, mal que bien, el largo camino de mi vida.
Por desgracia, nada tengo que hacer. Agua pasada. Don Bonifacio falleció hace diez años, y por respeto a sus familiares, no pretendo, acogiéndome a la nueva legislación, reabrir el caso, y pedir un juicio con carácter retroactivo. Sobreviven varios testigos, y todos ellos aseguran que no permití a don Bonifacio abrazarme ni le dije que «Sí, sólo es sí».
De ahí que anime a Jenny Hermoso a mantenerse firme y conseguir que se repita el juicio contra Rubiales. Lo que nos pasó, a mí en mis años juveniles sin la Justicia apoyándome, y a ella en los actuales tiempos del «Sí sólo es sí», no es sencillo llevarlo con tranquilidad y armonía.
Destrozaron nuestras vidas. Mi caso, es agua pasada. En el suyo, aún queda una mínima ranura por la que irrumpe la luz de la esperanza.